Una cita con Leila Guerriero

¡Cuando la realidad supera la ficción! Charlamos con la autora del libro "Los suicidas del fin del mundo: crónica de un pueblo patagónico".

La siguiente es una historia que podría ser sacada de un libro o una historia de terror, podría ser un argumento de Stephen King, pero infortunadamente es una historia real que ocurrió a finales de los años noventa en La Patagonia, Argentina. Si bien parece una historia salida de la ficción, es uno de los episodios más interesantes del periodismo de Iberoamérica.

Hoy en Una Cita con el Profe tenemos el placer de presentar a una escritora y periodista brillante: Leila Guerriero. En 2005 publicó Los suicidas del fin del mundo: crónica de un pueblo patagónico, un libro fascinante desde múltiples perspectivas, desde lo que significa el saber que una serie de personas, la mayoría de ellas jóvenes, deciden quitarse la vida a finales de los años 90 en La Patagonia, Argentina. Aquí Guerriero narra la travesía de llegar a este lugar y cómo comienza no solamente a conocer las historias, sino quizá entender los porqué de estas infortunadas decisiones.

Espero no hacer spoiler, pero vamos al final del libro donde se habla sobre la repercusión que tienen en Latinoamérica los suicidios que pasan en Japón, más que los propios del continente, incluso con el Ministerio de la soledad que recientemente se inauguró en Japón, uno dice ¿El libro literal quedó abierto? 

No spoileaste nada. De hecho el libro mismo es un spoiler porque empieza por el final, en la primera página te cuenta todo, y de alguna manera sí está muy presente esto que vos decís: el tema del suicidio, es algo de lo que se habla muy poco. 

Se empieza hablar un poco ahora, pero me parece que también es algo que está completamente fuera de las agendas públicas por lo menos en América Latina. Es verdad que en Japón se formó este Ministerio de la soledad y me parece que por fuera de algunas pequeñas reacciones o algunas cosas que ha dicho la ONU últimamente, al dar a conocer las cifras de suicidios recogidas durante el año 2019, no es un tema de salud pública, incluso creo que durante esta pandemia el tema de la salud mental ha quedado bastante relegado. 

Los gobiernos se han enfocado en decir “bueno salvemos los cuerpos a toda costa” y el resto no importa; y así ha pasado que las depresiones están a la orden del día. Los adolescentes están teniendo enormes problemas de depresión, los más chicos tienen problemas de adaptación y retroceso educativo y cognitivo, y todas las personas viejas están con enormes deterioros mentales. Creo que no, que lamentablemente no forma parte de la preocupación de los estados en principio, el problema continúa, de suicidio se sigue hablando muy poquito.

Es un libro que tiene un carácter fantasmagórico muy interesante, están los fantasmas que habitan a los suicidas, pero también el lapso de tiempo entre 15 o 20 años del proceso de investigación y la publicación ¿Ha tenido contacto con alguna de las fuentes de hace ya algún tiempo? ¿Cómo siente precisamente que todas estas personas jóvenes que precisamente se citan en el libro se fueron a otra dimensión?

Yo soy una persona muy racional y positivista, quiero decir que creo en la ciencia básicamente, no creo en fantasmas ni en aparecidos o en ese tipo de cosas, pero esta historia tiene un componente muy inquietante, muy perturbador. Se habla de 12 suicidios que se produjeron casi uno tras otro, entre dos o tres por mes a lo largo un año en un pueblo en el medio la meseta patagónica, donde se siente el ulular del viento de manera permanente. Incluso está personificado, dice el libro: El viento pateaba la puerta para querer entrar, o sea como una presencia oscura, casi diabólica pero como algo muy concreto.

Creo que el libro pinta una historia muy pequeña, muy local, que ha viajado bien en el tiempo porque a la vez cuenta una historia muy universal que tiene que ver en algún punto con este tema fantasmagórico qué decís, que es el cómo se relacionan los vivos con esas muertes, qué les dejaron esas muertes, cómo sobrevive la gente a la muerte de todas esas personas.

