Los monumentos que caen haciéndonos cuestionar nuestra identidad

En tiempos convulsos como los que vivimos hoy, los símbolos son los primeros en ser reevaluados y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra identidad.

Las estatuas son símbolos que generan identidad comunitaria y colectiva en un tiempo y en un espacio determinado. Pero como todo, la identidad es un constructo dinámico que se crea y se recrea, se transforma y muta dependiendo de lo que viva la sociedad que la conciba.

Cuando caen los símbolos, podemos empezar a cuestionar nuestro presente, pero también surge una necesidad de replantearnos el pasado para mirar hacia el futuro. Y lo hemos hablado antes: la rebelión contra las estatuas abrió un debate sobre la historia que queremos contar, lejana a una narrativa que, al parecer, dejó de representarnos.

¿Para qué los monumentos?

Para empezar, hay que decir que los monumentos se crean con la intención de establecer y legitimar un orden desde lo material a lo ideológico. Y en nuestro país, hay que hablar del momento en el que se formó la nación que hoy conocemos como la Republica de Colombia y de todos los esfuerzos por generar un sentimiento nacionalista común. 

Para crear en la población la idea de pertenecer a la nación que corresponde a un territorio con fronteras delimitadas, fue necesario acudir a símbolos como el escudo, la bandera, el himno, los próceres y los monumentos. De manera paralela, para lograr esta idea, se avanzó en la compleja tarea de generar una identidad colectiva con la que todos deberían, aunque no quisieran, coincidir.

Establecer una sola lengua, religión y unos rasgos culturales fueron acciones determinantes para configurar la identidad colombiana. Una política que se oficializó con la constitución del 86, la cual rigió la vida del país por más de 100 años, dejando grandes prejuicios en el desarrollo social y cultural de Colombia. 

En este punto, el proceso urbano colombiano consolidado hacia la segunda mitad del siglo XIX fue trasladando la memoria intangible a los nacientes parques que llegaron a reemplazar las plazas coloniales, moldeando una nueva traza urbana que transformó la arquitectura colonial a republicana. Es ahí donde estas efigies juegan un papel relevante para conquistar los escenarios antes habitados por las lógicas realistas.

De acuerdo a Jaime Ernesto Paz, Licenciado en Ciencias Sociales y Magíster en Estudios Urbanos de FLACSO, durante el gobierno de Tomas Cipriano de Mosquera se matizó esta encarnación de un nuevo orden, también con una nueva estética. “La iconografía se empieza tejer a lo largo y ancho del territorio bajo la idea de una sola unidad nacional que tuvo serias implicaciones por ese crisol social, político e ideológico sobre el que se construyó la nación. Fue una cuestión muy acelerada que no logró concretarse en tu totalidad”, afirmó.

De escribir la historia oficial a instaurarla en el espacio público, así se fue institucionalizando un discurso cuyo fin era generar cohesión social; es ahí cuando los personajes se vuelven íconos, padres y salvadores de la patria.

Las estatuas tienen como objetivo acentuar la historia, enmarcada en una narrativa específica que, muchas veces desconoce otras voces. Los monumentos son una posibilidad de eternizar personajes y rendir cultos heróicos. Son una apuesta por la inmortalidad del ser, las ideas y los actos.

¿Las estatuas siguen representando discursos de poder?

Durante las últimas semanas fuimos testigos de varios sucesos en diferentes puntos del país en los que los protagonistas eran las estatuas de distintas figuras de la conquista, independencia e historia contemporánea. Varias esculturas fueron derribadas.  Sin enunciarlo, estos actos dejaron un claro mensaje: una parte de la ciudadanía no se identifica con ellas, ni con su historia, ni con lo que estas representan. 

Hace poco, en medio de las manifestaciones realizadas en el día del trabajo en Pasto, después de más de 200 años de la independencia, el sentimiento de los pastusos no se reconoce del todo en los próceres que lideraron el movimiento independentista. Prueba de ello fue ver la figura en bronce de Antonio Nariño en el piso del parque que hoy lleva su nombre.

Esto no solo ocurrió en la capital del departamento de Nariño. En tiempos cercanos, en Cumbal y Guachucal, dos municipios ubicados al suroccidente, fueron derribados o quemados algunos bustos y monumentos de Simón Bolívar. Fue un sentir que habla desde la contemporaneidad sobre ese deseo de controvertir la historia oficial.

