El turismo durante, y más allá, de la pandemia

Hablamos con el académico Julián Osorio sobre un tema que merece un debate más allá del Coronavirus.

El sector turístico vive una crisis generalizada a causa de la pandemia del Coronavirus, y aún reina la incertidumbre sobre el momento en el que la actividad se pueda recuperar. La Organización Mundial del Turismo (OMT) ha reaccionado en varios frentes manteniendo una comunicación y coordinación continua con la Organización Mundial de la Salud (OMS), buscando que las medidas tomadas se apliquen y fortalezcan, solidarizándose con los países afectados y haciendo hincapié en la resiliencia y en su compromiso con el apoyo en la recuperación de sector.

Mientras tanto, en Colombia el Congreso le pedirá al Gobierno Nacional que el sector turístico y hotelero quede exento del IVA durante seis meses, intentando reducir el impacto de la coyuntura en el sector. Acorde con cifras de una investigación del portal Razón Pública, este sector, sumando el impacto del turismo internacional y nacional, puede perder cerca del 2 % del PIB en el 2020 si las medidas mencionadas van hasta finales mayo. Y los departamentos más afectados serían Bogotá-Cundinamarca, Nariño, Bolívar, Antioquia, Valle del Cauca y San Andrés y Providencia. 

Por ahora solo hay una certeza: el turismo post-Covid-19 será distinto durante un tiempo indeterminado, y deberá adecuarse a la situación que vendrá una vez empiecen a levantarse las restricciones de movimiento, pero más allá de estas cifras, Colombia hace mucho que tiene un debate pendiente sobre esta industria: una que cae en boca de cada gobierno de turno, pero que plantea unos retos inmensos en términos no solo económicos sino sociales y culturales. Incluso más allá del contexto de pandemia. 

Al respecto hablamos con Julián Osorio, investigador, especialista y profesor en Patrimonio Histórico y Cultural, turismo cultural y economía naranja. Es Historiador de la Universidad Nacional de Colombia, Doctor y magíster en Patrimonio Cultural  de la Universidad de Huelva España y especialista en Turismo Sostenible y Cultural con Unesco - Universidad Tres de Febrero, Argentina. Ha sido también asesor del Ministerio de Cultura de Colombia en la evaluación e implementación de la política de turismo cultural para el país y ha colaborado con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia en la elaboración de los componentes de turismo cultural y sostenible. Actualmente es Docente de la Especialización en Turismo, ambiente y Territorio de la Universidad Nacional de Colombia.

Con él hablamos sobre cómo se relaciona el turismo con la pandemia, los retos que plantea y las preguntas que surgen sobre el modelo de turismo colombiano más allá de esta crisis. 

San Andres

 

¿Qué tanto influyó el turismo en la propagación del Coronavirus?

Yo creo que es una pregunta que se debe hacer con mucha seriedad e investigación ya que, al pensarla, se deberían replantear muchas cosas que pasan en la industria del turismo, entre ellos la excesiva hipermovilidad que existe. Y es interesante cómo el virus viajó a través de toda una red de vuelos, aeropuertos y países que son hub turísticos. También, el virus fue movido en grandes masas de turismo, en particular de Europa hacia América Latina y América. Esto es un tema que merece un profundo análisis y merece unas respuestas para replantear qué modelo de turismo estamos viviendo ahora y, sin embargo, aún sin investigación, es interesante con lo que tenemos: el turismo influye en cómo se propagó el virus. 

En un balance muy general, ¿qué impactos positivos y negativos ha traído el turismo al país en su crecimiento durante los últimos años?

El turismo le ha cambiado mucho la cara a Colombia, desde una parte de promoción y de publicidad, de quitarle un poco ese peso de país peligroso, de narcotráfico, de guerrillas. En ese sentido ha sido una buena ventana y publicidad para generar otra imagen. Desde el comienzo de los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, pasando por los ocho años de Santos y de Duque, el turismo ha sido un impresionante factor para generar empleo y, particularmente empleo en sectores que requieren una mano de obra intensiva. 

