Los momentos más memorables de Rock al Parque en sus 30 años
Para Radiónica, además, Rock al Parque ocupa un lugar privilegiado. Fue durante la edición de 2005 cuando nació la radio juvenil y cultural del sistema de medios públicos. Pero la relación con el festival va más allá de ese episodio. Para quienes crecieron escuchando y participando de las escenas alternativas de Bogotá, Rock al Parque también fue un lugar para descubrir bandas, encontrarse con otras escenas y entender que el rock podía ser mucho más amplio de lo que cabía en una sola definición.
Los primeros pasos de Rock al Parque
Mientras el narcotráfico azotaba a Bogotá y al país con carros bomba, el rock se iba abriendo paso como lenguaje de una generación con el fantasma del no futuro respirándole en la nuca.
En 1995, el Estadio Olaya Herrera, la Media Torta, el Parque Metropolitano Simón Bolívar y la plaza de toros La Santamaría recibieron la primera edición del festival. El proyecto buscaba hacer visible el trabajo de las bandas locales y llevar sus músicas a escenarios públicos, en una época en la que buena parte de la escena se sostenía en bares, pequeños teatros, garajes y circuitos barriales. El libro Rock al Parque 30 años describe aquel comienzo como el encuentro entre una ciudad golpeada por la violencia y una escena musical que estaba buscando espacios para hacerse escuchar.
Aterciopelados, 1280 Almas, La Derecha, Superlitio y Bloque de Búsqueda estuvieron entre los nombres que ayudaron a construir ese primer mapa. Aterciopelados se convirtió rápidamente en uno de sus grandes emblemas. Su música hablaba de Bogotá desde una mezcla de irreverencia, crítica social y poesía cotidiana que terminó convirtiéndose en parte de la identidad sonora de la ciudad.
También llegaron pronto los invitados internacionales. Fobia, Todos Tus Muertos, La Maldita Vecindad y Puya llevaron al festival otras formas de entender el rock, el ska, el funk y las músicas latinoamericanas. En 1998, Robi Draco Rosa llegó con Vagabundo, mientras que en 1999 Café Tacvba, Molotov, Julieta Venegas e Illya Kuryaki & The Valderramas ampliaron todavía más el mapa.
La primera edición reunió alrededor de 80.000 espectadores. Desde entonces, Rock al Parque empezó a ser mucho más que una serie de conciertos. Se convirtió en una forma de ocupar la ciudad.
Las tribus urbanas llegan al mismo parque
En los años noventa se hablaba de las llamadas tribus urbanas para describir grupos juveniles con estéticas, códigos y gustos musicales muy marcados. Punks, metaleros, skaters, rude boys, emos y otras escenas tenían sus propios espacios y formas de reconocerse. Muchas veces esas identidades también implicaban diferencias y enfrentamientos.
El libro Rock al Parque 30 años recoge el testimonio de María Claudia Parias, quien explica que en las primeras etapas del festival esas diferencias podían generar tensiones importantes. Los gestores de convivencia tuvieron que aprender a identificar las conflictividades asociadas a las estéticas y los gustos juveniles para evitar que los enfrentamientos terminaran en desmanes. Rock al Parque terminó haciendo algo bastante particular. Puso a esas escenas en un mismo espacio.
Para quienes crecimos en ese contexto, esa convivencia no era una abstracción. El hardcore, por ejemplo, tenía sus propios códigos, bandas y lugares de encuentro. El punk, el metal, el ska o el reggae también tenían circuitos muy definidos. Llegar al Simón Bolívar significaba encontrarse con personas que podían vestir, escuchar música y vivir la ciudad de maneras completamente distintas.
El festival no hizo desaparecer esas diferencias. Las puso a convivir y con los años, esa experiencia ayudó a que Bogotá desarrollara además una manera más sofisticada de organizar eventos masivos. Bomberos, Secretaría de Salud, entidades de atención de emergencias y otras instituciones fueron construyendo protocolos a partir de la experiencia de los Festivales al Parque.
