La Olimpiada Popular en Barcelona, el evento que quiso oponerse a los Juegos Olímpicos de Hitler

​En 1936 se escribió una historia sobre deporte, política y guerra.

El 1 de agosto de 1936, el LZ 129 Hindenburg, aquel célebre dirigible alemán que meses después se incendiaría al aterrizar en Nueva Jersey, EEUU, dejando 36 muertos y cerrando el capítulo para este medio de transporte, sobrevoló el estadio olímpico de la ciudad de Berlín momentos antes de la aparición de Adolf Hitler.

Más largo que tres Boeing 747 juntos, su imponente tamaño fue una de las tantas cosas que el régimen Nazi usó para mostrar su grandeza, aunque la máquina fue inventada antes del asenso del Tercer Reich e incluso su nombre se le debe al presidente alemán Paul von Hindenburg.

Berlín había sido escogida como sede de los Juego Olímpicos en 1931 por el Comité Olímpico Internacional. Esto significaba el regreso de Alemania a este tipo de eventos tras su aislamiento después de la derrota en la Primera Guerra Mundial. Hitler llegó al poder en 1933 y vio en esta cita la oportunidad para mostrar la magnificencia de su proyecto, de la mano de su ministro de propaganda Joseph Goebbels, la puesta en escena del arquitecto Albert Speer​ -que luego fue Ministro de Armamento y Producción de Guerra- y con el trabajo fílmico de la actriz, cineasta y fotógrafa Leni Riefenstahl, plasmado en el documental Olympia (1938). 

Así, el 1 de agosto de 1936, ese hombre de pelo negro, bigote estilo cepillo de dientes -el mismo de los actores Oliver Hardy, el Gordo del Gordo y el Flaco, y de Charlie Chaplin-, de 1.75 metros de estatura y vestimenta militar estiraba su brazo para saludar a las delegaciones de los 49 países que sumaban 3963 participantes. Su saludo fue correspondido por el masivo público en el estadio y por algunas delegaciones como la francesa, la canadiense o la italiana. 

Los Juegos Olímpicos de Berlín son recordados por un sin número de anécdotas: la atleta alemana Gretel Bergmann fue excluida del equipo por ser judía; el atleta afroamericano Jesse Owens se colgó cuatro medallas de oro - a su regreso el presidente estadunidense Franklin Delano Roosevelt, haciendo cálculos electorales, no lo invitó a las celebraciones en la Casa Blanca ni le envió las acostumbradas felicitaciones por escrito-; Hitler se mostró contento con los resultados porque su país ganó más medallas que el resto; la delegación peruana se retiró de los juegos cuando su selección de fútbol fue obligada a repetir el juego con el equipo de Austria luego de haberlo vencido 4-2 y Colombia hizo lo mismo por una calculada solidaridad. En fin. 

Sin embargo, otra de las grandes historias sucedía en medio de una ausencia. Si bien hubo países como EEUU que en determinado momento contemplaron no participar de las justas, fue España el que se mantuvo firme en su rechazo y por primera vez en su historia no fue a los Juego Olímpicos de la época moderna. Incluso, no solo no participó sino que decidió promover una alternativa: la Olimpiada Popular en Barcelona que tendría lugar también en 1936. 

A principios del año 2000, el Centro Ruso de Conservación y Estudio de los Documentos sobre la Historia Contemporánea (CRCRHC) de Moscú abrió los archivos del Komintern o la Internacional Comunista para estudios científicos que permitieron repasar con nuevos elementos episodios del pasado como este. Y si la alemania Nazi promovió la idea del deporte como “la expresión del dinamismo fascista”, el otro gran protagonista del momento, la Unión Soviética, también jugó sus cartas. 

 Reunión Internacional Comunista

Antes de la Primera Guerra Mundial, tanto en Europa central como occidental, nacieron varias federaciones gimnásticas y deportivas obreras. Hacia 1913 franceses y belgas, por ejemplo, armaron la Asociación Socialista Internacional de Educación Física, una de las primeras agrupaciones internacionales de este tipo que se disolvieron con el estallido de la Gran Guerra.

