Nos montamos en las olas del feminismo para explicarlas a fondo

Aquí les contamos sobre las olas del feminismo en el mundo y en América Latina y algunas apreciaciones sobre las mismas.

A medida que las discusiones con perspectiva de género se hacen más álgidas en todo el planeta y atraviesan casi que todos los temas de nuestras conversaciones, se hace urgente entender de dónde surgió este movimiento social, qué etapas ha atravesado y cómo se ha vivido no solo en Europa y Estados Unidos, sino en distintas latitudes del mundo como América Latina

Es por esto que quisimos revisar uno de los conceptos más sonados hoy por hoy en la historia de este movimiento: el de las olas del feminismo. Hablamos con Ochy Curiel, activista dominicana y teórica del feminismo latinoamericano y caribeño, antropóloga social y cantautora. Es docente de la Universidad Nacional y de la Universidad Javeriana. También ha sido portavoz del feminismo autónomo, lésbico, antirracista y decolonial, por lo que se ha dicho de ella que “encarna todo lo contra hegemónico”. También revisamos uno que otro texto para nutrir las apreciaciones de la académica. 

Para Curiel, lo más importante es entender que el feminismo es una propuesta histórica de la modernidad, es decir que nace en Europa alrededor del siglo XVIII. En ese sentido, aunque dice que es importante entender la lógica de “las olas del feminismo”, es clave saber que estas retratan, en su mayoría, luchas de mujeres europeas y blancas, dejando por fuera la experiencia de otras mujeres atravesadas por otras categorías sociales, como el hecho de ser afro, indígenas y por ejemplo, no poder acceder a educación.  

“Estas formas y lógicas de pensar estas corrientes en términos de “olas” son bastante eurocéntricas, en el sentido de que toman como referente la experiencia de las mujeres blancas y además asumen un concepto universal de mujer, suponiendo que a todas las mujeres nos pasaba lo mismo, en términos de la violencia y de lo que pasaba en el sistema patriarcal”, afirma la experta. 
 

La primera ola: finales del siglo XVIII a principios del siglo XX

El feminismo clásico fue ese primer acercamiento al feminismo de la igualdad, explica Curiel. Es decir, que su principal preocupación era reivindicar una igualdad con los varones. “Hay un hito importante en este momento, que es la Revolución Francesa en 1789. El feminismo clásico empieza a tomar esos principios de la Revolución Francesa, como el de la igualdad con los hombres en la participación política y el voto. Las que lideraron estos procesos sociales fueron las sufragistas”, comienza explicando. 

Las sufragistas eran mujeres de la burguesía que desde el siglo XIX al XX, en Gran Bretaña se dieron a la tarea de luchar para que a las mujeres se les reconociera su derecho a votar, logro que no alcanzaron, sino hasta febrero de 1918. 

Desde comienzos del siglo XVIII, agrega la activista, sobre todo en Europa se fueron formando otras corrientes como los feminismos socialistas y marxistas. Estos se centraron principalmente en una reivindicación del tema del trabajo. 

“Hitos importantes, como la Declaración de los Derechos de Virginia, de 1776 y la Constitución de Estados Unidos en 1787 son claves para este momento. También está eso que se llamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789 y la Revolución Francesa, con los principios de fraternidad, igualdad y libertad”, afirma Curiel. 

A partir de esto, puntualiza, el énfasis en las corrientes existentes eran esas declaraciones y principios. “Dentro de esa primera corriente se puede destacar una primera propuesta de la Declaración de los Derechos de la Mujer de Olympe de Gouges en Francia, que lo que hace es fundamentalmente un cuestionamiento a esa declaración de los “Derechos del hombre”. Lo hace en 1791 y por eso es guillotinada. Esa historia la conocemos muy poco”, cuenta la académica. 

En otro contexto, en 1772, relata Curiel, la inglesa Mary Wollstonecraft redactó La Reivindicación de los Derechos de la Mujer, en la que buscaba fundamentalmente la igualdad y el acceso a la educación de las mujeres. 

Más adelante, a inicios del siglo XX, siguen tomando fuerza otras corrientes, como el feminismo socialista que plantea que las mujeres son parte de una clase social y como parte de ella, buscan una mayor independencia económica, afirma la experta. “Esta corriente hablaba de la importancia de atender la división sexual del trabajo que existe entre hombres y mujeres, es decir, la manera en la que cada sociedad organiza la distribución del trabajo entre hombres y  mujeres, según los roles de género que se consideran apropiados para cada uno. Igualmente las marxistas planteában el retorno a una producción autónoma económica de las mujeres”, agrega. 