2004, los diez años y la discusión sobre qué es rock
El salto de escala llegó con especial fuerza en 2004, cuando Rock al Parque celebró su décimo aniversario. La edición se realizó entre el 30 de octubre y el 1 de noviembre y reunió a artistas como Luis Alberto Spinetta, Robi Draco Rosa, Café Tacvba, Molotov, Babasónicos, Julieta Venegas, Brujería y The Skatalites. El libro señala que aquella edición recibió público proveniente de diferentes lugares de Latinoamérica y que CNN llegó a catalogarlo como el festival gratuito de rock en español más importante del mundo.
Uno de los momentos más recordados ocurrió el 31 de octubre de 2004, cuando The Skatalites llevó al Simón Bolívar una de las raíces fundamentales del ska y el reggae jamaiquino. En el mismo festival estaba Luis Alberto Spinetta, una de las figuras mayores del rock argentino.
La combinación decía mucho de lo que Rock al Parque comenzaba a ser. El ska, el reggae, el metal, el rock alternativo y el pop podían compartir programación sin que el festival tuviera que escoger una sola identidad.
También empezaron las discusiones sobre los límites del género. El libro recuerda la resistencia que existió frente a artistas como Juanes y Spinetta por no encajar, para algunos sectores, en una idea suficientemente estricta de “rock”. La historia terminó demostrando que esa frontera iba a hacerse cada vez más difícil de sostener.
Puedes consultar también Las memorias de Rock Al Parque
2005, una edición que quedó en la memoria
La edición de 2005 tiene una dimensión particular para quienes vivieron el festival desde esa generación. Fue un año de descubrimientos y de cruces entre escenas que todavía tenían fronteras muy marcadas.
En mi caso, es una edición que tengo especialmente grabada en la memoria porque allí conocí a I.R.A. y escuché a Nadie por primera vez. Son recuerdos distintos a los que suelen quedar asociados a los grandes conciertos internacionales, pero hacen parte de la manera en que Rock al Parque se instala en la memoria de quienes lo han vivido. A veces un festival se recuerda por una banda que llevaba décadas de trayectoria y otras por descubrir un grupo que, hasta ese momento, no hacía parte de nuestro mapa musical.
La programación de 2005 permitía justamente esos descubrimientos. I.R.A., Nadie y Nawal compartieron cartel con otras agrupaciones nacionales, mientras que el componente internacional incluyó a Apocalyptica, Suicidal Tendencies, A.N.I.M.A.L., Desorden Público, Jaguares, Miranda!, The Ganjas, VHS or Beta y Nortec. El reggae, el ska, el punk, el hardcore, el metal y las músicas electrónicas ya podían encontrarse en un mismo festival.
Nawal aportaba además una presencia vinculada al reggae y al dub, mientras Suicidal Tendencies representaba una tradición mucho más cercana al hardcore y al crossover. Esa mezcla hacía que Rock al Parque funcionara también como un lugar de exploración.
Y ese año ocurrió otro momento fundamental. El 15 de octubre de 2005, Rock al Parque abrió con Kraken junto a la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Daniel Casas recuerda que la presentación se programó al mediodía debido a las dificultades técnicas de tocar con una orquesta de noche al aire libre. La respuesta fue contundente. 50.000 personas llegaron para verla.
Ese mismo día, Apocalyptica llevó al Simón Bolívar una combinación poco habitual para un festival público de rock. La banda finlandesa, formada por violonchelistas clásicos, mezclaba la potencia del metal con instrumentos de cuerda. Su presentación del 15 de octubre de 2005 se convirtió en otra muestra de hasta dónde podía llegar la curaduría del festival.
Y mientras Rock al Parque vivía todo eso, nacía Radiónica. La antigua 99.1 Frecuencia Joven, que ya había acompañado durante años a las escenas musicales de Bogotá, estaba dando paso a una nueva emisora juvenil y cultural. Por eso 2005 quedó asociado a dos memorias que para muchos terminaron creciendo juntas. La del festival y la de una radio pública que desde entonces acompañaría buena parte de esas músicas.
Aquí te contamos la historia: En Rock al Parque 2005 y con Kraken de fondo, así nació Radiónica
Cuando el festival se abrió a nuevos sonidos
La amplitud que se había empezado a construir durante los primeros años terminó haciéndose evidente en la programación de la década siguiente.
En 2010, Asian Dub Foundation llevó a Rock al Parque una mezcla de dub, rap, electrónica y sonidos provenientes de diferentes tradiciones musicales. En esa misma edición estuvieron Ky-Mani Marley, hijo de Bob Marley, Alerta Kamarada, Mojiganga, Providencia, Puya y otros proyectos que mostraban la amplitud del festival.