Esto ha sido muy beneficioso para muchas partes del país donde no hay otras ofertas laborales, pensando en casos como el de la zona del Pacífico, el Amazonas, la Orinoquia, el Caribe o sectores rurales que han tenido una pérdida de capacidades económicas. También ha sido un soplo de aire fresco no solo para el sector hotelero sino también para temas de cocinas tradicionales o artesanías. Ha beneficiado muchísimo para que regiones del país se revitalizen después del posconflicto, por ejemplo el Golfo de Urabá, Caquetá, Putumayo, los Llanos, brindando la oportunidad de incorporar estas regiones a la economía central del país. 

¿Y la otra cara de la moneda?

Si hay algunos factores negativos y es que se ha vendido el turismo de una manera muy positivista. Muchas personas a nivel regional y local han hecho grandes inversiones en infraestructura como hoteles, hostales, balnearios, que son actividades económicas de altos riesgos, lo estamos viendo ahorita con la pandemia, y ya no hay turistas, no hay gente que amortice esas inversiones. 

Otra cosa es que con cada gobierno hay un plan nuevo de turismo y no se está pensando en éste en un plano decente en cuanto a planificación, a un término de 8 a 10 años. Se están pensando en ciclos económicos y no en ciclos mucho más amplios de transformación social y productividad. Es una visión cortoplacista del turismo. También está el tema de tensiones con respecto a la planificación de los Parques Nacionales Naturales donde se le está, valga la redundancia, presionando a cambiar su vocación, hacer servicios turísticos y no su uso principal que es la preservación de los servicios, las bienales y de la biodiversidad del país. 

Esto es muy semejante con la planificación cultural del país y la gestión del patrimonio donde se están preponderando más los usos turísticos que la preservación y la salvaguarda de nuestra cultura y patrimonio. Lo vemos en lugares como Mompox o la Ciudad Amurallada de Cartagena que están viviendo unos fenómenos de gentrificación, sacando poblaciones locales simplemente para que la industria turística se pueda apoderar de los espacios. Falta una investigación donde se haga un análisis consensuado y serio de los impactos y beneficios. 

Mompox

 

En este momento, empresas de aviación siguen teniendo como preocupación mayor volver a sus actividades lo más pronto posible, ¿considera que este debe ser el objetivo dentro de la industria del turismo?

La aviación comercial en las últimas décadas ha vivido como un resurgir debido al flujo alto de viajeros o turistas, pero la industria de la aviación es mucho más que esto: está el tema de carga, viajeros que vuelan por intercambio de negocios, visitas familiares y demás. La industria de la aviación está pensando mucho más allá que en el factor del turismo, aunque es importantísimo porque es una industria que cada segundo parada pierde dinero. 

Habrá una reducción muy fuerte, en mi parecer, en los próximos meses o tal vez un año, de la actividad económica de las aerolíneas. Irán poco a poco encendiendo la flota de aviones, priorizando ciertos objetivos, rutas y destinos, y luego habrá una explosion que irá paralela a la activación de la industria turística. Yo creo que ahorita el principal objetivo de la industria de la aviación es sobrevivir y ver cómo reacciona la industria del turismo para poder fortalecerse a través de eso. Pero en este momento es solo incertidumbre. 
 

¿Cómo se está dando el supuesto dilema entre proteger la salud o proteger la economía en la industria del turismo?

Este dilema en la industria del turismo de proteger la salud y la economía tiene bastantes aristas. Escuchando últimamente entrevistas de los representantes de los gremios, en particular Cotelco, hay una preocupación muy fuerte por proteger la industria del turismo que tiene su fuerza laboral en sectores estrato 1, 2 y 3, que es donde hay mayores necesidades económicas y son más frágiles a estos problemas macroestructurales. 

Hay algunos hoteles que están sobreviviendo, acogiendo a algunos turistas y extranjeros que quedaron a la deriva u ofreciendo su capacidad en habitaciones para el cuidado de personas contagiadas o aisladas, que no es su fin sino otra alternativa para solventar económicamente la infraestructura y gastos que esto conlleva. 