Paralelamente al feminismo socialista surge el feminismo anarquista que planteaba que las mujeres debían ser libres. “Consideraban por ejemplo, que la libertad era un principio importante de las relaciones entre los sexos y también rechazaban lo que era la jerarquización y la autoridad del Estado. Tenían una propuesta de gobernanza mucho más colectiva. Estas feministas también hablaban de la desestratificación de la clase, es decir, que desaparecieran las clases sociales. Una de las principales pensadoras de esta corriente fue Emma Goldman, dice Curiel. 

Goldman, de hecho, fue considerada por la FBI como la “mujer más peligrosa de Estados Unidos”, siendo expulsada de este país y encarcelada cuatro veces. Entre sus aportes a este movimiento, se le reconoce haber sido una ardua promotora de los métodos anticonceptivos y hablar abiertamente del homosexualismo en un contexto puritano y conservador en el que estos temas eran constantemente censurados. 

 

La segunda ola o el neofeminismo: inicios del siglo XX a finales de siglo XX

En esta época, contextualiza la activista, empiezan a surgir una serie de movimientos mucho más radicales que no se limitan al tema de la igualdad. Una de estas corrientes es el feminismo radical, que propone una organización más autónoma, en relación, por ejemplo, a los partidos de izquierda, como no ocurría en la primera ola. 

“Esto se da fundamentalmente en Estados Unidos. En esta corriente radical que además se divide en muchas subcorrientes, se empieza a abordar el tema de la sexualidad, la violencia a las mujeres y se crean conceptos claves como el patriarcado, definido como un sistema de dominación sexual que afecta a las mujeres. Ahí el eslogan fundamental es ‘lo personal es político’. Ya lo político no solamente se da en relación al Estado, a los partidos y al trabajo, sino también a las relaciones personales, por ejemplo. Todavía esto tiene bastante impacto en los feminismos más adelante”, explica la docente. 

El marco teórico del feminismo radical fue inspirado en dos obras publicadas en 1970: Política sexual de Kate Millett (en la foto) y La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone. Estas obras acuñaron conceptos fundamentales para el análisis feminista, como el patriarcado y el género. 

En esta segunda ola, agrega la experta, podemos encontrar lo que fue el feminismo materialista que fundamentalmente se desarrola en Francia, donde se considera tanto a hombres y mujeres desde la clase y el sexo. “Es decir, hay una división sexual del trabajo, un control de los medios de producción, que en general lo tienen los hombres.  Por tanto, las mujeres a nivel general son apropiadas individual y colectivamente porque hacen una clase de trabajo —de cuidado— que no se les paga o por lo menos no se les reconoce. Eso es lo que Colette Guillaumin llamó ‘sexaje’”. 

Luego, de acá, se desprende una corriente de feminismo cultural donde se afianza el tema de la diferencia, dice la académica. “Decían que las mujeres son diferentes a los hombres y por tanto, lo que hay que reivindicar es eso que es femenino y que la lógica patriarcal había desdeñado o por lo menos, no valorado suficientemente”. 

A partir de ahí, agrega Curiel, también surge lo que se llama el feminismo de la diferencia, que contrario a las anteriores corrientes que se estaban basando en el tema de la igualdad, se afianza en evidenciar que “hay una diferencia sexual entre hombres y mujeres y que hay que revalorar los elementos femeninos, valorar las cuestiones del cuidado, los sentimientos”. 

De ahí surgen, por ejemplo, el concepto de la ética del cuidado y la sororidad. “Eso digamos que es el núcleo fundamental del feminismo de la segunda ola. Es decir, hay una propuesta de no solamente pensar la política en términos de la igualdad con los hombres en las esferas públicas tradicionales, sino problematizar el tema de lo político, privado y cómo esto también se tiene que enfrentar y pensar socialmente”. 

 

Tercera ola: finales del siglo XX a inicios de los 2.000

Curiel explica que hasta este momento en el movimiento, no se había considerado la realidad de mujeres no blancas y europeas. Es entonces cuando surgen corrientes políticas como el feminismo negro. Este reivindica, en palabras de la docente que “no todas las mujeres somos iguales, algunas nos atraviesa no solo el sexismo, sino el racismo y obviamente, el clasismo. Entonces se empieza a cuestionar esa categoría de mujer universal”. 

De hecho, la manera en la que estos conceptos de raza, clase, género, orientación sexual, entre otros, se relacionan entre sí recibió el nombre de “interseccionalidad” en este momento. El concepto fue utilizado por la jurista y académica estadounidense, Kimberlé Crenshaw en 1989. Ella sostuvo que la experiencia de ser una mujer negra no puede ser entendida en forma independiente en términos de ser negra o de ser mujer, sino que ambas categorías deben ser analizadas en su interdependencia. Así como otras categorías se superponen entre sí y nos hacen ser más o menos oprimidos o privilegiados socialmente. 
 