El libro se publicó por primera vez en 2005 con mucho esfuerzo, me costó mucho encontrar editorial, todas lo rechazaban por ese aspecto fantasmagórico, me decían: “no, ¿quién va a querer un libro de suicidas? por Dios”, 

Pero, seguí en contacto con la gente sobre todo en aquellos años, ahora me hablo con ‘Rulo’, que es el apodo de un chico que era dueño de una radio en Las Heras y que ahora vive en Buenos Aires, de alguna forma él representaba la idea del tipo sensible, con futuro y quería hacer música electrónica, así que ahora hace eso, produce y compone este género. 

En ese momento tenía un presente muy frustrante, a través de Rulo me entero de qué es lo que pasa en el pueblo, pero no tengo relación con más personas, soy un poco así. Termino una historia y sigo un poco en relación con el tiempo, pero después estoy ocupada en otra cosa, mis relaciones no crecen de esa manera como arbórea porque estaría colapsada, digamos que ocuparía mis días sólo hablando con la gente a la que entrevisté y preguntándole cómo está y cómo siguió su vida.

Hablemos sobre Rulo, un personaje radiofónico precioso, porque es la época en la que los Chemical Brothers eran precisamente el top en el mundo y le tocaba poner cumbias. Ademas en ese momento imaginar las cumbias en la Patagonia, en invierno patagónico es fascinante para un lector. Me llamó mucho la atención cuando este personaje escucha el viento, ¿quién no se enloquece con el viento?

Con todo respeto por el género de la cumbia, por la balada y todo esto, no era lo que quería hacer Rulo. Es como si a un músico clásico que quiere tener una radio en la que pase Beethoven y Wagner tiene que pasar rock and roll, hay un punto frustración fuerte y él no sentía ninguna conexión con esta música, detestaba esa música, le parecía horrible, pero era lo que lo que la gente de la ciudad quería escuchar y él tenía que pasarla porque si no, no tenía publicidad y si no tenía publicidad no tenía radio. 

Él le puso a su hijo Hernán, por Hernán Cattáneo, un Dj de gran fama internacional y en aquel momento estaba en la cúspide. Rulo había hecho un curso con Hernán Cattáneo, y le dijo que tenía talento, con lo cual Rulo sentía que estaba gastando su vida, tenía un fanatismo, una vocación clarísima.

En el libro, la historia de Rulo no se termina de contar hasta el final, simplemente por el hecho de que se fue las Heras unos años después de que saliera el libro. Mi presencia fue un efecto extraño también, porque Rulo había perdido contacto con Cattáneo que lo había animado a hacer música, entonces cuando yo aparezco en las Heras, Rulo con mucha discreción, porque es muy encantador y muy discreto, me contó que lo conocía Cattáneo y que había perdido relación con él, que si yo lo podía ayudar dándole un contacto, un mail y rápidamente me puse en contacto con Cattáneo, a través de una amiga de él. Me escribió enseguida y me dijo: “sé perfectamente quién es Rulo, dile que me escriba” y se pusieron en contacto. A partir de ese contacto es que Rulo se muda a Buenos Aires. Fíjate que la llegada de una periodista al confín del mundo termina rozando la vida a una persona y quizás Rulo se hubiera mudado de todas maneras a Buenos Aires, pero no hay manera de evitar la coincidencia. 

Y el viento, Rulo odiaba el viento, como yo creo que cualquier persona salvo alguien que a quién le guste salir volando al poner un pie en la calle, pero era una presencia muy perturbadora. A mí lo que me asombró del viento y el motivo por el cual el viento está con tanta fuerza en el libro, es que antes de que yo viajara todo el mundo me decía “cuando vengas cuidado con el viento, ya vas a ver el viento acá, lo que el viento…”, yo la verdad viajé bastante, había estado en lugares con mucho viento de todo tipo helado, cálido, brisa, nunca había estado en un tifón, un huracán; pero bueno dije: habrá viento.

