Foto: Daniel Cheung en Unsplash

En defensa de la eliminación de la chancleta

Reunimos algunas voces que opinan, desde su experiencia, sobre la maternidad, la paternidad y educadores de la próxima generación.

Desde la llegada de un nuevo ser humano al mundo, el cuidado de los menores representa un verdadero reto físico y emocional, para los involucrados en el proceso de formación de los niños y niñas. 

De hecho, si tuviéramos un manual sobre maternidad o paternidad responsable, partiendo del cariño hacia nuestros hijos, quizás no nos equivocaríamos tanto en la educación de los niños y jóvenes. Me atrevería a decir, incluso, que muchos de los que nos antecedieron ignoraban las repercusiones en la salud mental y emocional al emplear el castigo físico en la enseñanza de los hijos. 

Ser madre de dos adolescentes me ha hecho comprender que cada etapa del crecimiento implica conocer diversos detalles de la personalidad en desarrollo, de jóvenes que van dejando las actitudes inocentes de la primera infancia, para dar paso a la rebeldía y los cuestionamientos del mundo que les rodea. 

Para esos cambios en continua evolución, no hay mejor cómplice que el diálogo, algunas concesiones y ciertos límites. Recurrir a la implementación de metodologías de enseñanza que apelen repetitivamente al maltrato a los menores, típicos en la educación de antaño, representan un verdadero riesgo para el desarrollo sicológico de los niños. 

El debate que se ha llevado a cabo en torno a la aprobación del proyecto de Ley 320 de 2020, por medio de la cual se prohíbe el uso del castigo físico, los tratos crueles, humillantes o degradantes y cualquier tipo de violencia como método de corrección contra niñas, niños y adolescentes, pone en evidencia que generacionalmente estamos acostumbrados a la cultura de la disciplina por medio de la “chancleta”.

Todo tipo de comentarios surgieron a partir desde el único partido que no se sumó a la causa, aludiendo que “se podría generar una intromisión indebida del Estado en la crianza de los hijos y advirtieron que la misma podría ser inconstitucional”.

Ello también encontró refugio en comentarios de apoyo a través de las redes sociales, que como siempre, nos muestran un panorama de la percepción general y nos deja entrever la asimilación de conductas educativas violentas que generan en los niños y niñas complicaciones emocionales negativas y comportamientos agresivos que se podrían repetir en hijos, nietos o familiares. 

La psicóloga clínica de niños y adolescentes, Lizzette López, comenta que “existen muchos estudios científicos que nos demuestran que el uso de la violencia física siempre trae consecuencias negativas en la autoestima de los niños, también dificultades en su desarrollo socioemocional, además de los problemas en cuanto a su vínculo afectivo seguro y al apego que se puede establecer con sus familias y con sus pares”.

Agrega que “Cuando nosotros empecemos a implementar esta ley ‘anti chancleta’, lo que va a generar es que precisamente los índices psicopatológicos disminuyan porque los niños van a tener aún más salud mental. Un niño que tiene dificultades en su autoestima es un niño que tiene un mayor riesgo de padecer depresiones, que puede tener una gran frustración frente al fracaso o a las dificultades de la vida cotidiana. Esta ley constituye un gran avance a nivel de desarrollo socio emocional y educación psico afectiva que se está teniendo en el país”.

Si bien es cierto que esta ley no es sancionatoria y establece una política pública de pedagogía y prevención para evitar más violencia, también recalca que se busca evitar la reincidencia en la violencia desde los hogares. Precisamente, para que los padres puedan acceder a la información sobre métodos de crianza sin golpes, el Estado debe facilitar dicha estrategia pedagógica.

En ocasiones, las conductas inadecuadas de los niños, la experimentación en las nuevas etapas, el desconocimiento o el cansancio, pueden llevarnos a tomar más de un respiro para evitar llamamientos de atención desatinados. En la actualidad, muchos padres y educadores argumentan que es necesario el castigo físico o los tratos humillantes para emprender el camino de la enseñanza y reforzar la fortaleza ante la vida.

Para contrarrestar esta noción tan masificada, es necesario generar espacios de diálogo familiar, en los que los niños y adolescentes puedan expresar sus dudas y sentimientos sobre las situaciones que los llevan a tener comportamientos erráticos. 

La psicóloga Lizzette López agrega que: “la única forma en que se puede integrar a todas las generaciones es a través de la educación. De hecho, la ley anti chancleta no busca generar ciertas sanciones penales, sino más bien pedagógicas. Y este recurso no solamente será aplicado a los padres de familia, también a los abuelos"

También dice que "Se puede empezar por enseñar a los abuelos qué otras estrategias se pueden usar que no impliquen la violencia y cómo estos van a ser aún más efectivos. La verdadera autoridad se ejerce cuando un papá, una mamá o un cuidador, tiene la capacidad de enseñar sin levantar su mano, sino solamente con su tono de voz y con el sistema de recompensas de disciplina positiva, pueden hacer que el hijo o hija se auto regule. Entonces, esto es lo que precisamente vamos a intentar enseñar los psicólogos, los pedagogos, psico-orientadores".

La generación del cambio

Reunimos algunas voces en Radiónica que opinan, desde su experiencia, sobre la maternidad y la paternidad desde su ejercicio como educadores de la próxima generación.

