La Mujer del Animal: la realidad es muy incómoda

Desde 'Sumas y restas' (2004) Víctor Gaviria había estado en silencio, 'La mujer del animal' es la nueva película del director de 'Rodrigo D No Futuro' (1990) y 'La Vendedora de Rosas' (1998)...

"El cine es una cosa tan difícil, pero el cine tiene que servir para algo. Voy a hacer una película sobre esas mujeres, sobre todas esas mujeres de las que nadie supo que habían sido pisoteadas, con vidas tan humildes, que han sido llevadas a un punto 0 de libertad". 

La Mujer del Animal relata la historia de Amparo (un personaje que podría ser una mujer de cualquier lugar del mundo), una historia con la que Víctor Gaviria se cruzó por casualidad mientras hacía un documetal; ésa mujer se presentó durante un trabajo de campo como La mujer del animal: "Mi marido era un violador, un matón, un drogadicto". Ella, la que podría ser cualquier mujer en cualquier lugar del mundo, cambió los planes del ya legendario director, quien escuchando una y otra vez aquella entrevista decidió buscarla de nuevo. Margarita Gómez (Amparo), le volvió a contar la historia de haber sido raptada por un tipo al que llamaban 'El Animal' y ahí Gaviria se dio cuenta que debía hacer una película sobre ese rapto, de cómo un tipo escoge a la madre de sus hijos y decide fundar una familia a través de una violación. 

Estuve en el estreno de La Mujer del Animal y sentí temor cuando vi el primer plano de los ojos de El Animal hurgando tras las rendijas, espiando. Sentí su odio, sentí su mirada y desde ese momento me sentí diminuta, logró entrar a lo más profundo de mi ser sin tocarme un pelo. Fui consciente siempre del lugar en donde estaba: en una sala, frente a la gran pantalla, esperando entretenerme y aprender algo, quizá, no es el deber del cine ni lo será; pero siempre lo supe, Víctor Gaviria no entretiene pero desgarra. A mí, personalmente, me saca las vísceras, me destruye, me arruga el corazón, me corta la respiración, me lleva al mundo al que pertenezco, ese que a veces olvido u omito, por gusto quizá, por comodidad, muy seguramente. 

La Mujer del Animal somos todas aunque no todas hemos recibido el insulto, el puño, la patada; no a todas nos han obligado, no a todas nos han tocado con violencia, no a todas nos han penetrado con ese odio al vientre, al que resguarda la vida.

Me declaro vulnerable y le he huído a esta sensación toda mi vida. He odiado a los hombres (también a mi padre), he odiado a mi madre por ser madre y esposa, he lamentado tener una hermana, he lamentado tener una abuela, tía, prima, amiga. He lamentado (no tanto ahora como antes) tener un útero. He querido ser hombre mientras amo ser mujer y eso duele, duele profundamente, eso te deja rota de por vida.

Durante toda la película hice fuerza, con tanta intensidad que sentía la contracción de cada uno de los músculos de mi cuerpo. Sentí odio e impotencia, sentí tristeza, pero frente a una historia como esta, la tristeza es linda, noble. La Mujer de Animal somos todas, lo fue mi madre en algún momento, lo fue mi abuela y también mis tías.

Pensé haber salido invicta, invicta por no derramar una sola lágrima durante la proyección, pero luego, durante los créditos, también me desgarraron las vestiduras, me arrastraron mientras me agarraban del pelo, me rompieron los dientes y me penetraron con tanta violencia que no pude levantarme después.

Ver La Mujer del Animal me causó mucho llanto, lloré como cuando escuché a mi padre insultar a mi madre, lloré como cuando supe que mi abuelo había abusado de mi abuela, lloré, lloré y lloré.

Salí desnuda del cine, con miedo de ser mujer, con miedo de regresar sola a mi casa, pero encontré una amiga y lo supe de nuevo: todas somos La Mujer del Animal.

Todas somos La Mujer del Animal y Víctor Gaviria nos lo mostró en la comodidad de una sala de cine; logró su cometido: retratar la condición de la mujer en esta humanidad, retratar la realidad de nuestros barrios, retratarnos y juzgarnos, no por ser mujeres, claro que no, sí por ser parte de este patriarcado, de esta sociedad desigual, injusta y enfermiza. Pero después de todo, él, Víctor Gaviria, tiene la razón: la realidad es muy incómoda.

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