Fiura: la historia de un festival que le devolvió la vida al rock caleño

Los antecedentes y condiciones de un terreno que el Fiura llegó a labrar.

“El correcto desenvolver de las historias a veces pueden parecer casualidades o radiantes accidentes”, expresa Javier Devia, creador y director del monumental FIURA, uno de los festivales más importantes de música rock local emergente y música alternativa internacional en Cali y el país. Para Javier, fue el producto de una bella casualidad motivada por un rasgo extremadamente fuerte de su personalidad y filosofía.

La incredulidad en Javier aún se refleja en los surcos de su rostro cuando cuenta su historia, su mirada vacilante en el vacio, mientras visualizaba el panorama retrospectivo de lo que han sido las once ediciones del festival, lo mantienen en un estupor de ensueño que dibuja en su cara una felicidad plácida, satisfactoria. Él, después de aquel viaje en los ríos de los recuerdos, se sigue convenciendo que esta gigantesca avalancha de logros y éxitos se dieron, inicialmente, de una forma inesperada, impredecible, algo que nunca hubiera imaginado; sin embargo, luego de escuchar su historia, parece todo lo contrario. 

Antes de entender cómo nació este Festival, es necesario entender lo que pasaba en la escena rock de Cali:

I

Santiago de Cali, década del 2000: la escena del rock entró en un estrepitoso declive, el legado de la grandiosa generación del rock de finales de los setentas y finales de los noventas marcó el precedente del talento que tienen los jóvenes de la ciudad y su versatilidad al lograr gozar por igual de su música y los espacios de más tradición de la región. Se lograron reconocimientos, pero exprimieron lo que más pudieron el municipio, luego migraron, abandonaron el hogar y no dejaron huella significativa para estimular la creación de una industria para el comienzo del nuevo siglo dentro de la ciudad.

II

La creciente estigmatización del rock, el metal, el hardcore, el punk y el gótico. Ceñidos en una cultura abanderada por el catolicismo, la población más tradicional relacionaba estos géneros con idolatrías paganas que generó una especie de castigo social a quien se viera involucrado con los espacios en los que se disfrutaban de los géneros y a las nuevas generaciones que sentían gusto por la música lo hacían en la comodidad del silencio para evitar el escarnio. 

III

El abandono y desinterés de las entidades públicas y privadas. Los patrocinios y apoyos culturales, si bien existían, eran insignificantes pues la retracción del público nuevo por los estigmas, la desaparición del antiguo y la presencia de los pocos que asistían, no generaba interés por su poca rentabilidad. 

IV

Industria y público pasivo. No había una educación sobre este tipo de industria y espectro, el empirismo era la herramienta de quienes se embargaban en el marginado barco de la escena de ese entonces y el público no tenía estímulos, ni tampoco la conciencia de aportar con reconocimientos a sus artistas.

V

El rock se queda sin espacios en los medios locales. Las emisoras radiales, cual purga, extinguió cualquier indicio de difusión de la música rock, la desplazó por completo y abrió espacios a géneros como el Pop y la música popular.  

***

El panorama, hay que reconocerlo, era caótico por la marginalidad y abandono en la que los artistas se encontraban, pero aún quedaban mártires que remaban contracorriente de la disposición de la ciudad. Había una movida, torpe, pero existía, que, a pesar de su precariedad, sirvió de inspiración para lo que se establecería este presente. 

A mediados de la década del 2000, los más puristas de la escena, generaron un espacio de exhibición de proyectos emergentes; fue un evento que acogió durante unos años a esta generación de músicos ávidos de entusiasmo por querer generar un público. 

Para el 2008, Javier, que hacía parte de la generación de mártires que no desfallecieron a pesar del olvido, pasaba  por un proceso difícil con su banda Ra La Culebra.  Por iniciativa propia y sin recursos suficientes buscaron espacios para exhibir su música, estos recorridos en diferentes ciudades y países, le dieron a Javier una idea de lo que podría ser la fórmula para adquirir el reconocimiento para su música.

Estando en Chile, tuvo la idea de negociar con una banda extranjera el clásico toque por toque, pero con la diferencia que los toques se realizarían en los países de residencia de cada uno. La banda chilena tocaría en Colombia y la colombiana en Chile. El trato se logró, Javier presentó la idea al gestor del festival, pero el personaje lo vio inviable, un precedente que definió todo en esta historia y fue la pista que aportó al armado de este gigantesco rompecabezas. 

Con el compromiso de palabra, como si hubiera sido un pacto de sangre, se dispuso a buscar el espacio en el que presentaría la banda chilena con la que había negociado. Con poco tiempo y sin recursos, en el 2009, buscó apoyo en la Universidad del Valle. Vendió la idea la Universidad, entró en el proceso de producción y sin muchos recursos lograron reunir un cartel local; sin embargo, unos días antes de lanzar el cartel oficial, la banda chilena falló, no pudo llegar, pero el festival ya estaba más que armado, muy rudimentariamente, pero listo para su ejecución. 

El 15 de mayo del 2009, en la mítica Univalle, en un sector de la universidad llamado La Tulpa, con un line up de seis bandas locales, se realizó la primera edición del Festival unirock alternativo, las expectativas de impacto eran pocas en contraste a la asistencia real: más de 1300 personas se congregaron en la Universidad para disfrutar del recital prometido. 

Todo los cabos de la maraña se lograron conectar e hicieron clic en los organizadores del evento, Javier analizó el panorama de la situación en el que se encontraba el escenario y el público caleño. La potencialidad del evento era un hecho y la necesidad de un espacio de ese estilo  era urgente. 

Luego de aquel parto sufrido, darle continuidad, a pesar de la dificultad por los recursos, era el propósito de Javier, sus amigos y la universidad.

Para la tercera edición la banda chilena cumplió con su palabra y arribó en el 2011 al Unirock, el festival empezó a programar un segundo día con más bandas. Para el año siguiente se desarrolló el concepto de circuitos en el que entre festivales internacionales se enviaban músicos para ayudar a la difusión.  En el 2013, la trascendencia del evento para la ciudad y la escena era innegable, por esta razón la Secretaría de Cultura de la ciudad entró a apoyar el evento con más recursos para mejorar la producción del festival. El festival crecía a la par de la nueva escena que en Cali se empezó a gestar. 

Para los años posteriores, el festival quiso ir más allá, abrió espacios de formación para los músicos jóvenes, Javier tomó la batuta de liderar la construcción de industria que le hacía falta a la ciudad, que, a pesar de la movida de la escena tan fuerte en una época, casi cuatro décadas después, fue que se logró asentar la iniciativa y las bases para el estímulo de la construcción del negocio musical independiente. 

El Fiura es el producto de una necesidad, es el hijo del ímpetu, de la determinación y la solidarización, no fue un atacaso creativo pues las condiciones no estaban para determinar proyectos de ese calibre en ese entonces, pero el extraño andar de la vida brindó las herramientas para que pudiese suceder y luego estimular la creatividad que faltaba. 

El Festival este año llega a su edición número 12, como todos los festivales, por la contingencia, también migraron su serie de talleres del componente educativo a la virtualidad y el festival musical se transmitirá el 17, 18 y 19 de septiembre por el canal regional Telepacífico. 

Aún queda mucho más por contar, por ahora, el punto es entender los antecedentes y condiciones de un terreno que el Fiura llegó a labrar. 

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