Dystfolk: el universo del Champewave y la herencia de la cultura picotera
El Champewave parece un género nacido en internet, pero su historia comenzó mucho antes de que existieran las plataformas digitales. Empezó en los barrios donde los picós hacían circular discos africanos y caribeños, en las esquinas donde la champeta dejó de ser solo un género para convertirse en una forma de identidad popular y en la intuición de que el futuro no siempre está adelante: a veces permanece escondido en las raíces.
Esa es la idea que atraviesa el trabajo de Dystfolk, un colectivo barranquillero que desde hace varios años explora el diálogo entre la cultura picotera, la electrónica, el trap y las estéticas digitales para construir un lenguaje propio. De esa búsqueda nació el Champewave, una corriente que reúne la potencia rítmica de la champeta con las atmósferas del vaporwave, el lo-fi, el UK Garage y el house, no como una suma arbitraria de influencias, sino como la continuación de una historia que el Caribe colombiano lleva décadas escribiendo: la de convertir los sonidos que llegan de afuera en algo profundamente suyo.
Una visión antes que un género
Mucho antes de que el Champewave comenzara a circular en TikTok o a despertar la curiosidad de oyentes fuera de Colombia, existía una idea compartida entre un grupo de amigos en Barranquilla. No se trataba de inventar un sonido por el simple hecho de ser novedoso. Se trataba de preguntarse qué ocurriría si la electrónica, el trap o el hip-hop dejaran de mirar únicamente hacia Estados Unidos o Europa y comenzaran a dialogar con los ritmos que siempre habían estado presentes en el Caribe colombiano.
Ese fue el origen de Dystfolk. El colectivo está integrado por Carlos Robles, director creativo y gestor del proyecto; Jeffrey, productor musical y principal arquitecto de su identidad sonora; y los artistas Don Dylan y Torrente. A su alrededor se ha ido tejiendo una red de colaboradores como Volteao, Juan One, Carrizal, Toukixantana, Juan Montana y otros músicos que comparten una misma inquietud artística.
"Nuestra visión siempre fue mezclar nuestros ritmos caribeños y colombianos con géneros del exterior", explica Carlos Robles. "No era hacer una fusión por hacerla. Era entender que ahí había un lenguaje nuevo."
Ese lenguaje comenzó a construirse desde la autogestión: estudios caseros, eventos independientes, producción audiovisual propia y una comunidad de artistas que entendió que las escenas culturales no aparecen cuando la industria las descubre, sino cuando alguien decide construirlas desde abajo.
La cultura picotera siempre estuvo mirando al futuro
Hablar del Champewave implica hablar de la cultura picotera. Desde mediados del siglo XX, los puertos de Cartagena y Barranquilla recibieron miles de discos provenientes de África y el Caribe que terminaron sonando en enormes sistemas de sonido conocidos como picós. Aquellos equipos no solo amplificaban música: también funcionaban como espacios de encuentro, circulación cultural y apropiación colectiva.
Mucho antes de que existieran los algoritmos de las plataformas digitales, el picó ya recomendaba música. Fue allí donde el Caribe colombiano descubrió géneros como el soukous congoleño, el highlife ghanés o distintos ritmos afrocaribeños que terminarían transformándose, con el paso de los años, en la champeta.
Por eso, para Dystfolk, el Champewave no representa una ruptura con esa tradición, sino una continuación de la misma lógica cultural. "Donde mucha gente ve que algo no es posible, nosotros lo hacemos posible", afirma Robles. "Lo que hacemos es conectar sonoridades."
Del vaporwave al Champewave
Si el vaporwave convirtió la nostalgia digital en una estética, el Champewave hace algo parecido con la memoria sonora del Caribe.
El primero nació en internet reutilizando sintetizadores ochenteros, música ambiental y paisajes sonoros ralentizados para construir una crítica melancólica a la cultura digital.
El segundo toma la fuerza rítmica de la champeta, la rodea de sintetizadores, texturas lo-fi y atmósferas electrónicas y propone otra manera de imaginar el futuro desde el Caribe colombiano.
