"Reflexión" de Las Áñez

Las gemelas lo volvieron a hacer. Un disco para contemplar, mirarse al espejo y hacia adentro.

De niñas desayunaban con la música clásica que su papá les ponía, aunque como melómano su gusto siempre les abrió otras fronteras. De los 12 años a los 15 hicieron parte del coro del colegio. Nunca han dejado de cantar. Padre y madre vieron su talento: hasta el día de hoy él las filma y ella les ayuda con los vestuarios; le gusta lo visual y las manualidades, y también trabaja la plata. Ellas se visten con telas y texturas latinoamericanas. Se visten igual. Desde niñas las vestían igual. 

Son Juanita y Valentina Áñez. Son gemelas. 

Son Las Áñez.

Estudiaron música en la Pontificia Universidad Javeriana. Su primer proyecto fue Bituin -todavía activo- que se empezó a mover en los circuitos de jazz y música experimental a mediados de 2010, interpretando con lucidez y audacia canciones populares de América Latina. Con este cuarteto ya tienen tres discos. También participaron en la banda sonora de la película “Niña Errante” de Rubén Mendoza

Como Las Áñez suman tres producciones: “Silbidos” (2014), “Al aire” (2017) y “Reflexión”, que vio la luz este año. A Valentina le gusta hacer arreglos, a Juanita composiciones, sea de letra o de música. Cada una, en su unidad, configura la mitad de un proyecto minimalista, donde sus voces se turnan y entrelazan para transmitir ese sentir de las cantaoras, ese vibrar de las cuerdas vocales que pintan trazos de melancolía, con una naturalidad que reviste su formación académica de orgánica calidez. 

Todo esto lo acompañan con el uso de loops, de suaves texturas electrónicas, que llevan a un nuevo plano al pasillo, al bambuco, al son jarocho, al joropo, a los sonidos populares colombianos y latinoamericanos. Pero lejos de buscarlos azuzar con un beat para prender la fiesta y poner a saltar, persiguen más la contemplación. Tampoco les interesa conocer todo lo que el pedal que usan les ofrece para que su sonido no se torne artificial.  

En sí la propuesta es contracorriente, aunque tampoco es que se trate de una militancia sonora. Es simplemente el resultado del trabajo de unas artesanas, del oficio de aquella clase que en la Baja Edad Media llegó para romper con la estructura y la división de una sociedad feudal. Un trabajo en el que han colaborado con artistas como Andrea Echeverri, Edson Velandia o Marta Gómez y que ha traspasado fronteras para sorprender en auditorios de Argentina, Uruguay, España, Ecuador, Estados Unidos, México, Alemania.

 

Foto por: Sala Zitarrosa

Con “Reflexión”, Juanita y Valentina continúan creando paisajes mediante la experimentación con las músicas de los Andes y la performatividad en la interpretación de sus canciones; aunque en esta ocasión también se la jugaron tanto por agrandar el formato -hay invitados de cuerdas en varias piezas- como por reducirlo a su esencia, dejando que sus voces retumben en el espacio. “Esperamos que sientan el eco, las pausas en el tiempo, lo acústico y lo eléctrico, y lo introspectivo que atraviesa a esta canción y al álbum completo. La letra fue inspirada en cómo se reflejan figuras geométricas entre sí, ó personas de vida paralela como nosotras”, escribieron las gemelas en su página oficial de Facebook al lanzar la canción “Reflejo mío”.

En “Reflejo mío”, Las Áñez logran una conjunción no solo entre sus voces, sino con las máquinas. Hay un juego general: es el canto simétrico de unas gemelas que se refleja y que va y viene en la reverberación. Es también una canción introspectiva, de verse al espejo y hacia dentro. 

Así anunciaban lo que es un viaje de doce cortes grabados en dos momentos: uno en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, a cargo de Benjamin Calais -el timonel de Matik Matik-, donde trabajaron como si estuvieran en un concierto en vivo.  esa intención acústica que dio espacio a los ecos y reverberaciones de sus piezas. Y un segundo momento que tuvo lugar en las salas de Árbol Naranja, de la mano del ingeniero de sonido César Lizarazo, donde pudieron jugar con los sonidos electrónicos que redondearon su propuesta.