El mayor dilema en este momento evidentemente son las inversiones económicas que se han hecho en el sector: las construcciones de hoteles, las inversiones que han hecho las agencias de viajes, todo lo que significa cancelar la red turística en el sentido de guías, operadores y demás. Esto es una debacle económica gigantesca. Yo creo que uno de los grandes problemas en la industria del turismo es que, como es una industria dentro del libre capital y mercado donde todo el mundo invierte, todo el mundo quiere competir, todo el mundo quiere generar negocio, cuando llega una crisis como esta es mayor el impacto porque es mayor el número de personas que se ven afectadas tanto en lo laboral como en lo económico. El golpe aún no ha sido cuantificado, ni sabremos las consecuencias en uno o dos años, mientras se recupera la confianza de las personas en viajar y que los destinos sean seguros en términos de salud pública. 

Cartagena

 

Se han dado algunos debates alrededor del turismo, y al parecer habrá algunas ayudas que buscan reactivar el sector, ¿de dónde salen? ¿Qué parte del sector se vería beneficiada?

Evidentemente estas ayudas deben salir del presupuesto del Estado, es decir, de los impuestos de todos. Sin embargo, estas ayudas vienen acompañadas con exenciones de pagos de impuestos, que significa quitarles carga tributaria. Pero debería ser escalonado, en el sentido en que el Estado también necesita dinero que viene de los impuestos para poder invertir. Y es evidente que en esta crisis todos los sectores están pidiendo dinero y se debería priorizar esos sectores que, a mi parecer, generan un alto impacto en mano de obra: entre esos la construcción y el turismo. 

Lo que he visto es que no hay claridades aún de dónde va a salir el dinero y el mecanismo, pero creo que es muy pronto porque se están estructurando soluciones y hay prioridades más urgentes como el tema de hospitales, estructura sanitaria, elementos y kits de diagnóstico del coronavirus. Esto se va a ir dando cuando se vuelva a activar la economía lentamente.

¿Es realmente sostenible el modelo de turismo como el que se viene dando? ¿Qué elementos del turismo, como lo conocemos hoy, para usted se tienen que replantear?

Este momento que estamos viviendo es muy interesante no solo para el turismo sino para el modelo económico que tenemos, que se debe replantear muchas cosas, entre ellas la sostenibilidad. Y la sostenibilidad es un discurso que riñe con la libre inversión y el capital en el sentido que es una industria frágil ante cualquier desastre natural o social.

El turismo se debe replantear, debido a que la industria se beneficiaría con regular asuntos como cuánto se puede invertir, qué tanto se pueden abrir hoteles, qué tanto se puede abrir destinos turísticos, porque hay demasiada oferta turística que lo que genera es una burbuja y cuando hay un impacto, como el de esta pandemia, los efectos son mucho más grandes y se magnifican. 

Se debe replantear el modelo, las formas, que no se trate de vender un producto sino de compartir con otras culturas, de respetar un ecosistema, de respetar unas normas mínimas y de que haya una justicia retroactiva de los ingresos que genera la industria del turismo. Es una industria que acapara las mayores ganancias en los que tienen mayor capital, los intermediarios, y llega muy poco dinero a las comunidades receptoras, sean guías u operadores locales. Que sea un turismo sostenible en lo social y justo en el comercio, en las transacciones económicas. 

También se deben replantar muchísimas cosas de fondo que no se ven en la industria de turismo, como las relaciones de género, es una industria muy intensiva en mano de obra femenina, en servicios básicos, pero muy poco visible en el tema de gerencia, vision, decisión, poder. 

Hay unos estudios económicos, del Observatorio de Turismo, donde evidencia que es de los sectores donde hay mayor informalidad, eso quiere decir que hay gente sin seguridad social o pagando impuestos. También hay un tema de explotación laboral donde las personas del sector cultural van a amenizar ciertos destinos y no se les retribuye justamente. 