Foto tomada del Facebook de Emisora Auténtica Estereo 103.3 FM Cumbal - Nariño

Para entender este fenómeno hay que regresar en el tiempo para conocer lo que ocurría en este espacio conocido como La Provincia de Pasto en la época del Virreinato de la Nueva Granada que comprende lo que actualmente es la parte oriental del departamento de Nariño.

Pasto era un espacio geográfica y políticamente bien ubicado al punto que sus pobladores no deseaban sumarse al proceso libertario de Bolívar. Era un reducto realista y defendía a la corona contra toda iniciativa patriótica. Con ese antecedente y con lo que innegablemente nos cuentan los textos de historia, el territorio fue conquistado por las tropas independentistas a sangre y fuego. De ahí el inmediato rechazo a los próceres de la independencia por parte del pueblo pastuso.

Hablando específicamente del General Nariño, hay que decir que en 1814 estuvo encarcelado en Pasto, y fue liberado debido a su espíritu mediador y diplomático, siendo el único prócer que logró salir con vida de este territorio. Jaime Paz explica que, “si bien Nariño hace parte de un movimiento ilustrado, como lo guió Tadeo Lozano o el Sabio Caldas, también fue parte de todo ese movimiento ideológico continuado por Bolívar, trazado con sangre junto al Mariscal Sucre”. Hablamos de actos inolvidables y recordados en la actualidad como uno de los sucesos más oscuros y vergonzosos de la independencia: La Navidad Negra de 1822.

Su efigie fue ubicada en la plaza central de la ciudad en el marco de la configuración urbanística del país, justo en medio del Gobierno de Rafael Reyes y dada la Conmemoración del primer Centenario de la Independencia de Colombia. Ni en esa época, ni ahora, la estatua representa a los pastusos, por lo que en varias ocasiones se ha suscitado una rebelión contra la figura del prócer.

El 1 de mayo de 2021 la estatua de Nariño cayó. El pedestal no duró ni 24 horas sin su figura, después de los sucesos fue instalada inmediatamente y resguardada por la autoridad policial. Para Jaime, “el tema de volver a ubicar la estatua, tiene que ver con mantener el orden que se ha planteado como algo intocable en este estado. También, en función de que la gente entienda que hay una sola institucionalidad, que se ha posesionado por más de 200 años en Colombia y debe respetarse”.

Ahora, hablemos de Cali. El monumento a Sebastián de Belalcázar ubicado en el oeste de la sultana del Valle fue aprobado en proyecto de acuerdo de 1936 y construido por el escultor español Victorio Macho como un homenaje a este conquistador que fundó a Cali el 25 de julio de 1536.

El monumento se encontraba en el barrio La Arboleda entre la Carrera 2 Oeste y las Carreras 2A y 3A, espacio en el que queda ubicado uno de los miradores más turísticos y uno de los puntos de referencia más clave para la ciudad.

Desde entonces, esta escultura se posó señalando el camino al mar hasta el pasado 28 de abril, día en el que el Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente AISO, la derribaron en medio del paro nacional.

El movimiento Indígena se pronunció diciendo: “tumbamos a Sebastián de Belalcázar en memoria de nuestro cacique Petecuy, quien luchó contra la corona española, para que hoy sus nietos y nietas sigamos luchando para cambiar este sistema de gobierno criminal que no respeta los derechos de la madre tierra”.

Sebastián de Belalcázar se le atribuye ser el fundador de Cali y Popayán, ciudad donde también estuvo ubicada otra estatua del mismo hombre pero, en el Morro de Tulcán, lugar considerado como un espacio para la memoria de los indígenas y que fue derrumbada anteriormente.

Para esa ocasión, el movimiento de Autoridades Indígenas, realizó un “juicio” en el que acusaron al conquistador español de genocidio, despojo de tierras, así como desapariciones de los pueblos indígenas.

Menciona Ricardo Sánchez Ángel, Profesor emérito de la Universidad Nacional y Director del Doctorado en Derecho de la Universidad Libre, que, en esta acción “se ha dado el cambio de código del símbolo: de conquistador intrépido y fundador de ciudades a lo que la historia señala: un conquistador de armadura y lanza, que aniquiló los pueblos originarios indígenas dondequiera que estuvo. De manera especial, lo que es hoy Cali, Popayán y Ecuador.”

