Expedición al origen de “Miss Colombia”, el disco de Lido Pimienta

Hablamos con la artista sobre Barranquilla, La Guajira, el punk, el ser mujer y la industria musical.

Siempre se sentaba en el último puesto del salón de clases. Esa última fila era un resguardo, un lugar remoto de sus otros compañeros que le otorgaba cierta libertad para darse gustos con la pintura o la música. Ahí, con el uniforme renegrido por el carboncillo, jugaba a construir un universo al revés, donde ella era la normal y los otros, los raros.

En uno de esos días de afrontar el vaivén académico, sentada en el pupitre, vio cómo uno de sus rizos hacía un viaje descendente desde su cabeza y se posaba en el lienzo blanco, creando un dibujo improvisado. No era una caída natural de pelo, el clic de unas tijeras advertían que la maniobra estaba maquinada por alguien, y al mirar de soslayo, entendió que a sus dos compañeros de clase no les había temblado el pulso para tajarle un mechón.

 —Es que lo queremos meter en el microscopio, para entender por qué tu pelo es así —le explicaron con risas granujas y ojos cándidos. 

Así, más o menos, fue entendiendo qué significaba ser diferente en un colegio de estrato alto en Barranquilla. Cuando llegaba de vacaciones narraba con pelos y señales las peripecias del viaje a La Guajira para ver a su familia materna: la visita al cementerio para hacer la ronda a los muertos, la degollada del chivo, deshacerse de la sangre, disfrutar del sabor de ese chivo. Eso no se aproximaba, ni por un milímetro, a las experiencias vacacionales de sus amigos en Orlando y Disney World.

No tendría más de 12 años cuando el punk llegó para atajar cualquier sentimiento de exclusión; saberse parte de otros con sus mismas inquietudes, amontonándose en cualquier sótano de Barranquilla, cambió todo. Empezó a cantar, los escenarios se convirtieron en su casa; pero no una de ladrillos y puertas, sino en un hogar, el que viaja dentro de uno a cualquier lugar. Punk, hardcore, metal, fueron un albergue; pero hasta en los mejores hogares se hacen heridas, y ahí también le decían que cantaba muy bien para ser tan maluca, tan fea.

Creció así, siendo la “marimacha”, la que le gustaba el black metal, la que prefería ir a la cinemateca que al nuevo centro comercial “El Bella Vista”, la que esculcaba la biblioteca para encontrarse libros como “La biografía de satanás” y luego repetir esos textos a los hombres que la acosaban en la calle. “Me convertiré en la miel que va a quedar en tu sangre, Satanás es mi señor”, les decía a los viejos que se atrevían a gritarle a una niña de moñitos. Ellos, estupefactos, no sabían si asustarse o maldecirla.

En el 2015, cuando en pleno Miss Universo a la reina de Colombia de turno la despojaron de la corona por un descuido del presentador, el pueblo colombiano arremetió contra él, lo trataron de negro, de gorila, de simio. Ver ofensas de las personas que clamaban por una corona, devolvieron a Lido a su infancia. Vio a los que creían estar ofendiéndola por decirle "maluca"; reconoció que la negación de muchos por sus raíces indígenas y negras, era un mal colectivo y perpetuado en el tiempo. 

Así nació “Miss Colombia” (2020), un disco donde Lido Pimienta mira sin romanticismos al país donde se crió, donde comprime en un mismo cuerpo a diferentes mujeres: las vírgenes, las quinceañeras, las bautizadas, las que son golpeadas por su marido, las que paren. Este álbum, hecho entre Colombia y Canadá, es un relato visceral, que guarda los dolores de Lido, pero también reconoce el júbilo de haber sobrevivido a esos episodios.

Lanzado hace dos meses este, su tercer trabajo musical, ha permeado tanto en el mainstream como en el círculo alternativo: Billboard y Rolling Stone lo rankeron dentro de los álbumes más importantes del año; está nominado al Polaris Music Prize, uno de los premios más importantes para la música canadiense, y tiene todo los motivos para posicionarse como uno de los discos más importantes del 2020.

Hablamos con Lido desde su casa en Canadá.

El sentir mujer es algo inherente en el disco. ¿Cómo eran y son las mujeres de tu familia?

Yo crecí entre La Guajira y Barranquilla, entre mujeres. La cultura wayúu es muy matriarcal, son muy fuertes. Creo que la música que escucho tiene que ver con eso, con las mujeres que me hicieron ser quien yo soy. Mi mamá es muy fuerte, las tías que me criaron también lo son. Cuando mi mamá se vino a vivir a Canadá, yo me quedé en Barranquilla terminando mis estudios y me quedé con Maritza, una tía que es dentista y ella es la matrona, la “chacha” de la película, la potra zaina, y eso es lo que yo conozco, todas son así.