También hay un tema donde se inflan ciertos lugares del país que no están preparados, en todo el sentido, para recibir turistas, como lugares del Caribe donde no hay infraestructura básica sanitaria para las personas del lugar y menos aún para recibir a tanta gente. 

Hay varias cosas que está desnudando esta coyuntura, que se debe replantear un modelo de turismo que sea justo económicamente, justo socialmente, donde a todos les lleguen las mismas oportunidades económicas, y que en igualdad de condiciones también muchas personas podamos viajar a otro destino y que no sea solamente un flujo migratorio de países del norte, con mayor poder adquisitivo a destinos como América Latina y África. 

Santa Marta

 

Hagamos énfasis en lo cultural, ¿cuáles son los efectos que ha tenido el turismo en términos de fortalecimiento cultural, de maquillaje cultural -respondiendo a visiones exóticas- o de aculturación en el país?

Yo creo que las relaciones del turismo con el sector cultural en mayúsculas es una relación desigual por la manera cómo se ha planificado: siempre es lo que ha decidido el sector turismo y no el sector cultural. Y lo digo con la experiencia de haber trabajado muchos años en el Ministerio de Cultura. El sector turístico tiene muchas más herramientas económicas de lobby y de presión política donde se determina realmente qué necesitan en un destino para promocionarlo, por encima de las realidades y las implicaciones socioculturales.

Sigo insistiendo en Mompox porque es un caso icónico: es un municipio de más de 500 años, colonial, con una infraestructura sanitaria relegada, con procesos de gentrificación y desplazamiento de la población local, y allá siempre ha primado llevar más turistas y no reparar y sostener la estructura sociocultural. Esto se ve en un montón de escenarios en el país. No hay una concertación de las necesidades y si realmente es necesario que el turismo utilice los recursos culturales como atractivo o un bien económico. 

Ahora con el tema de la economía creativa, la famosa Economía Naranja, se ha puesto a competir a la cultura como un bien económico de transacción, como si fuera una piscina, una playa. Es un tema gigante donde hay un atraso tanto conceptual como teórico e intelectual en el país; en pensar la función real de la cultura.

El turismo tiene, además, que afrontar retos que van incluso más allá del coronavirus. Hay una guerra que sigue asolando varios territorios en el país, ¿qué decir de lo que sucede con Parques Nacionales o en otros territorios del país que se han pintado como destinos turísticos?

Yo creo que los múltiples retos que tiene que afrontar el sector turismo más allá del coronavirus, más allá del posconflicto, son cosas que desafortunadamente ni se hablan, ni se estudian, ni se analizan con el debido rigor y seriedad en la planificación turística. Tampoco en las universidades ni en el sector académico. 

Tenemos un montón de retos y se me ocurren algunos: cómo han cambiado cosas tradicionales como la cerámica solo por el gusto del turista en la orfebrería, imponiendo sobre la tradición el marketing y promoción turística. O cómo muchos lugares del país que por su belleza arquitectónica y paisajística son sometidos a flujos de turistas que están cambiando las lógicas de las economías locales. Por ejemplo en Villa de Leyva un fin de semana la cerveza cuesta cinco veces más que su precio original. Yo soy de un pueblo patrimonio llamado Salamina, en Caldas, y estoy sorprendido que en menos de ocho años una casa que antes costaba 100 mil pesos ahora -con temas como Airbnb un arriendo- está a un millón de pesos. O lugares donde prefieren llevar los servicios básicos a los hoteles que al resto de la población. 

Hay que mirar cómo se siente la comunidad en temas de masificación en estos sectores rurales, municipales, de la Colombia profunda. En Salento, por ejemplo, la población local ha sido espantada o sacada, para convertir el pueblo en una escenificación de un Disney World de lo que es un pueblo Paisa, perdiendo esa lógica de la relaciones agrarias campesinas. 

Salento

¿Y en cuanto a los Parques Nacionales?