 

 

Más tarde, agrega Curiel, el feminismo popular postuló principalmente que hay una relación entre la lógica patriarcal y la lógica capitalista. Varias subcorrientes de este se extendieron por América Latina, abarcando un abanico diverso de movimientos de base territorial que interactúan con movimientos de mujeres que no necesariamente se definen como feministas y participan de organizaciones populares mixtas. 

La corriente lesbofeminista surge paralelamente al feminismo popular y propone que las mujeres nos vemos afectadas por la heterosexualidad obligatoria. Es decir, que la heterosexualidad se entiende como un régimen político y no una preferencia, práctica, orientación u opción sexual. El lesbofeminismo retoma conceptos del feminismo lésbico blanco occidental, pero muchas autoras, como la misma Ochy Curiel, incorporan un análisis decolonial, antirracista,​ antimilitarista y de clase a los mismos. 

“Estas corrientes que yo llamo corrientes críticas empiezan a cuestionar el modelo blanco, que asumió a las mujeres como universales, a partir de la experiencia blanca europea y norteamérica. Por eso decimos que ese es un feminismo bastante racista y clasista. A partir de ahí se empiezan a complejizar las cosas”, dice la académica. 

En América Latina, por ejemplo, explica surgen una serie de corrientes muy importantes, como la corriente autonoma que empieza en los años noventa a cuestionar la logica de la institucionalización de los movimientos sociales, particularmente del movimiento feminista. “Esto se da cuando la cooperación internacional y la ONU, empiezan a entrar a definir lo que son los movimientos sociales. Es el mismo momento en el que surgen las oenegés y esta lógica del Estado de hacer lobby y hacer un feminismo ‘institucional’. Lo que propone la corriente autónoma feminista es mayor autonomía tanto de las intituciones del Estado como de los partidos politicos y volver a una radicalidad de una acción política más autónoma, más autogestionada y que no dependa de la cooperación internacional ni de la ONU”, enfatiza Curiel. 

En este periodo de tiempo, también surge el feminismo indígena, una corriente que aunque tiene un término muy homogeneizador, tiene un aporte bien interesante. “Desde acá se empiezan a recopilar una serie de experiencias, que aunque no se llamen feministas, estan luchando desde la esclavitud”, puntualiza. 

Por eso, recalca la docente, es que el feminismo es una propuesta moderna: hay muchas experiencias que no se recogen desde ahí. “El hecho de que estas mujeres no se quieran llamar feministas porque sus experiencias son otras, no quiere decir que para nosotras no sean muy importantes. En América Latina estos procesos sociales surgen después. Y esto tiene que ver con el colonialismo”. 

La propuesta feminista, dice Ochy, llegó a la región como nos llegó todo el “paquete eurocentrado (desde la república, los estados nacionales y todo lo demás): por las universidades, a las mujeres que tenían acceso a este conocimiento”.

Y agrega con contundencia: “nos llega el feminismo blanco. Fue un aporte europeo, pero con muchas limitaciones. Muchas de estas propuestas vienen, sin intenciones de ser excluyentes, por ejemplo, sin una mirada a la racialidad. Podemos rastrearlo desde la década de los sesenta: varias mujeres empezaron a llamarse feministas, sobre todo, aquellas letradas, las que tenían acceso a la educación, partiendo fundamentalmente de Europa y Estados Unidos”. 

Y afirma que muchas feministas, incluida ella, creen que buena parte del movimiento fue importado, reproduciendo los mismos problemas que trae pensar que todas las mujeres somos iguales. 

“Ese feminismo de la igualdad, la diferencia, el socialista se reprodujeron con los mismos problemas que estaban sucediendo en Europa y Estados Unidos. Por eso, posteriormente, muchas de nosotras como afrodescendientes, populares, campesinas empezamos a configurar corrientes políticas que consideran más la realidad social nuestra. Por eso muchas de nuestras luchas tienen que ver con confrontar el racismo, el sexismo, la heterosexualidad obligatoria. No podemos actuar desde un feminismo blanco o norteamericano porque la realidad es distinta”, dice Ochy.

*Cuarta ola: Inicios de los 2000 hasta, ¿el presente? 

