Cazzu deja en evidencia el pacto patriarcal y no se calla ante las "rimas" de Rauw Alejandro y Jhayco
¿Nos sorprende que entre machos se celebren los abandonos? La escena urbana latinoamericana volvió a quedar en el centro del debate por una discusión sobre género, poder y narrativa. Una referencia en la canción “Rosita”, interpretada por Rauw Alejandro y Jhayco, que es una alusión directa a lo que hizo Christian Nodal con Cazzu terminó detonando una conversación incómoda, pero necesaria, sobre el uso de experiencias personales femeninas como recurso lírico.
La reacción de Cazzu no fue una tiradera convencional. Fue una intervención crítica y de frente, sobre lo que ocurre no solo en contextos artísticos sino en la sociedad en general: celebrar todo lo que un hombre hace, así sea un abandono (y burlarse, de paso, de las madres cabeza de hogar que solo son víctimas del abandono).
La rima fuera de lugar que encendió la polémica
En “Rosita”, uno de los versos dice “yo me voy y me caso contigo a lo Christian Nodal”, una línea absolutamente fuera de lugar, que solo celebra el abandono que el mencionado cantante mexicano hizo a Cazzu, cuando acababan de tener a su bebé Inti y a quien abandonó para casarse con la también cantante Ángela Aguilar. La mención, aunque breve, reavivó una narrativa mediática que la artista ha tenido que atravesar públicamente, incluida la exposición de su maternidad, su ruptura y la constante victimización que como madre cabeza de hogar ha sufrido, por parte del progenitor de su bebé.
Dentro del universo del género urbano, las referencias personales son comunes. Sin embargo, la pregunta que surge es otra: ¿quién paga el costo emocional cuando esas rimas se viralizan? ¿por qué celebrar un hecho que significa abandono y paternidad irresponsable? Cazzu lo respondió todo.

Cazzu y el señalamiento al pacto patriarcal
Cazzu, quien acaba de cantar junto a Bad Bunny en el Estadio Monumental, publicó un texto reflexivo titulado "tiradera" donde cuestionó lo que describió como una camaradería masculina que protege, minimiza o naturaliza ciertos comportamientos dentro del género urbano.
Su postura no fue únicamente personal. Señaló una estructura más amplia y ampliamente conocida: el pacto patriarcal, entendido como esa red implícita de complicidades entre hombres que evita la autocrítica y prioriza la lealtad masculina (a pesar de cualquier acto cometido) por encima del respeto hacia las mujeres.
Hoy, la obra se llama: “La legendaria camaradería entre varones”. Un tema del cual podría hacer una tesis. En este mundo, en este género son, la mayoría, gente que negocia la hipocresía y lentamente se les va achicando la capacidad de ser sensibles porque el yo, los carcome. Pocas veces se atreven a decirse verdades entre ellos o siquiera a ellos mismos y por eso, algunos no se creen ni el propio latido del corazón.
Cazzu puso sobre la mesa un punto clave: en la música y en las sociedad, las vivencias femeninas son convertidas en paisaje, mientras que las consecuencias emocionales recaen únicamente sobre nosotras. En ese sentido, su respuesta no fue un ataque directo, sino una denuncia de una dinámica histórica dentro de la industria.
Más que una tiradera: una crítica a la misma estructura social
La reacción pública de Rauw Alejandro y Jhayco fue defensiva, incluso insinuando que al mundo le interesa más el chisme que el arte. Ambos aseguraron que no hubo intención de ofender y que la canción no buscaba generar conflicto -lo hubieran pensado antes de hacer lo que hicieron-. Sin embargo, la discusión ya no estaba en la intención, sino en la estructura.
No vale la pena mencionar lo que dijeron los señores en cuestión, pero sí lo que respondió La Jefa:
“El chisme vende más que el arte” twittea uno, como si copiara y pegara el primer pensamiento que tuve. Lo dice como si no fuese exactamente lo que hicieron y como si él no fuese parte, se percibe outsider. No lo dijo él, por eso es inocente. He aquí el primero de los efectos de la camaradería masculina “voy a pararme a tu lado y a observarte cometer el crimen sin decir nada, total no será mi crimen”. La tibieza, un gran enemigo del bien. El segundo en cuestión se sostiene en su postura porque algunos se saben macabros, aunque me haya dado un abrazo, él acepta lo que es. El tercero o el cuarto (no sé cuántos tuvieron que ser para construir tan olvidable pieza) hacen silencio. A este tipo de varones les encanta el silencio.
Y no es un problema del reguetón como muchos pueden comentar a la ligera: es un problema estructural de la sociedad patriarcal, por eso que Cazzu lo evidencie, lo grite, no se calle, es un acto obligatorio, porque si el pacto patriarcal no se rompe por los hombres, nosotras lo rompemos con la incomodidad de nuestras palabras, no de nuestro silencio.
Cazzu no se calla: maternidad, dignidad y autonomía
Hay un elemento que hace aún más relevante esta discusión: Cazzu no solo es artista, también es madre, y no porque ser madre haga que "una mujer tenga más valor". En su respuesta, dejó entrever el peso que implica que su historia personal siga siendo utilizada como referencia dentro de un circuito dominado por hombres y el cansancio que le genera.
Su postura representa algo más amplio: el derecho de las mujeres a no ser reducidas a narrativas que otros construyen, mucho menos otros hombres, mientras ella lleva todo el peso de la maternidad y la crianza, sin ningún tipo de responsabilidad por parte del padre que abandonó y quien se ha dedicado a limitar sus derechos como madre, a punta de abogados.
Por eso conversaciones como esta son absolutamente necesarias. Cazzu dejó claro que no piensa guardar silencio ante lo que considera rimas absurdas que reproducen dinámicas desiguales y nosotras tampoco lo haremos.