Breakfest 2017: memorias de un festival entre montañas

El pasado fin de semana se vivió el festival privado más relevante de la escena paisa, Diego Londoño y Sebastián Martínez del equipo de Radiónica en Medellín nos cuentan.

Día uno

Como ya es tradición, el Parque Norte, al nororiente de Medellín, fue el lugar perfecto para una fiesta donde la música es el eje principal de una experiencia perfecta para celebrar. Y es que un parque de diversiones es el sitio ideal para hacer una fiesta, que es en lo que, finalmente, se convierte para los miles de asistentes el Breakfest.

La música también fue elegida cuidadosamente para tal fin, o por lo menos así lo pareció al observar cómo artista tras artista dejaban todo en cada uno de los dos escenarios dispuestos para que el acto de tocar en vivo sucediese.  Aunque, y como ya es costumbre, cada tarima tenía una especie de propósito: la principal es aquella donde se salta y se canta, y la que está a un costado del lago es para bailar con total libertad. Sin embargo, el cuerpo se movió en ambas por igual.

Cuando aún había sol sobre Medellín iniciaron los sonidos con los beats de Lefel, al comenzar a caer la tarde Mystery Tones le dio vida al stage más grande, y ahí ya había sonido en todos los escenarios. El público fue ingresando de forma gradual cuando ya había vida en los escenarios y fue poniéndose en ambiente hasta que ya la noche era una realidad en el cielo paisa por un par de horas. Como en toda celebración, los ‘parches’ de amigos eran lo que predominaba: nadie quería estar de fiesta solo.

Doble Porción, la cuota local en el escenario principal el viernes, dejó claro algo: el rap en Medellín está transformándose, y ellos hacen parte de esa camada de creadores de beats y rimas. Ya el reloj marcaba las 10 p.m., y mientras a un costado del lago el combo bailador era cada vez mayor, en la explanada de concreto comenzaban a sonar las esperadas secuencias que le dan inicio a la primera canción de un álbum llamado Ayo (2017).

Eso solo quería decir algo: iniciaba Bomba Estéreo. Su show de exactamente una hora tuvo dos momentos, uno en el que recorrieron su más reciente lanzamiento discográfico y que estuvo lleno de cadencias perfectas para mover el cuerpo en el rito del baile, ya fuera solo o en pareja. Al final, tal vez los últimos 20 minutos, estuvo el Bomba Estéreo festivalero, que combinó sabor con actitud y que trascendió la tropicalidad para que todos, quienes disfrutan del baile y quienes no, pudiesen brincar y sentir la música de una forma menos coreografiada.

Llegó la media noche. Había silencio en el escenario principal y en el lado seguía la fiesta. Pillowtalk, Wolf+Lamb y Mick Monaco (solo por mencionar algunos) habían hecho las delicias de miles que hasta ese momento danzaban sin asomo de cansancio. Pero faltaba la cereza del pastel, por así decirlo. Y esa llegó en forma de muchos colores, con el arribo de Neil Tennant, Christopher Lowe y todo su combo. Con la iluminación del escenario se sabía que había arribado Pet Shop Boys.

Su show puede definirse con una sola palabra: perfección. Una total sincronía de luces, proyecciones, juegos de láser y, obviamente, sonidos, fue lo que se vivió durante casi dos horas. Entre canciones de Super (2016) su más reciente obra musical, y clásicos coreados de los 80 y 90’s, se actualizó la mirada que muchos tal vez tenían de lo que este dúo de synth pop hace.

Muchos de los asistentes tal vez no eran tan cercanos a la trayectoria de Lowe y Tennant, pero admiraban casi atónitos uno de los espectáculos posiblemente más pulidos y cuidados que ha llegado a Medellín en los últimos años en cuanto a conciertos se refiere. El cierre, nostálgico por demás, se dio con tres clásicos enmarcados entre globos ópticos: Go west, Domino dancing (canción que corearon al unísono los miles de espectadores) y la sentida Always on my mind.