En 1920, cuando se restablecen las estructuras internacionales, tiene lugar en Lucerna, en Suiza, un congreso con representantes de las federaciones deportivas obreras europeas, con excepción de Austria. Nace ahí la Unión Deportiva Internacional del Trabajo, comúnmente llamada Internacional Deportiva de Lucerna (ISL). Sin embargo, su programa reformista y su cercanía con la Internacional Socialista incomodó a los partidarios de la Internacional Comunista, que en 1921 deciden crear otra organización a la que bautizaron la Internacional Deportiva Roja (IDR), que quedó, obviamente, bajo la tutela política del Komintern desde 1923. 

Esto no significa que hubiera una equivalencia entre la fuerza del movimiento deportivo obrero y del partido político, sino más bien que la Internacional Comunista vio en el deporte un terreno propicio para la militancia de los jóvenes, por lo que llamó a los países afiliados a crear secciones de la IDR en sus ciudades. 

Un ejemplo de lo anterior es el caso de España: como respuesta a ese llamado, las Juventudes Comunistas hicieron un esfuerzo desde los años 20 por crear un movimiento deportivo obrero, logrando dar vida a algunas asociaciones. En 1931, con el establecimiento de la Segunda República en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII, se reagrupan a escala nacional estas asociaciones y nace la Federación Cultural y Deportiva Obrera (FCDO). A finales de 1933, esta ya contaba con alrededor de 9.500 miembros. 

 Foto Partido Comunista Español

El Partido Comunista Español (PCE), para este momento, realmente tenía una influencia mínima en la política del país ibérico, a diferencia del Partido Socialista (PS). Sin embargo, estos últimos no mostraron interés en el deporte, por lo que el creciente entusiasmo de los jóvenes obreros en esta área, excluidos además de las federaciones oficiales, encontraron un lugar en la FCDO. No es gratuito que en ese momento la cifra de afiliados a la federación deportiva obrera se aproximara a la del Partido Comunista Español. Y tampoco que, en 1934, esta se adhiriera oficialmente a la IDR, de la Internacional Comunista, con la que claramente estaba unida desde su creación, como lo explica en el texto El proyecto de la olimpiada popular de barcelona (1936), entre comunismo internacional y republicanismo regional el académico André Gounot.

Pese al ascenso o la creciente popularidad del fascismo en varios lugares de Europa, el Komintern siguió su pelea contra los partidos socialistas, contra anarquistas o contra otras organizaciones de izquierda que no entraban dentro de su visión internacionalista. Hasta que Hitler llegó al poder.  

En 1934 la estrategia cambió, muy de la mano de la nueva orientación de la diplomacia soviética que proyectó un acercamiento con los países demócratas de Europa occidental con intención de formar una coalición antihitleriana. Incluso, más tarde esta pide extender la alianza a los partidos burgueses progresistas para formar “frentes populares” que se opusieran con contundencia y eficacia a los movimientos reaccionarios y fascistas. 

En España, puntualmente, de cara al agravamiento de los conflictos sociales y políticos, los partidos de izquierda acordaron una alianza electoral y, en 1936, el Frente Popular ganó las elecciones parlamentarias. 

Portada periódico La Voz tras triunfo del Frente Popular

Si bien en el país ibérico la idea de juntar a los deportistas antifascistas y de hacer manifestaciones deportivas está presente antes del triunfo del Frente Popular, hay un cambio desde el punto de vista ideológico de los comunistas frente a los Juegos Olímpicos: si hasta 1934 veían el evento como representante del deporte “burgués”, hipócrita, mercantil, chovinista y contrario a la visión de un deporte sano al servicio de los trabajadores, ahora se proclamaban en defensa del verdadero espíritu olímpico. 