En 2011, esa expansión fue todavía más evidente. El cartel reunió a Black Uhuru, Cultura Profética, Buraka Som Sistema, Fischerspooner, Cold Cave, Delorean, A Place to Bury Strangers y otras agrupaciones. El reggae, el ska, la electrónica, el post-punk y las propuestas experimentales convivieron con metal, punk y rock alternativo.
En 2015, la presencia de Atari Teenage Riot llevó al festival una de las expresiones más radicales de esa mezcla. La agrupación alemana, asociada al digital hardcore, combinaba la agresividad del punk y el hardcore con una electrónica abrasiva. La edición también contó con Nortec Collective, Mitú, Celso Piña, Los Cafres, Los Pericos y Nuclear Assault, entre muchos otros. El registro oficial de Rock al Parque confirma la participación de Atari Teenage Riot ese año.
Y en 2019, cuando Rock al Parque cumplió 25 años, apareció Kap Bambino, otra propuesta que ayudaba a desdibujar las fronteras entre electrónica, punk y experimentación. La agrupación francesa hizo parte de una edición que también reunió a Fito Páez, Gustavo Santaolalla, Juanes, Tarja Turunen, Sodom, Los Amigos Invisibles, Zona Ganjah y Aterciopelados.
No hace falta convertir a todos esos artistas en una lista de curiosidades. Juntos permiten entender una transformación. Rock al Parque pasó de reunir escenas que se reconocían como distintas a construir una programación donde esas diferencias podían mezclarse.
Conoce Once artistas en la historia de Rock al Parque para no olvidar
La granizada de 2007
Hay momentos que quedan asociados a una banda y otros a una canción. También están los que quedan asociados al clima.
La edición de 2007 comenzó el 3 de noviembre y quedó marcada por una granizada que obligó a suspender las presentaciones. Nepentes y K-93 alcanzaron a tocar antes de que el temporal alterara completamente la jornada. El escenario ubicado sobre la grama quedó inutilizado y la organización tuvo que reorganizar la programación.
El episodio terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos más reconocibles del festival. Santiago Trujillo explica en el libro que muchas personas identifican determinadas ediciones por lo que ocurrió en ellas. No necesariamente recuerdan el año, sino “la granizada”, Manu Chao o Suicidal Tendencies. Rock al Parque terminó funcionando así como una forma de medir el paso del tiempo de la ciudad.
La experiencia también dejó aprendizajes. Un festival de estas dimensiones necesitaba saber responder a la lluvia, a las aglomeraciones, a las emergencias y a los conflictos entre públicos. Lo que comenzó como una apuesta cultural terminó contribuyendo a crear una experiencia institucional que después sería utilizada en otros eventos masivos de Bogotá.
De las tribus urbanas a una multitud más diversa
Durante la década de 2010, Rock al Parque continuó ampliando su público. El metal, el punk y el rock alternativo siguieron siendo parte de su columna vertebral, pero crecieron los espacios para el reggae, el ska, el hip hop y las fusiones con músicas tradicionales.
También cambió la presencia de las mujeres. En 2014, durante la celebración de los 20 años, comenzaron a desarrollarse actividades para documentar y discutir la experiencia de las mujeres en el festival. La participación femenina, que durante años había sido menor, fue creciendo hasta llegar a representar el 55 % del público en el regreso presencial de 2022, según el testimonio de Chucky García incluido en el libro.
La transformación del público también puede verse en una escena de 2019. Juanes, que había generado discusiones en otros momentos sobre su lugar dentro del festival, terminó tocando un cover de Metallica. Chucky García recuerda que el público de esa edición fue capaz de aceptar esa mezcla con mucha más naturalidad que décadas atrás. Para él, esa reacción demostraba cuánto había madurado la relación de la audiencia con la idea de rock.
Volver después de la pandemia
La pandemia produjo una pausa que ningún aguacero había conseguido provocar. En 2020 y 2021, Rock al Parque no pudo realizarse con su formato presencial tradicional. El festival tuvo que trasladarse a las casas, los barrios y las pantallas, integrado con los demás Festivales al Parque. El libro describe ese periodo como una transformación de la experiencia, más que como una desaparición.