Varias feministas, tal como lo explica “The waves of feminism, and why people keep fighting over them”, un texto del medio estadounidense Vox, han estado anticipando la llegada de una cuarta ola desde al menos 1986. Esto se dio cuando una escritora de cartas a la revista Wilson Quarterly de la ciudad de Washington D.C., afirmó que la cuarta ola ya se estaba formando. 

En los últimos años, a medida que movimientos como #MeToo y #YoTambién cobraron  impulso, denunciando la violencia y el acoso sexual que las mujeres sufrimos a diario y responsabilizando a varios hombres poderosos por sus dinámicas patriarcales, entre otras cosas, varias feministas se preguntan si el movimiento hoy sigue estando enmarcado en la tercera ola o en una cuarta. Lo que marcaría la diferencia en esta nueva etapa es la difusión digital que tiene el movimiento. 

“Quizás la cuarta ola esté en línea”, dijo la feminista Jessica Valenti en 2009. Y es que es apenas normal preguntarse por la influencia de la era digital en el feminismo: más allá de que la esencia de los debates sea la misma, las dinámicas que se dan en línea sí cambian la forma a través de la cual muta y el movimiento toma impulso. Basta navegar un rato por redes sociales para darse cuenta de que muchas activistas se apoyan entre sí, hacen pedagogía de género y discuten alrededor de interesantes debates alrededor de varios asuntos feministas. 

Solo por citar un ejemplo, en el país suramericano, Argentina, se dio uno de los movimientos cívicos más importantes del continente dentro del feminismo: el de la ola verde. Esta lucha que ganaron las mujeres exigió un aborto libre, seguro y gratuito para las argentinas. Fue un movimiento que fue impulsado fuertemente a través de redes sociales con las etiquetas #QueSeaLey y #AbortoLegalYa.

De esta manera, en 2018, dos millones de personas se tomaron las calles de Buenos Aires, inundando con pañuelos verdes y a ritmo de música, para reclamar ese derecho tan truncado antes de la fecha. Se estimaba que para ese momento, de las 320 millones de mujeres que había en America Latina solo un 8% podía acceder a un aborto libre y cada semana, una mujer moría como consecuencia de un aborto clandestino. El postulado principal de esta pugna fue entender que la violencia contra las mujeres empieza desde el momento en que ni siquiera pueden decidir sobre su propio cuerpo. 

Como este caso, podemos referenciar otros que se dieron en todo el planeta impulsados por la era digital. #AintNoCinderella fue un movimiento que empezó en India, luego de que en agosto de 2018, una joven de dicho país relatara en Facebook que una noche, camino a casa, fue perseguida por dos hombres. Cuando el caso se conoció públicamente, un político regional del conservador partido gubernamental Bharatiya Janata Party puso en tela de juicio el comportamiento de la mujer, en lugar de reprochar el comportamiento masculino. "¿Por qué estaba ella aún en la calle después de la medianoche?”, se preguntó el mandatario. El comentario indignó a las mujeres en toda India. Muchas de ellas tuitearon fotos en las que estaban fuera tras la medianoche, con la etiqueta que en español traduce “No soy Cenicienta”.

Por su parte, en mayo de 2014, la periodista iraní, Mashi Alinejad, exiliada de su país, publicó en Facebook una foto suya sin jihab, el pañuelo musulmán que usan las mujeres. La resonancia que provocó en muchas usuarias iraníes fue tanta, que se hizo tendencia bajo la etiqueta #StealthyFreedom”, en español, "Secreta Libertad”. Más de un millón de mujeres se unieron a la protesta reuniendo miles de fotos y videos que se resisten a las normas culturales de su país, tachándolas de patriarcales y machistas. Y denunciando que es absurdo que por rehusarse a llevar un pañuelo en la cabeza desde los nueve años de edad, pueden sufrir incluso penas altísimas de cárcel.

Podría decirse que más allá de la existencia de una cuarta ola, los reclamos de género que se siguen dando hoy obedecen a unas dinámicas patriarcales replicadas por años y sobre las cuales ya habían existido pronunciamientos en varios países del mundo. 
 

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Sin duda, la historia del feminismo ha estado atravesada por opresiones y distintas luchas en diversos contextos que han hecho que una fuerza visceral se siga transmitiendo de generación en generación. Y aunque muchas corrientes no hayan respondido a la realidad de miles de mujeres no blancas, europeas, estadounidenses o letradas, sus logros han permitido que hoy, dentro de las limitaciones sociales que existen en nuestras realidades, muchas podamos acceder a derechos básicos, seguir denunciando aquellos que no alcanzamos, pensarnos lo privado desde lo político e incluso cuestionar dentro del mismo movimiento, la exclusión popular, regional y racial de los postulados clásicos. 

 

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