 “¡Queremos salvar el olimpismo!”, decían. La IDR por su parte hablaba en una conferencia de Praga en 1936 de “organizar, con todas las federaciones y organizaciones, manifestaciones en favor de la defensa de la idea olímpica progresista y de la libertad del deporte''. Mundo Obrero, el órgano oficial de comunicación del Partido Comunista de España, en un artículo titulado “La idea olímpica, prostituida”, escribía que: “A finales del siglo pasado, un noble francés de espíritu progresista y tibiamente liberal, el barón Pierre Coubertin, concibió la idea de resucitar los juegos olímpicos, dándoles un sentido universalista, donde los jóvenes de todas las razas pudieran intercambiar sus ideas y comparar las diversas maneras de practicar el deporte”

Hay que decir que la Unión Soviética, desde 1935, ya consideraba cada vez más el participar de los grandes eventos deportivos a nivel mundial y estableció contacto con ciertas federaciones deportivas internacionales como la FIFA

Aquí la historia se vuelve un entramado burocrático de antesalas, congresos, reuniones, creaciones de comités que crean otros comités y que a la final derivan en la creación del Comité Catalán pro Deporte Popular, que presentaría el proyecto de la Olimpiada Popular de Barcelona como alternativa a la Olimpiada de Berlín de 1936 de Hitler.

Así que mientra aquel hombre del bigote, que cuando caminaba los Alpes siempre lo hacía cuesta abajo, asegurándose de que un carro lo recogiera en la falda de la montaña, promovía la obsesión de su régimen por criar una raza de arios saludables a través de la gimnasia diaria, la izquierda organizaría los autoproclamados “verdaderos” Juegos Olímpicos.

Afiche de la Olimpiada Popular

Claro está que en medio del discurso se hacía énfasis que lo que ocurriría en Barcelona no era una manifestación política ni una contra olimpiada, sino todo lo contrario: se trataba mantener los principios olímpicos, de igualdad de razas y de pueblos, frente a un evento en Berlín que tenía como fin seguir propagando el espíritu del nacional socialismo, la esclavitud, la guerra y el odio racial. Iniciaron así una campaña por diversos países, tocando puertas en organizaciones sociales que se unieran al proyecto. 

Se establecieron tres categorías bajo las que los deportistas se podrían inscribir: nacional, regional y local. El número de participantes superó las expectativas de los mismos organizadores: 6 mil atletas de 22 naciones (4 mil eran españoles) obligaron a que se alargará la duración que se había pensado en un principio. 

Como preparación para la Olimpiada Popular, entre el 11 al 13 de abril de 1936 tuvo lugar en Barcelona La Copa Thälmann, bautizada así en honor al dirigente comunista alemán Ernst Thälmann, símbolo de la resistencia antifascista y detenido por la Gestapo, la Policía secreta oficial de la Alemania nazi, en 1933. Fútbol, ​​natación, boxeo, atletismo, lucha y gimnasia probaron la capacidad organizativa catalana -que por lo demás veía en el evento se se avecinaba una forma de promover a los ojos del mundo su identidad nacional.

Foto de Hitler y Franco

La fecha para la inauguración estaba prevista para el 19 de julio. Las delegaciones más grandes, además de la española, eran las de Estados Unidos, Francia, Países Bajos, Bélgica, Checoslovaquia, Dinamarca, Noruega, Suecia y Argelia. También hubo equipos representando a los judíos exiliados, a Alsacia, Cataluña, Galicia y el País Vasco. Los equipos de Alemania e Italia estaban conformados también por exiliados. La mayoría de los atletas pertenecían a asociaciones y clubes deportivos sindicales y partidos de izquierda, lo que no significaba que no hubiera deportistas de alto nivel. 

Finalmente todo coincidió con el estallido de la Guerra Civil en España. La Olimpiada Popular de Barcelona se canceló. Muchos deportistas no llegaron a la cita, otros que sí lo hicieron huyeron como pudieron y algunos -unos 200- se unieron a las milicias obreras que pelearon del lado del Frente Popular. Las tropas nacionalistas, con ayuda de Hitler y de Mussolini, fueron las vencedoras. Franco se tomó el poder e instauraría una dictadura. Pese a su cercanía con Hitler se declaró neutral en la Segunda Guerra Mundial ante la inestabilidad y la represión interna, las heridas aún abiertas que había dejado la guerra y porque, de alinearse con Alemania, perdería los lazos económicos con Francia y Gran Bretaña que necesitaba con urgencia. 

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