El regreso llegó en 2022, después de tres años sin ediciones presenciales. Rock al Parque volvió al Simón Bolívar distribuido durante dos fines de semana y encontró a un público que llegaba con la memoria reciente del aislamiento. En aquella edición, las mujeres representaron por primera vez el 55 % del público, según Chucky García.
En 2023, el festival volvió a demostrar hasta dónde había llegado su diversidad. Entre el 11 y el 13 de noviembre, 390.000 personas asistieron a una edición que reunió 65 bandas y 600 artistas. Allí estuvieron Aterciopelados, Los Auténticos Decadentes, Los Pericos, Agnostic Front, In Flames, Overkill, Ana Curra, Javiera Mena, Los Petitfellas y Julieta Venegas, entre muchos otros.
La presencia de Venegas no necesita convertirse en un capítulo aparte. Es suficiente para entender algo que Rock al Parque lleva años demostrando. Una artista puede regresar casi dos décadas después y encontrarse con un público que ya tiene otra relación con su música. La edición de 2023, además, volvió a reunir punk, metal, reggae, rock alternativo, electrónica y pop en un mismo espacio.
Madball y la memoria del hardcore
Por eso tiene sentido llegar a 2025 y encontrar a Madball en el cartel. La banda estadounidense se presentó el lunes 23 de junio de 2025, a las 7:40 p. m., en el escenario BIO. Antes estuvieron Comeback Kid, a las 5:40 p. m., y Grito, de Medellín, a las 6:45 p. m.
Para quienes crecieron alrededor del hardcore, esa programación tiene una carga especial. No porque el festival haya regresado a un pasado de tribus urbanas, sino porque aquella escena que durante años fue vista como una expresión marginal terminó formando parte de la memoria oficial de Rock al Parque.
Grito, Comeback Kid y Madball compartieron una misma jornada. El hardcore colombiano se encontró con una banda canadiense y con uno de los nombres históricos del hardcore neoyorquino. El cartel de 2025 también incluyó a Los Cafres, Los Rabanes y Los de Abajo, demostrando una vez más que reggae, ska, hardcore, metal y rock alternativo pueden convivir en el mismo festival.
Treinta años de recuerdos
Hay quienes recuerdan Rock al Parque por Aterciopelados en los primeros años. Otros por Spinetta o The Skatalites el 31 de octubre de 2004. Están quienes estuvieron frente a Kraken y la Filarmónica el 15 de octubre de 2005, quienes descubrieron allí a I.R.A. o Nadie, quienes llegaron buscando hardcore y terminaron escuchando reggae, quienes vieron a Asian Dub Foundation en 2010, a Atari Teenage Riot en 2015 o a Kap Bambino en 2019.
Están también quienes recuerdan la granizada de 2007, quienes volvieron al Simón Bolívar después de la pandemia, quienes estuvieron en la edición récord de 2023 o quienes saltaron frente a Madball el 23 de junio de 2025.
Esos recuerdos son distintos, pero pertenecen a una misma historia. María Claudia Parias define Rock al Parque como un hito identitario de Bogotá, un patrimonio vivo y un laboratorio social que permite encontrarse con la otredad. Quizás ahí esté una de las mejores explicaciones para entender su permanencia.
También está la memoria de quienes encontraron allí una banda que no conocían, una canción que después se volvió indispensable o una escena musical que terminó acompañándolos durante años. En mi caso, 2005 permanece ligado a I.R.A., a Nadie, a Nawal y a esa sensación de descubrir que detrás de cada escenario había un mundo musical mucho más grande del que alcanzaba a imaginar. Y también está Radiónica, que nació alrededor de ese mismo festival y terminó acompañando buena parte de esas búsquedas.
Rock al Parque cumple 30 años con una memoria que pertenece a varias generaciones. Una memoria hecha de música, lluvia, pogos, descubrimientos, tensiones, encuentros y cambios. Quizás por eso todavía hay quienes no recuerdan exactamente qué año fueron. Recuerdan la banda. Recuerdan la canción. Recuerdan el aguacero. Recuerdan el pogo. Ese es, en suma, el espíritu de 30 años del festival de rock gratuito más importante de Latinoamérica... ¡Que vengan muchos más!.