La esencia es la lengua: M.I.J.O., historia de un antirockstar

Tras de M.I.J.O. está Adolfo Torres, y es su historia y su música el asunto principal de esta entrevista.

—A mí lo que realmente me pone dura la verga es hacer música — comenta mientras apoya sus pies en las patas del banquillo en el que está sentado frente a la batería. Es una frase que cualquier rockstar podría pronunciar, pero Adolfo Torres no parece un rockstar, es alguien completamente atípico en el panteón de los grandes bateristas colombianos, pero su esencia es el rock y solo su lengua lo delata.

No tiene tatuajes, perforaciones, pelo largo, uñas pintadas, anillos, collares, ni siquiera tiene barba. Durante  el primero de los dos encuentros para realizar esta entrevista tuvo puesta una chaqueta térmica negra, una camisa azul cielo marca Polo, unos jeans y unos mocasines cafés. Es mas, la vida de Adolfo Torres le auguraba cualquier cosa, menos convertirse en un músico.

Nació en el seno de una familia de la alta sociedad caleña dueña de grandes extensiones de tierra, se instruyó en las mejores instituciones educativas -entre ellas el Berklee College of Music en Boston, que junto a Juilliard en Nueva York, compite por el primer puesto de las mejores universidades de música del mundo-, y para él, lo que en su vida siempre ha parecido ser comodidad, no es más que conformismo.

— No me gustaba el entorno social en el que nos movemos en Cali. Hoy en día he venido a aceptarlo mucho más.

— ¿Ese entorno era? ¿de clase media alta?

Alta, ponele alta de una, sí. ¿si me entendés? — menciona Adolfo mientras acomoda los platillos a su alrededor. Abajo, en otra sala de ensayos retumban un bajo y un bombo.

Desde su adolescencia Adolfo quería algo diferente para su vida. Rechazaba los avances amorosos de diversas mujeres que conocía en el círculo social de su familia, no tenía casi amigos y se aburría en el colegio. Fue su papá quien le inculcó cierta rebeldía, y fue él también quien apoyó a su hijo en la música desde el momento en que cogió por primera vez unas baquetas que pertenecían a su hermana Maxine (15 años mayor). A los 12 años tuvo su primera batería y su papá lo acompañó desde ese momento.

Luego de ir a clases de batería en Cali durante 3 años, Adolfo tuvo la oportunidad de viajar a Nueva York a visitar a su hermana Maxine, y fue allí donde inició su carrera profesional en la música, primero en The Drummers Collective en esta ciudad, para después ser referido por dos de sus profesores a Berklee en Boston. La experiencia de estar por fuera de casa, en un país extraño pero a la vez tan profundamente familiar, liberaron a Adolfo de la alienación en la que vivió durante su adolescencia.

Durante esos años su vida tomó dos rumbos diametralmente opuestos. Por momentos tenía la vida de un estudiante de conservatorio musical con uno que otro profesor bully, a lo ‘Whiplash’, y en otros momentos tenía experiencias que nunca tuvo cuando vivió en Cali, la típica vida tradicional de un rockstar: mujeres, fiestas y alcohol, mucho alcohol. Luego de su graduación de Berklee, Adolfo se fue a vivir a Austin, Texas, y tocó con gran variedad de bandas y músicos, el guitarrista de blues JT Coldfire, fue uno de ellos, con quien viajó extensivamente por  Estados Unidos y junto a quien vivió los peores excesos.

— El man se murió de 33 años por su abuso de alcohol y de comida chatarra. Pero fue el único líder de banda que respeté, porque me cuesta mucho creer en alguien. El trago es la mierda más mala que me ha pasado en la vida — confiesa Adolfo, quien luego de tocar fondo, tanto por el trago como por la desazón de una relación de 6 años que había terminado recientemente, decidió reencontrar su esencia en la música  —Yo llevo dos años y medio sin beber, y no pienso volver a beber, no es lo mío. Nunca me gustó, lo hice por las razones equivocadas, estaba demasiado alcoholizado. 

Aunque Adolfo Torres no se considera un rockstar, así sus experiencias de vida den cuenta de ello, sus proyecciones son ambiciosas: “quiero ser parte de la banda de rock de culto más importante del país”. Y esa banda es M.I.J.O., el último proyecto de Adolfo, en el que se encuentra grabando un segundo larga duración junto al guitarrista Juán Simón Ramírez y al bajista Andrés Dizeo. El primer álbum del proyecto, llamado simplemente ‘M.I.J.O.’ fue lanzado en 2018 y con la excepción de dos canciones, fue completamente compuesto y grabado por Adolfo.

Gracias a ese primer álbum, la agrupación pudo viajar a Nueva York en mayo del 2018 y ser parte de los premios Subterránica, en los que ganaron en las categorías de mejor nuevo artista, ‘Subterránica Colombia Award’ y en la de canción y video del año con 'The Inner Struggle’, uno de los sencillos del disco. Adicionalmente, Adolfo tendría la oportunidad de volver a The Drummers Collective, su alma mater, y realizar un concierto y una clínica de batería -una suerte de clase magistral- y detrás de escenas de las canciones de la banda con un pequeño público en vivo.