Cuando Jeffrey produjo la primera maqueta de Champewave, Carlos sintió que todas las búsquedas de los últimos años encontraban finalmente una forma concreta.
"Esto solidifica la visión que llevamos construyendo. Este es nuestro sello"
El resultado no pretende reemplazar la champeta tradicional sino demostrar que la tradición sigue viva precisamente porque puede dialogar con nuevos lenguajes.
Guarapowave: el under del under
Dentro de ese mismo universo apareció otra exploración: el Guarapowave. Mientras la champeta logró expandirse mucho más allá del Caribe colombiano, el guarapo continúa siendo uno de los sonidos más propios de la cultura picotera barranquillera. Surgido alrededor de los picós y profundamente ligado a los barrios populares de la ciudad, conserva un carácter mucho más de nicho.
"El guarapo es el real under del Caribe", explica Torrente. "Muchísima gente ni siquiera sabía que existía como género". De esa exploración surgieron canciones como Ay Chuchi, donde conviven la estructura del guarapo, el flow del trap y las atmósferas construidas desde el Champewave.
No es casual. Para el colectivo, las raíces no funcionan como un límite creativo sino como un punto de partida.
La identidad nacional popular también se produce
Hay una idea que atraviesa constantemente las conversaciones con Dystfolk: la identidad no es un objeto inmóvil. No existe para ser conservada intacta, existe para transformarse.
Durante décadas, buena parte de la música colombiana entendió la modernidad como un proceso de importación estética. Dystfolk propone exactamente lo contrario, asumiendo que la modernidad también puede construirse desde las periferias, desde los barrios populares, desde la cultura picotera y desde las músicas que históricamente fueron marginadas por los circuitos oficiales.
En esa lógica, el Champewave no solo propone un nuevo sonido, también plantea una forma distinta de entender la identidad nacional popular superando la lógica del "epertorio folclórico" congelado en el tiempo para entenderlo y materializarlo como un proceso vivo donde la champeta puede conversar con el house, el trap, el UK Garage o el vaporwave sin perder su lugar de origen.
Una escena construida desde la autogestión
Antes de viralizarse, Dystfolk ya llevaba años organizando eventos independientes, produciendo discos, desarrollando propuestas audiovisuales y creando redes entre artistas del Caribe colombiano.
La autogestión nunca fue una etapa previa al éxito y es el lenguaje mismo del proyecto. Por eso el colectivo insiste en compartir procesos, herramientas y formas de producción con otros artistas. El objetivo nunca ha sido proteger una fórmula.
Ha sido abrir un camino para que nuevas generaciones encuentren otras maneras de relacionarse con la champeta, el guarapo y la cultura picotera. Como resume Carlos Robles: "Uno crea para la posteridad."
Del barrio al patrimonio
Mientras buena parte de la industria persigue el siguiente algoritmo, Dystfolk parece perseguir otra cosa.
La posibilidad de que una canción sobreviva."No basta con sonar en Spotify", dice Carlos.
"Nuestro sueño es escuchar estas canciones dentro de diez años en un picó como El Coreano o El Imperio."
Porque, para ellos, el verdadero reconocimiento es que la música deje de pertenecer al artista y pase a formar parte de la memoria colectiva.
Una noche para escuchar el Champewave
Ese universo podrá escucharse en vivo con Juan One, quien presentará canciones como "Tú estabas chapeta", una de las piezas que mejor representa esta nueva ola y que reúne las voces de Juan One, Angel Dumile, Carrizal, Toukixantana y Juan Montana.
La cita será desde las 8:00 p. m. en La Mecánica, donde Torrente participará como artista invitado en una noche que promete acercar al público a uno de los movimientos más interesantes que está emergiendo desde el Caribe colombiano.
Porque quizá el mayor aporte de Dystfolk no sea haber encontrado un sonido nuevo.
Sea recordar que Colombia nunca dejó de tenerlo.
Y porque siempre serán las periferias del país, de las ciudades, del mundo las que pongan al mundo a moverse a su ritmo.