Fotos: Lina Botero

El Arrullo del Barrio, el corazón del festival Petronio Álvarez

Vivir un Petronio es algo místico, pero vivir un arrullo en casa de Nidia Góngora es sentirse en casa y conectar con nuestras raíces negras.

Todo empieza después del festival. Donde todo termina, justo ahí inicia. A través del voz a voz, atravesando Cali, los ríos del Petronio terminan desembocando en las cuadras de Ciudad Córdoba para recibir el alba en la casa de la maestra Nidia Góngora, la voz femenina más representativa del Pacífico Colombiano para nuestra generación. 

Antaño llegaban unos cuantos. Familiares, amigos y músicos sedientos de marimba, cununos, magia y Viche Positivo; aterrizaban en la casa de Nidia para arrullar el alma con canciones. Las canciones con las que crecieron, las que extrañan, las que celebran la vida y se van heredando generación tras generación. Las melodías resilientes de una de las regiones más ricas culturalmente y más azotadas socio-políticamente en Colombia, las que han tenido que atravesar el mar, ríos, selvas y carreteras encuentran su centro en Cali, la capital del Pacífico colombiano, y ahí logran mantenerse y sobrevivir en los barrios los 365 días del año. 

Porque todo nace y muere en casa. Y la música en el Pacífico es fundamental. A través de ella se enseña a vivir. Se educa, celebra, recibe, despide y hasta se regaña a punta de canciones. Se enseña a hablar cantando y claramente se arrulla cantando. Y en la casa de Nidia las puertas se abren para convocar al barrio entero y a quienes quieren ser parte de ello para sentir el palpitar sonoro del Pacífico.

El corazón del Festival Petronio Álvarez tiene su centro, su vida y su palpitar en el Arrullo del Barrio. Él no es un simple remate, él es la manifestación de una cultura viva y rica culturalmente que se relaciona con la vida a punta de música. La fiesta ahí no decae, todo lo contrario, se eleva y sana cualquier pena en el alma. Todo radica en observar, bailar, escuchar, cantar, recibir, dar, compartir y sonreír cuando el amanecer se asoma y la música no para de retumbar. Una comunión entre muchos que cada vez son más, entrando y saliendo, subiendo y bajando por las casas que han replicado y expandido el arrullo que inicia en casa de Nidia. El Petronio se niega a acabar mientras el arrullo permanezca en pie. Alabaos, arrullos, cantos tradicionales que conectan con lo más fundamental, con la ancestralidad, se amplifican desde el barrio. 

Vivir un Petronio es algo místico, pero vivir un arrullo en casa de Nidia Góngora es sentirse en casa y conectar con nuestras raíces negras, con lo esencial y fundamental. Sin duda alguna, el Pacífico debe conocerse más, es una necesidad para la humanidad. Y si se hace a través del arte más efectivo es el mensaje. Porque entra por los sentidos y se expresa en la cadera y los pies, se cuela por las emociones, viaja por el ser, se instala en el alma y lo apropia la razón.

Hay quienes se incomodan al ver “tanto blanco” “tanto rolo” y “tanto extranjero” en el festival, en el Arrullo y en los espacios asociados a la cultura afrocolombiana. Pero todo lo contrario, en la medida en la que el Pacífico colombiano sea conocido, respetado, admirado y socializado desde sus tradiciones lograremos romper tantas barreras sociales, tanto racismo, clasismo y verticalidad cultural que ha segregado desde el principio de los tiempos a esta nación mestiza, pluriétnica y multicultural.

El respeto es fundamental y desde ahí la inclusión también lo debe ser. Y la música, sin duda alguna, convoca y sabe darle su lugar a quienes la viven y la habitan. Nidia Góngora es ama y guardiana de esta tradición y desde Canalón de Timbiquí hasta sus múltiples colaboraciones y su trabajo al lado de la Pacifican Power, Ondatrópica y Dj Quantic ha sabido darle su lugar a los saberes que la acompañan y hacen de ella una matrona mágica y generosa con su cultura y la misión que como cantora tiene en este plano. 

Si la música ancestral durante este tiempo nos ha demostrado que puede dialogar con otras sonoridades ¿por qué no dialogar entre nosotros? ¿Por qué no juntarnos en un alabao, un arrullo y un baile?  ¿Por qué no conectarnos al territorio y con cada uno de nosotros desde el amor, la generosidad, la bondad y la conciliación que promueve este ejemplo de mujer timbiquireña, Nidia Góngora, que amorosamente recibe en su barrio, en su casa, a todo aquel que necesite ser arrullado por los dulces ríos que desembocan en el Pacífico mar?

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