Simona Sánchez

Alguna vez alguien me dijo que en la mayoría de los casos maternamos como nos maternan y paternamos como nos paternaron. Claro, hay excepciones. En mi caso, cada día que pasa siendo madre de mi hije de 3 años compruebo que muchas de las herramientas que tengo como mujer para maternar las aprendí de mi mamá. Nunca recibí un golpe, ni siquiera un grito por parte de las personas que me cuidaron durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso es impensable para mi educar a través del castigo físico y violento. Eso no significa que sepa cómo resolver todas las situaciones que se me presentan como madre, pero tengo claro que soy la adulta y que debo buscar y encontrar la serenidad para acompañar el proceso de crecimiento de mi hije y ayudarle a reconocer y darle lugar a sus emociones. El castigo físico de ninguna manera puede ser una forma de corrección. Eso es seguir construyendo una sociedad como la que tenemos basada en la violencia, la venganza y el miedo. Una sociedad autoritaria en donde se cree que quien más miedo infunde más poder tiene.

No hay ningún tipo de educación a través de un castigo físico. Lo que veo es una profunda frustración de un adulto que no encuentra otra manera de comunicarse, de entender e identificar sus emociones y por lo tanto, las de su hije. Por eso esta ley es un gran paso para que las generaciones que están creciendo logren resolver las diferencias a través del respeto, de la escucha, el reconocimiento y el diálogo.

Para eso es necesario un arduo proceso pedagógico y aunque no estoy de acuerdo con que la ley no tenga implicaciones penales para los cuidadores - porque siento que debería tenerlas- confío en  que se logre abrir una puerta enorme para entender que la vida no se resuelve con violencia.

No hay nada más hermoso que sembrar el respeto de manera horizontal. No hay nada más conmovedor que ubicarse en la misma distancia con nuestros hijxs y mirarlos a los ojos reconociendo nuestras emociones y errores.

Buscar minutos de silencio, una esquina de respiración y luego, dialogar para ponernos de acuerdo con nuestros hijxs en las formas de convivencia y los límites sanos para poder relacionarnos y respetarnos. El derecho al buen trato debería ser el primero de los derechos humanos y por lo tanto el primero de los derechos para niños y niñas. Un buen trato sólo generará seres sanos que contribuyan a una sociedad en donde la violencia y la muerte deje de ser la noticia diaria del mediodía.  

Juan Pablo Coronado 

Aquellos y aquellas que somos padres y madres en este momento de la historia tenemos una gran responsabilidad y es la de comenzar a dejar de lado viejas maneras de corregir a los hijos e hijas, e implementar unas nuevas siempre con base en el cariño, el respeto y la seriedad del caso. Y no solo aquellos que tenemos hijos, sino también aquellas personas que tienen a su cargo la labor de formar, educar, cuidar a menores de edad independientemente de si son suyos o no.

Creo que un buen comienzo es empezar a desaprender frases desafiantes ante ellos y ellas. Esas que veníamos oyendo hace años atrás con el objetivo de ser obedecidos y tener control de la situación. Saber además que la palabra maltrato no sólo debe entenderse desde un componente físico sino también sicológico.

Muchas veces, con el objetivo de corregir a alguien, nos limitamos a recalcar sus defectos, dejando a un lado sus virtudes, y eso es también una forma de reducir a una persona. Imaginemos lo que puede llegar a impactar en la mente de un niño, sobre todo a futuro, cuando están forjando su propia autoestima y visión del mundo.

Una ley como la que está por ver la luz en el Congreso se considera necesaria, primero porque el maltrato físico existe. Segundo, porque a futuro se necesita mejores personas antes que grandes intelectuales o profesionales, independientemente del campo en el que se vayan a desempeñar. Aceptar las emociones de los niños y adolescentes es un gran paso. Pedirles que piensen como nosotros, no lo es.

¿Lo más sano? Conversar, discutir, ceder, pero también poner límites para evitar caer en el maltrato verbal o físico hacia ellos. En últimas, también es un asunto de bienestar emocional para padres, madres, cuidadores, tutores: entender a los niños, niñas y adolescentes, y entendernos también, como seres que no somos perfectos, pero que ponemos lo que esté a nuestro alcance para que cuando nuestros pequeños se enfrenten al mundo en la edad adulta puedan hacerlo con todos los mecanismos y recursos necesarios para llevar una vida serena y plena.

Sara Arboleda

Culturalmente hemos cargado negativamente el oficio de ser padres, creemos que la gigantesca responsabilidad de enseñarle el mundo a un nuevo ser debe estar marcada por nuestras experiencias personales y quizás no es nuestra culpa, pues hemos crecido inmersos en una violencia recalcitrante que se ha normalizado rebozando nuestro entendimiento. 

Pero definitivamente sí es nuestra responsabilidad ser actores del cambio en esta nueva generación, tomar acción frente las formas de relacionarnos con nuestros hijos, deconstruir esos imaginarios que nos han vendido sobre la fuerza, los golpes y la sangre como sinónimos de aprendizaje y construirnos un nuevo futuro en el que entendamos que no todos vamos al mismo ritmo y que eso está bien, un futuro donde la prioridad del aprendizaje sean los valores, el amor propio, las emociones.

Reconocernos en nuestros hijos como seres de aprendizaje que transitamos juntos, es un trabajo arduo porque implica reconocer que no necesariamente somos iguales, así en el fenotipo y la genética haya tantas similitudes.

El hecho de que nuestros niños cuenten con una ley que prohíba el castigo físico es un avance en el reconocimiento de los peligros que implica seguir siendo una sociedad violenta y es un gran paso para cuestionar nuestras ideas sobre familia, crianza, paternidad y maternidad. Un debate sumamente necesario en el que debemos entrar padres y cuidadores, para que el privilegio de amar no sólo sea una tarea de abuelos.

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