Las presiones para que los Parque Naturales cambien parte de su vocación de protección a servicios turísticos lo hemos visto en varias momentos políticos del país en los últimos 14 años. En el Tayrona, por ejemplo, se han querido meter con hoteles de lujo. Hay mucho por discutir, pensar y hacer público. Dirán que no hablar solo de lo negativo, pero ese es el problema, que nadie habla de lo negativo. Es incómodo y muy pocos sectores desde lo privado, lo público o la academia lo han hecho. 

Hay muchas cosas positivas pero no creo, para mi, que sea este este momento para decirlas porque ya hay mucha autocomplacencia al sector turístico, se debe hacer un énfasis en esos aspectos de presión que han generado un cambio de cultura local y necesitan una rápida acción y esta coyuntura es un momento adecuado para pensar un nuevo modelo turístico a una escala micro en el país. 
 

¿Cómo ha moldeado la guerra el turismo en Colombia? 

La guerra y el posconflicto es un tema que merece un detenido y serio análisis desde la parte del turismo. Es interesante que Colombia, antes de los 80, antes de que entráramos en un espiral de violencia fuerte azuzada por narcotráfico, guerrilla y paramilitares, era un destino turístico reconocido. Aún no hemos llegado a las cifras de turistas del final de los 70. Los años de guerra han marcado mucho el cómo entendemos el país y hay territorios turísticos que han sido enclaves donde la guerra no se sintió tan fuerte. Pienso en el archipiélago de San Andrés y Providencia, Cartagena, zonas de balnearios, donde se fueron creando unos reservorios de paz y tranquilidad donde la gente podía viajar. 

Durante el gobierno de Álvaro Uribe con toda esta contraofensiva militar se fueron abriendo muchos espacios, llevando la confianza de que los colombianos podrían viajar a otras partes del país. Es interesante, cómo de donde el Estado fue sacando a estos actores del conflicto se fueron colorizando lugares como el Eje Cafetero, el Pacífico, el Golfo de Urabá, los Llanos Orientales. 

Cómo hemos vivido el conflicto es como el turismo se ha apropiado de los territorios. Por ejemplo, San José del Guaviare hasta hace muy poco, es decir hasta que empezaron a existir las disidencias de la FARC, se consolidó como lugar turístico. Es un reflejo de cómo ciertos territorios se le han ganado a actores armados, aunque también es un tema de debate el cómo muchos de estos territorios siguen siendo turísticos y están aún dentro de los actores de la guerra: evidentemente el Golfo de Urabá o parte del Caribe, que merecen un análisis a profundidad sobre quiénes son las personas en estas regiones que se benefician de la industria turística. De esto ha corrido tinta en artículos, pero no se habla con la suficiente claridad y el narcotráfico ha visto en el turismo una oportunidad para lavar activos.
 

Varios gobiernos -de diferentes maneras- lo han afirmado, pero ¿se puede hablar del turismo como el nuevo petróleo? 

Ver el turismo como el nuevo petróleo yo creo que es de las peores metáforas, porque cuando uno habla de petróleo habla de industrias extractivas a las que lo único que les interesa es explotar al máximo los recursos naturales, hasta agotarlos como lo hace la minería o la industria del petróleo. Yo creo que el turismo hay que pensarlo más allá de un modelo económico de libre mercado que busca la máxima ganancia, lo más rápido. Hay que pensarlo como una estrategia que permita otras formas de entendernos, una oportunidad para mejorar la protección y la educación ambiental de nuestro Sistema Nacional de Parques Naturales, como una oportunidad para educar, proteger y salvaguardar nuestros bienes naturales y bienes culturales. El turismo como molde educativo y pedagógico. 

Los últimos dos presidentes lo han visto como una práctica intensiva y eso nos ha quitado del panorama otras cosas: puede ser una herramienta muy poderosa de llevar mensajes de sostenibilidad, de protección de la cultura y del patrimonio, y también una oportunidad para conocernos más como país, que no se mueva libremente los capitales sino la gente. 

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