En canciones como “Catedral" parte uno y “Catedral" parte dos, es evidente esa dinámica que logran con las voces en un espacio. Al despojarse de cualquier acompañamiento, incluso de la lírica, se enfocan en el sonido de la canción. Como música sacra -en un principio buscaron grabar en una iglesia- , logran con la letra "A" y la letra "U", transmitir el clamor del sufrimiento y anuncio del paraíso que muchas voces han manifestado a través de los siglos. 

A la par de este ejercicio de desnudez, hay otros momentos donde deciden agrandar el formato. En “En la lucha”, que más que una canción protesta es la autodeterminación por defender lo que sentimos justo, cuentan con Carlos Esteban Gómez en el cuatro y Daniel de Mendoza en la leona, un instrumento de cuerda que hace la función de bajo en el Son Jarocho. Gómez y Mendoza repiten en “El Villancico”, una canción que no se regocija en la navidad católica, sino que invita a las diferentes creencias a reunirse alrededor de la gratitud. 

La leona también aparece en “A la música”, donde a la melodía y el juego de voces se suma El Tuyero Ilustrado -el cuatrista Edward Ramírez y el cantautor Rafael Pino-, un dúo de músicos dedicado a la exploración de la música tradicional de Venezuela, con quienes arman una canción respondona y alegrona que apunta a la jota carupanera, un ritmo muy popular de la Costa Caribe Oriental del vecino país. Este formato agrandado los mantienen en “Una Fábula" con la invitación a Maria Elvira Hoyos a tocar el violoncello y a Johan Alexander Rivas el contrabajo. 
 

Foto por: Andrés Wolf

Además de la sincronía en la colaboración con El Tuyero Ilustrado, el disco cuenta con la participación de Kevin Johansen, un encuentro que era natural que se diera. “Al Tiempo” era una pieza que estaba lista y ya tocaban, pero a Juanita y Valentina les faltaba algo. Fue cuando decidieron contactar al músico uruguayo, nacido en Alaska, y compartirle la canción junto con un mensaje de absoluta libertad creativa. El resultado es un acertado contraste entre las voces que, además de enriquecer la sonoridad, da más potencia al humor de su letra, en la cual se parodia ese tira y afloje de las relaciones de pareja. 

“Presente Simple” es otra pieza particular dentro del álbum. El experimento con un efecto particular en el piano, las llevó a buscar un juego rítmico complejo y a jugar con el Pocket Operator, un pequeño dispositivo musical, ultraportátil, con sonido de calidad de estudio y la flexibilidad de hacer música sobre la marcha. Benjamin Calais remezcló, cambió algunos volúmenes y luego, copiando y pegando, metió otras máquinas. Es la canción del disco donde los sonidos electrónicos tienen mayor protagonismo.  

En “Pueblito Grande” parecen, desde sus primeras líneas, cantarle a Bogotá y su esquizofrénico clima, mientras que en “Secreto”, con una pequeña arpa mexicana y el órgano heredado de su abuelo, hacen un vals joropeado hablando de contar algún oculto sin morir en el intento.

El disco lo cierra, “Canción Migratoria”, una pieza grabada mientras Juanita y Valentina  caminaban con un tambor y la pequeña arpa por la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Y así, en movimiento  termina un disco que se siente como compañía, como banda sonora de esas tardes introspectivas donde la melancolía, el desasosiego y una extraña alegría ponen a jugar la calma. Las Áñez tejen su sonido con los hilos que reviste la contemplación. 

Es sin duda uno de los trabajos nacionales más hermosos que ha visto el 2020. Un año extraño, en las últimas semanas muy violento, que requiere de nuestra reflexión para recuperar ese sentir que nos mueve y nos une por encima de autoridades vacías. Las Áñez nuevamente lo ha hecho. Esperamos verlas pronto sobre las tablas de un escenario.

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