Por eso yo también soy así, digo lo que pienso, no espero que nadie me dé nada. Se ha creado un mito de que “Lido Pimienta es súper grosera e intensa”, y pues yo soy mamadora de gallo, pero ajá, tampoco me dejo. No sé de qué otra manera ser. Siento que ser femenina es un perfomance y yo aplaudo mucho a las mujeres que pueden ser tiernas y tranquilas, pero yo no puedo. En mi cerebro están pasando muchas cosas todo el tiempo y más allá de que tenga que ver con ser mujer, siento que es una energía de la niñez; las niñas tienen mucho poder y no se lo damos. Yo trato de ser la adulta o la amiga que necesitaba cuando yo era una niña: una que me entendiera, que me inspirara y que no pensara que yo estaba loca.

¿Cómo transcurrió tu niñez? ¿La relación con otros niños y niñas?

Fue en Barranquilla, pero la mayoría de mi familia vive en La Guajira. Entonces cuando yo iba allá estaba con mis primos; en mi colegio en Barranquilla yo era la rara, muy diferente a la gente con que estudiaba. Habían fiestas de niñas a las que no me invitaban porque yo era la “marimacha”, no tenía el perfil que tenían todas: mona, blanca, pelo liso, ojos azules. Mi colegio era bilingüe y privado y la mayoría de las muchachas eran sacadas de una serie gringa. Andaba con mis audífonos pintando y nunca se me olvida que las profesoras que eran religiosas, y aunque no era un colegio religioso, se me acercaban y me preguntaban “Ven acá, ¿tú crees en Dios? ¿Tu sabes quién es Satanás?” Me lo decían porque yo era diferente, no querían que una estudiante fuera distinta y yo no era la chica femenina que andaba cantando a las Spice Girls. Nunca encajé ahí.

Todo eso inspiró “Miss Colombia”, el día que dos niños, que sé perfectamente quiénes fueron, me cortaron el pelo para investigar por qué era así o escuchar todos esos comentarios de “eso es duro pa’ el indo” “esos negros na’ ma’ sirven pa’ culiar”, todos esos comportamientos clasistas y racistas normalizados inspiraron este disco. En Colombia la gente piensa que no somos negros, que no somos indígenas.

 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Miss Colombia

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¿Cómo fue ese éxodo de Colombia a Canadá? ¿Cómo cambia esa percepción de país al verlo desde otro lugar?

Cuando uno sale de su país, empieza a romantizarlo. Pero volvía a Colombia, veía las noticias y cosas que me hacían preguntarme quién soy y decirme “No Lido, no romantices tanto a Colombia, porque tú también pasaste por cosas”. Y eso que yo no soy mera negra de piel oscura, yo soy la mezcla de mi madre Wayuú y mi padre, y entiendo que las mujeres que tienen la piel oscura tienen una vida más complicada. Cuando volví a Canadá entendí que tenía que volver a Colombia, pero no podía hacerlo físicamente, así que regresé con la música. Cuando empecé a colaborar con productores decían que yo era la nueva cara de la cumbia digital y yo pensaba “Ajá, qué cumbia digital, si yo hago electrónica experimental”. Pero así hiciera punk me iban a decir que era cumbia; de pronto si fuera blanca no me pondrían esas connotaciones tropicales. Entonces dije, "bueno vamos a hacer un porro a la Lido Pimienta, un bullerengue, una tambora a la Lido" y ahí fue que salió la vaina.

Esa relación con el escenario empezó muy temprano y en la escena rockera de Barranquilla…

Uno de mis compañeros del colegio era primo de una mujer súper famosa barranquillera, hoy estrella mundial. Ella iba a visitarlo al colegio y todo el mundo se revolucionaba y mientras todos andaban en esa película de pedirle autógrafos, yo me volaba y me iba al 7 Bocas, un barrio de allá, para estar con los amigos con quien tenía bandas. Como a los 12 ya cantaba en bandas de hardcore y punk y a los 14 hice mis primeros shows. Yo no debía andar metida en esos combos y ahora pienso que si mi hijo me dijera que se va con sus amigos punks de 25 años, de pronto no lo dejaría. Mi motivación era la música ¿ya?, antes de ser productora y cantante de estudio, me hice en el escenario. Si la gente tiene una reacción visceral a mi show, es porque desde muy temprano yo me he parado en tarimas, el escenario es mi casa.