El punto es que llegué a Las Heras, me bajé del colectivo y pongo un pie afuera y el viento me empuja, me tira al piso. Yo soy bastante delgada y había días en los que no podía caminar en la calle porque el viento me tumbaba o me hacía retroceder y no avanzar, era peligroso, volaban cosas, te puedes lastimar y todo. Yo iba caminando a todas partes, no tenía vehículo, en bicicleta, olvídalo, tampoco tenía, pero bueno podría haber conseguido una, y la gente me decía: "cuidado Leila porque te va a pasar algo más". Un día voló muy cerca de mi cara una tapa de algo, una cosa de acero que no se qué era, un cartel o un techo de basura, algo por el estilo y fui más prudente, pero la gente vivía el viento como una especie de amenaza permanente, era también un factor que impedía la socialización porque la gente está todo el día metida dentro de la casa, en invierno porque había una nieve por todos lados, en verano y primavera por el viento atroz que no se puede a salir a la calle, entonces todo era para dentro, era como un factor más que parecía condenarlos a una especie de aislamiento, están todos pero estaban todos metidos en sus casas. 

Estamos hablando de un trabajo periodístico que tiene unas condiciones literarias muy poderosas. Creo que como dicen por ahí “Pueblo chico infierno grande”, y existen momentos con esa riqueza narrativa de generarle al lector un viaje por esos parajes tan desconocidos que tiene la mente humana.

Sí, la gente mencionaba que había una lista que había dejado supuestamente la primera de las chicas que se suicidó y en esa lista figuraban todos los nombres de los que iban a continuar con el suicidio y se hablaba también de una secta que los había llevado a suicidarse. 

Cuando uno es periodista por supuesto tiene que tomarse el trabajo de seguir esas pistas, pero por supuesto tales cosas no existían. El suicidio siempre produce mucha culpa en la persona, en el familiar, la persona allegada a la culpa tiene que ver con esta idea de: ¿qué hubiera pasado si yo hubiera?, ¿cómo no me di cuenta?, ¿cómo no entendí?, ¿cómo no supe?, ¿qué hubiera podido hacer yo para evitar esto? 

Por otra parte, un suicidio nunca es el producto de eso, la gente se siente culpable pero no es culpable, es inevitable que se sientan culpables. Los que se suicidaron fue por una enorme cantidad de factores, no porque mi mamá no se dio cuenta, pero la mamá siente que fue un poco ella la culpable de que el chico se matará. Entonces la manera en que tenés de procesar eso cuando no tienes otra, cuando el Estado te deja solo, cuando no hay atención psiquiátrica y psicológica, es decir: "voy a intentar pensar que la culpa la tuvo alguien más, una secta, una persona que dejo una lista, voy a tratar de fantasear con la idea de que yo no tuve nada que ver en esto, que mi hijo fue convencido por una fuerza superior fantasmagórica". 

Era penoso ver esa idea que no estaba instalada en toda la gente, la mayoría decía: sí, eso dicen, pero no creo, alguna gente sí lo hacía, pero bueno es como la válvula de escape a un poquito de alivio para una situación tan horrorosa, con eso sentían un poco de menos culpa.

Aquí hay una suma, no solamente de un espacio muy lejano, sino de tiempo, incluso cuando se hablaba del Y2K, el final del mundo el 31 de diciembre de 1999, cuando posteriormente estamos hablando del corralito, de la situación económica de Argentina, creo que hay una sumatoria muy interesante de tiempos y un lugar también particularmente lejano.

Es una lectura interesante que haces, primero, que el último de los suicidas lo hace el 31 de diciembre de 1999, con el cambio de milenio. Ahora que mencionas el Y2K, nos decían que el mundo se iba a apagar, que todas las computadoras se iban a resetear, había esa sensación del final de algo, de una era. 

Yo voy a ese lugar tres años después, en 2002, cuando en Argentina literalmente se estaba acabando el mundo porque era la crisis del corralito en 2001, los cinco presidentes en una semana y mientras Duhalde era el presidente de ese momento en el país, Néstor Kirchner era el gobernador de la provincia a la que yo viajaba todo el tiempo, después, Kirchner fue presidente de Argentina.  