Eran casi las 2:30 de la mañana, ya era sábado, pero aún no llegaba el fin de la fiesta. Mientras los lásers se apagaban tras la partida de Pet Shop Boys, en el lago la tierra temblaba por culpa del baile que motivaban los sonidos de otro grande, Kenny Larkin. Con el fin de su show, la música solo se silenció para descansar unas horas, porque ese sábado apenas estaba iniciando, y el poder de la experimentación desde el rock, la cadencia, el ruido y la psicodelia se tomarían los escenarios del festival.

Para eso solo tendría que volver a salir el sol. Pero esa es otra historia. El precioso Parque Norte estaba listo para una nueva jornada de música, los sistemas de sonido se encendieron y la gente con sonrisas hasta en los ojos, ingresaban para vivir un nuevo encuentro musical.


Día dos

Las primeras canciones que resonaron en este segundo día de festival, fueron gracias a agrupaciones colombianas, propuestas que han construido también este ADN llamado Radiónica. Arribo a escena una agrupación fundamental, si de hablar del nuevo sonido rock de Medellín se trata. Inwaves propuso no solo oscuridad con su música, también el baile y las distorsiones de esta nueva generación.

“Leonard Cohen cantando rock de Medellín”, fue uno de los comentarios que escuché desprevenidamente de un par de señores de edad avanzada que escuchaban a la distancia a los Inwaves. Su show presentó matices, y además la exploración de la banda en canciones cantadas en español.

Luego llegaron los Oh'Laville, y dejaron en claro porque el rock bogotano está pasando por un gran momento. La voz de Mateo París desgarró desafiante ante esas montañas antioqueñas yo al lado de su banda, presentaron canciones de todas sus etapas. Los oídos escuchaban con atención, y las piernas no se movieron con este momento musical.

Luego el garaje rock, el sonido lo-fi,y las pintas de una etapa clásica del rock aparecieron para demostrar la renovación musical que vive Colombia. Los Makenzy llegaron con sus historias musicales
y con las distorsiones que los caracteriza. Este power trio fue la perfecta introducción para el sonido internacional que estaba por suceder.

Lo interesante de estos tres momentos musicales, es que el público abrió sus oídos, escuchó con atención y puso a estas tres bandas al nivel de las propuestas internacionales. Gracias al festival por creer en el sonido colombiano, y como propuesta, sería interesante que este número de participaciones colombianas creciera para la sexta edición.

Luego Rawayana, expuso una gran voz y energía contagiable en el escenario. Reggae, dub y hasta dancehall recibía la noche en aquel parque de Medellín. Pero la sorpresa estaba por venir... ¿Un abuelo con el pelo rosa? Sí, un abuelo que tiene más raíces musicales que una ceiba.

Desde el rap, hasta el reggae, el dub, incluso, todo el punk en su discurso. Lee Scratch Perry no paró de moverse. Su extravagante vestimenta, sus colores, su acento dejado en cada canción, su gran banda experimentada y juvenil, fueron una sorpresa, un concierto a ciegas que al abrir los ojos generaba taquicardia de la emoción. Parte de la historia de la música le abrió los ojos a una Medellín que adoró su show.

¿Casablancas? ¿El de The Strokes? ¿El que canta con Daft Punk? Sí, salió a escena como toda una estrella del rock, con un chaleco de automovilismo, con una banda que recuerda el mejor momento de Sonic Youth, ruidosos e inquietantes. Su banda The Voidz, acompañó la voz de una generación para el rock, la voz de Julian que no paró de ir de los agudos a los graves. Su show fue tan frenético y alucinante que los asistentes no sabían ni a qué ritmo mover la cabeza, ¿lo imagínan? Y para cerrar, Instant Crush de Daft Punk, como un regalo para la memoria musical de Medellín.

¡Qué gran festival, qué buena propuesta de entretenimiento, y que avance para las montañas musicales de esta Medellín! Gracias Breakfest, nos vemos en la sexta.

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