Todo eso vino de esa energía punk, de estar en el sótano del bar, con instrumentos que no sirven y con un sonido de porquería, pero sabiendo que estábamos en un movimiento chévere, donde los raros de Barranquilla teníamos un lugar para expresarnos y hacer cosas lindas. Toda esa escena del punk, metal, hardcore, me protegió y aún nos queremos. No tengo un recuerdo donde alguien me hubiera ofrecido nada que yo no debía hacer, ni una cerveza; ellos sabían que yo era una niña. Tuve mucha suerte con esa escena.

El punk tiene unas filosofías muy claras, por ejemplo respeto al “hágalo usted mismo” y muchos valores alrededor de la hermandad ¿Eso tuvo repercusiones a largo plazo en tu proceso?

Sí, totalmente. Cuando mi mamá se mudó a Canadá, yo estuve como seis años sin verla. Entonces yo empecé a ir a la Ferias del libro en Bogotá; cogía bus o avión y me iba a la feria con mis dibujos a dibujar a otra gente. Cuando me mudé a Canadá tuve mi primer y mi único trabajo en un centro comercial, y la que era mi jefe me trataba horrible, como si yo no supiera ni lo que era un computador, no duré mucho. Entonces empecé a meterme a ver donde estaba esa escena do it yourself (hágalo usted mismo), los shows, los fanzines y me empecé a conectar. Cuando yo estaba sola en Colombia, yo hacía mi plata con mis dibujos, mi mamá no me tenía que dar nada.

Siempre he tenido esa energía de que yo lo hago sola, no espero a que nadie me diga que soy buena, yo lo soy ya. 

¿En qué momento empezaste a tener una conciencia feminista y a tener y forjar ese discurso? 

Cuando me mudé a Canadá, empecé a estudiar para ser curadora de arte y mucho de lo que leíamos era sobre feminismo, pero desde una perspectiva eurocéntrica. Entonces yo decía “sí claro, está bien, el feminismo empezó en tal año, pero para que todo eso pudiera existir, para que las mujeres blancas marcharan con sus pancartas, tenían que dejar a sus sirvientas negras cuidando a los hijos”. Ahí empieza mi conciencia, comienzo a tener un discurso y a meterlo en mis canciones.

Hace diez años cuando empecé mi proyecto como solista, hice una canción que se llama “La Minga” y habla sobre eso, cómo comunidades que son oprimidas en Colombia, de negritudes e indígenas, se unen por una misión. Eso para mí es importante porque mi familia es indígena y es negra, entonces por eso es mi discurso. Es un reflejo de mi vida, yo no me paro un día y digo "bueno hoy voy a hacer una canción sobre la mujer". En una canción como “Nada” lo digo explícitamente: “soy mujer de lluvia, de sangre en luna, de tierra, sal y duna”; esa canción la escribí después de parir, de sentir ese dolor que está antes y después, el dolor de ser mujer, de acostumbrarte al dolor, cuando te da tu primer periodo.

Como mujer que me pasan muchas cosas, sufro y no me benefician, sé que tengo muchos más beneficios que otras mujeres y trato siempre de escribir desde ese punto de vista y solamente porque tengo mi agenda no tiene que ser la agenda de todas. Por ejemplo, acá en Canadá hay un movimiento de liberar el pezón y si fuera el pezón maternal y de darle leche a tu hijo, lo vería necesario. Pero ¿liberar el pezón para ir por la calle? Sí es importante, pero de todo lo que tenemos que enfrentar como mujeres en el mundo, debería ser lo último en la lista. Todas esas consideraciones son las perspectivas que tengo, desde lo que escribo. Si yo quisiera escribir una canción menos seria no sé cómo lo podría hacer. Si mi padre no se hubiera muerto cuando yo era tan chiquita, o si hubiera nacido sin un nexo con la comunidad wayúu, de pronto mis letras serían menos difíciles, pero hay una parte de mí que está pegada a una poesía y esa poesía no es una rima de carnaval, que me encantaría poder hacerlo. Mi amistad con Liliana Saumet me ha ayudado en eso, porque me ha enseñado a canalizar lo negativo y transformarlo en positivo y estoy en ese caminar también.

En el caso del Artículo en El País, a la gente le molestaba que te adularas a ti misma. ¿Por qué cuando, en el caso del reggaetón se hace tanto alarde de cifras, es aceptable, pero cuando una mujer lo hace en otro contexto, resulta reprochable?