Yo veía Las Heras como la ciudad en la cual coagulaban y se conjugaban una cantidad de síntomas de época que tenían que ver con toda la resaca desastrosa que había dejado el neoliberalismo extremo que parecía que era lo que nos iba a sacar de todos los males del mundo. Las privatizaciones masivas de todas las empresas del Estado, los trenes, el agua, la luz, el gas, el petróleo, todo eso es un tendal. Primero que no fueron empresas eficientes, los trenes no existen más, las compañías eléctricas son un desastre, el petróleo ahora de nuevo es del Estado, pero en aquel momento era privado y todo eso es un tendal de desocupación, además la idea que se le vendía a la gente era que el Estado debía desaparecer.

Ahora en la pandemia la gente se acuerda de que el Estado es importante. Si no hay, no tenemos vacuna, no tenemos hospitales, no tenemos nada y fue como una especie de redescubrimiento, el Estado importa pero en aquel momento parece que era como la maldición, lo peor que podía pasar. 

Las Heras era un poco el lugar en el que todo esto se había extremado, no había Estado para nada, para la salud mental, ocuparse de las precariedades del maltrato a las mujeres, las jóvenes adolescentes embarazadas, la violencia intrafamiliar, las rutas se cortaban todo el tiempo, la gente protestaba reclamando salarios o alguna cuestión cortando la ruta el pueblo y se quedaba aislado, sin abastecimientos, sin comida y el Estado no hacía nada. 

Esa sensación de así es cómo son las cosas acá, esa especie de Estado casi como anestesia social promueve en el fondo una violencia y cada uno se arregla cómo puede. Algo que aparece con mucha fuerza en Las Heras y era un síntoma de un clima de época muy fuerte en aquel momento. Esto que vos decías del fin del mundo tiene también que ver con otra cosa y es que este era un pueblo que estaba en el fin del mundo; me parece que en nuestros países todo lo que no sean las capitales están en el fin del mundo, casi no miramos para el interior tenemos un par de ciudades grandes en nuestros países y lo que no pasa si no “triunfas” en Bogotá, Buenos Aires, Santiago de Chile o en Ciudad de México no existís, si no sos un éxito de público y de venta, si no te reseñan en todos los diarios, no sos alguien y empieza, quizás un fenómeno que se da en nuestra región, que me parece que está bastante extremado.

Cuestionario Radiónica

¿Disco Favorito?

Cualquiera de Pearl Jam.

¿Comida favorita?

Cualquier carne roja, que esté más o menos jugosa, con una ensalada de rúcula con parmesano, y si no hay carne roja, un salmón.

¿Película favorita?

Me la pones muy difícil porque tengo como mil películas favoritas, pero mencionaría seguramente algún clásico del tipo Que bello es vivir o también algún clásico de Kubrick y alguna mucho más contemporánea que podría ser de Tarantino, por ejemplo Pulp Fiction.

¿Qué te produce miedo?

Los murciélagos.

¿Qué es el amor?

Dicen que es una especie de combinación química, algo químico.

¿Una canción para cantar en voz alta, a grito herido?

“Ala Delta” de Divididos 

¿Un libro recomendado?

Bueno recomendado, ya que no me dijiste favorito, aprovecho y un libro recomendado podría ser un libro que a mí me maravilla siempre, que es divino, que me encantaría que la gente lo siguiera leyendo hasta el fin de los tiempos que se llama Oración por Owen de John Irving, pero ahora estoy leyendo un libro que fue un shock eléctrico total y que se llama Desmorir, es un libro de Sexto Piso, editorial mexicana, y lo escribió una poeta norteamericana que se llama Anne Boyer.

¿Qué artista de Argentina recomiendas?

No le recomiendo, sino que lo admiro devotamente es un señor que se llama Guillermo Kuitca y para mí es uno de los artistas plásticos contemporáneos más interesantes y más intensos de Argentina, de la región y el mundo, me parece increíble.

¿Un lugar en el mundo?

Indonesia.

¿Cómo se salva el mundo?

De ninguna manera, no hay salvación, pero eso creo que ya lo sabíamos.

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