¿Cómo transformar el discurso que se ha planteado hasta el momento?

La historia es una forma de conocimiento que debe estar sujeta a reflexiones y modificaciones. Así mismo debe plantearse la lectura crítica y la educación frente a los sucesos que han marcado el país, incluyendo las representaciones enaltecidas por un sector unilateral.

Colombia es una nación pluricultural que demanda representación de su historia diversa. Por esta razón, se hace pertinente transformar el discurso en el que se tenga cabida las diferentes expresiones de grupos y actores que han sido marginados por la narración pero que han marcado nuestro territorio.

Según Óscar montero De la Rosa, líder indígena del pueblo Kankuamo, activista de la ONIC y la OIK, defensor de los derechos humanos de los Pueblos Indígenas en Colombia, Politólogo, especialista en gobierno, políticas públicas y pueblos indígenas, las propuestas para cambiar el discurso pueden ser varias. Entre esas, explica, se encuentran la articulación entre los movimientos indígenas con el estado para replantear la manera en que se ha contado la historia, compartir los conocimientos en materia ambiental y medicinal, crear de manera colectiva las reflexiones de la historia que reconozcan la participación de diferentes líderes y generar participación de diferentes grupos y actores para narrar de nuevo los sucesos de la historia:

“En este momento existe un trabajo articulado entre el Estado y el movimiento indígena para replantear la historia y la educación que hay en torno a ella. Actualmente el movimiento indígena en conjunto con el Estado colombiano se encuentra desarrollando un proyecto denominado “SEI” Sistema Educativo Indígena Propio a través del decreto 1953 de 2014, en el que se crea un régimen especial con el fin de poner en funcionamiento los Territorios Indígenas respecto de la administración de los sistemas propios de los pueblos indígenas;  producto generado de la lucha y de la movilización del movimiento indígena colombiano en el año 2013”.

Este es un sistema educativo que permite fortalecer la cultura, las lenguas y los idiomas de los pueblos indígenas para relacionar saberes, procesos ancestrales y conocimientos que poseen los diferentes grupos indígenas alrededor de la botánica, la medicina tradicional, la biología, incluso los conocimientos frente a los árboles, los ríos, los bosques, con los procesos contemporáneos que se estudian desde diferentes ámbitos.

Es relevante resaltar que este trabajo debe ser permanente para promover la conciencia de las diferentes historias que les permitan a las ciudades colombianas reconocerse como territorios pluriétnicos que van encontrando su identidad.

Lo que sucede es un llamado a contar la historia desde abajo

En muchos lugares del mundo la historia ha sido construida desde ciertos sectores sociales que resaltan la iconografía del poder. En nuestro caso, desde una casta que relevó a la corona española. Los criollos mantuvieron el control sobre un territorio que simplemente tuvo un cambio de administradores políticos. Con esto, la historia oficial se contó desde esa perspectiva, invisibilizando otras miradas. Esta fue la base para el andamiaje de la identidad nacional de aquella época.

De ahí, el resentimiento frente al no reconocimiento, al igual que el clamor del pueblo que desea contar la historia de los vencidos, no de los héroes, de los que silenciosamente efectúan actos que construyen, pero que no se registran en los libros de historia. De ahí también, la necesidad de generar una narrativa que represente a la población en pluralidad y multiculturalidad, para que en el uso social del patrimonio todos se reconozcan.

Las construcciones históricas monumentalistas deben evocar la multiplicidad de identidades que habitan en un mismo espacio y tiempo, aunque inevitablemente cambiarán con los años, quedará el precedente del reconocimiento del sentir popular. Materializar una institución impuesta no genera representación, en cambio, los símbolos de las masas prevalecerán porque son sus voces, sus historias y sus memorias las que se ven reflejadas en un monumento.

Para finalizar, Jaime deja esta reflexión sobre lo que ha ocurrido: “es un llamado a la Nación a entender que esos procesos con los cuales se constituye el poder no son etéreos o inmaculados, sino que, también, pueden ser tumbados. Y tienen que venir, precisamente, desde la construcción de las masas y desde la construcción de la representatividad.”

Desde Chévere Pensar en Voz Alta hablamos con expertos para ahondar en el tema, haciendo una lectura del panorama nacional actual de estos fenómenos que se ha suscitado contra los monumentos, el cual podrán ver a continuación.

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