Yo decidí que lo quitaran. El País es un medio grande y lo ve mucha gente y cualquier artista o persona en la industria quiere esa atención, pero esa no es la clase de atención que yo quería. A mí me pareció que había tenido una entrevista muy linda, pero el periodista no escribió lo que yo pienso con la manera en que yo hablo. Fue tener a los fans de Maluma, Rosalia, Shakira o J Balvin atacándome y diciéndome "naca", que me rapara ese pelo, "india", a lo que yo les respondía que les deseaba paz y luz. Todo se sacó de contexto, lo que yo dije es que necesitábamos más espacios para artistas donde su enfoque principal no sea el dinero, más espacio para nosotros los artistas –porque hay diferencia entre ser artista y entertainer-. Pero como soy nueva y no tengo millones de seguidores, la gente me empezó a decir que cómo me atrevía a compararme con ellos. Yo nunca me comparé con nadie, dije que no me gustaba la comparación con Rosalia, no la aprecio, porque yo no tengo nada de ello, todo lo contrario. 

La gente puede decir lo que quiera, pero yo y los que empezamos en esto hace años, abrimos la puerta para que se normalizara cantar en español; solo que yo tuve otro camino, me mudé de país, tuve hijos, tengo otra carrera como curadora de arte, hago libretos para televisión, soy artista visual... la música es algo más de lo que hago y la voy a seguir haciendo así la escuchen o no. La gente no entiende que para mí decir que soy espectacular, que soy Miss Colombia, que me pongan mi corona, es una vaina de júbilo y alegría, porque pude sobrevivir a esos años de trauma, donde todos los días escuchaba que me decían que era fea, que era maluca. Ahora cuando me dicen que soy india, que me rape, yo respondo: “ya quisiera tú tener este pelo”. Me siento bendecida, espectacular, y les molesta porque no tengo proximidad al estándar de belleza que es blanco y el estatus de tener mucho dinero, porque siempre se idolatra el dinero.

Alguien decía "Qué bueno que Lido se atreve a meterse con las vacas sagradas", pero yo no me meto con nadie: estoy haciendo una observación en el contexto de mi álbum, donde pongo en el centro a la música hecha en Palenque, a la música negra, a la música indígena, a los ritmos, dándoles apellidos y nombre, no usándolos como decoración. Si yo me voy a beneficiar tengo que darle de vuelta a la comunidad, y que alguien con una plataforma muy grande y mucho dinero prefiera trabajar con alguien en Japón y no con su propia gente, pues eso no lo apoyo y cada quien puede hacer su carrera como le da la gana. Pero si yo lo hago y me da orgullo, no tengo que lidiar con gente diciendo que soy pedante, no tengo ni una canción que diga “soy mejor que tú”.

A propósito del trabajo que hiciste con Rafael Cassiani en el álbum y de esa experiencia ¿cuál debería ser la forma ideal de trabajar con músicos tradicionales?

Cada persona o grupo tiene su historia y cada comunidad sabe lo que necesita. Lo primero es preguntarle a esos grupos qué y cómo los podemos ayudar. Yo tuve conversaciones muy serias sobre qué necesitaban, entonces llegué a Palenque a grabar con la plata en la mano, para pagarle a cada uno y no tuviera que reportar nada; yo asumí eso. Logré darles un contrato con mi disquera, la tercera banda colombiana que va a ser firmada es el Sexteto Tabalá. Conseguí un contrato donde no tienen que pagarle la inversión a la disquera, yo voy a pagar eso, un dinero que les va a servir por años, sus discos se van a vender y les seguirá llegando plata de eso. En estos momentos, Lucas Silva, quién es el que los ha grabado a ellos, es el dueño del fonograma y el master, así que todos los ingresos que tengan le llegan a él y si él no quiere, no les paga. Cuando yo lo confronté el dijo que sí, pero los del grupo me dicen que no. Y eso es lo que pasa en Colombia, se saca provecho de los grupos, casi siempre de los que tienen una mayoría de edad.

Lo primero que voy a hacer cuando termine la pandemia, es ir a Palenque a grabar el disco. Me traigo a Canadá la música, la mezclo, la masterizo y hacemos unos videos espectaculares. Quiero hacer mi disquera, me gustaría grabar la música tradicional de La Guajira, la música Wayúu que está en el olvido.

En resumen, ¿quién es Miss Colombia?

El personaje es una mujer quinceañera, reina de belleza, que va a hacer la primera comunión, que se va a casar, la propia mujer colombiana que no tiene sexo, solo cuando se casa, ¡ah! Pero el marido si puede tener sexo con otras y ella lo acepta porque cree que no es buena esposa y se merece eso, también le pega, pero claro, es por su culpa. Eso es Miss Colombia, es algo muy fuerte y todavía me sorprende cuando veo que la gente lo baila. 

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