— Estoy súper emocionado porque es la primera vez en mi vida, tengo 30 años ya y yo siempre quise estar en una banda de rock que me gustara y entonces cuando tuve la oportunidad de estudiar en Berklee en Boston fundé esa banda que era Dirty Tongue con Miguel Arroyo. Una cosa muy curiosa es que nosotros como éramos solo un dúo y somos muy amigos, yo le decía “Migue, que chimba huevón, ¿cómo hiciste eso”, y el man me decía “la lengua, mijo”. Entonces M.I.J.O. en realidad nació desde esos días de Berklee aunque yo no lo sabía. Era una cosa que tenía que pasar.

Desde los días de Dirty Tongue las influencias musicales de Adolfo y la identidad sonora de M.I.J.O. han sido bastante claras: Black Sabbath, The Mars Volta, King Crimson, Tool y Soundgarden. El adn de la banda son el rock progresivo anglo, los sonidos contundentes y técnicamente complejos, canciones de larga duración.

— A mí me gustan las canciones de diez minutos porque ya es muy difícil para mí escuchar una canción de tres minutos y medio, a no ser que sea espectacular y quedar satisfecho. Ese es apenas como el pan antes de que llegue la ensalada, antes de que llegue el plato final. Pero por ejemplo uno escucha una canción de Michael Jackson de tres minutos y medio y uno queda satisfecho porque es algo contundente y muy bien hecho, muy pensada cada sección. Eso me emociona tanto como hacer una de diez minutos, que sea la verga, que se pase como si fueran cuatro.

— ¿Qué legado quieres que deje M.I.J.O. en la escena musical colombiana?¿ qué precedente quieres dejar?

— Puede pasar una de dos cosas viendo a futuro: se puede volver una banda que fue como una estrella fugaz que existió y nunca más volvió a existir o puede ser una banda clave para generar otro tipo de géneros en el país, otro tipo de música.

En esta ocasión vistió pantalón negro, camisa de rayas, blazer azul oscuro y una bufanda, se ve menos rockstar que nunca y parece que el segundo augurio que dio se empieza a cumplir en este reencuentro, seis meses después de la primera entrevista en Talea Estudio, lugar en donde está grabando el segundo álbum de M.I.J.O. junto al ingeniero de sonido Leonardo Araguren, a quien considera el quinto miembro de la banda.

El álbum ya tiene fecha tentativa de lanzamiento, marzo del 2020, y tiene título también: Cumulonimbus, en homenaje al tipo de nubes más peligrosas y eléctricamente cargadas que existen y que al igual que su primer larga duración, tendrá aires conceptuales.

Me gusta la idea de que todas las canciones estén conectadas, porque me gusta la idea de sentarme y escuchar una pieza de música de principio a fin. —menciona Adolfo.

— Yo soy pésimo lector, pero buen oyente, entonces si pudieras sentarte con el disco a escucharlo, porque para eso fue confeccionado, vas a ver que hay toda una progresión basada en la estructura de Black Sabbath.

En el lapso que separó la primera de la segunda entrevista, M.I.J.O. se embarcó en su primera gira por Colombia, con 16 fechas en 6 ciudades del país, además de hacer presencia en dos festivales, el Coque Fest en Bogotá junto a agrupaciones como Tappan y La Ronera, y El Sonidero Festival en Cartagena, junto a Velandia y la Tigra, entre otros. Su paso por escenarios como el café Silmaril en Manizales, Black Manthra en Cali o los bares Ozzy y Jackass en Bogotá dan cuenta de que el público de la banda se concentra en espacios icónicos en la escena del rock independiente de Colombia.

— Se aprendió mucho también de Colombia y de sus gentes, que nos acogieron con mucho amor pero con distintos acentos. Fue increíble y creo que Colombia es un país que necesita música eléctrica académica porque nunca la tuvo.

Mientras sigue en el proceso de grabación y masterización de los ocho temas que harán parte de Cumulonimbus se proyecta realizar una gira internacional y tocar en vitrinas cada vez más grandes, como Rock al Parque.

— Mira, si no estoy de gira quiero estar grabando un disco ya, yo creo que es la vida del músico y esa es como la gran fortuna que podemos tener, porque cuando vas a la casa de un pintor o un escultor siempre tienen una obra terminada o a medio terminar, y otra que apenas está en proceso. Lo que yo quiero hacer es estar rodeado de música lo más que pueda, porque me da sanidad mental.

Esa salud mental bien podría ser lo que diferencia a Adolfo del imaginario colectivo que tenemos de un rockstar promedio. En una industria tan complicada como la musical en donde la tranquilidad emocional y el autocuidado difícilmente son prioridad, historias como la de J. T. Coldfire son bastante comunes y por la misma razón tenemos consagrados en el ‘club de los 27’ a algunos de los artistas más importantes del último siglo. Adolfo ya pasó por ahí, acaba de cumplir 31 y va encaminado a sobrepasar los 33 de su antiguo líder de banda, lleva tres años sobrio y hace poco conoció a una chica que le gusta.

 

 

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