Las babushkas de Chernóbil: el grupo de mujeres que desafió la radiación y el olvido
El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil explotó, liberando una carga de radiactividad que transformó el norte de Ucrania en uno de los lugares más tóxicos del planeta.
Ante la magnitud del desastre, el gobierno de la antigua Unión Soviética ordenó el desalojo inmediato de más de 350.000 personas, creando un perímetro de seguridad de 30 kilómetros conocido como la Zona de Exclusión o la "Zona Muerta". A los habitantes se les dio una instrucción simple: tomen solo lo imprescindible para tres días.
Pasaron los días, las semanas, y la medida temporal se convirtió en un destierro definitivo. Para miles de campesinos que jamás habían salido de sus tierras, el traslado a bloques de cemento en ciudades desconocidas como Kiev no fue una salvación, sino una condena al desarraigo, la marginación y el hambre.
Quiénes son los "samoselys": el regreso clandestino a Chernóbil
Contra toda lógica científica y militar, unos 1.200 habitantes decidieron que no morirían de tristeza en tierra extraña. Así nacieron los samoselys o colonos: personas que, burlando la vigilancia del ejército y caminando kilómetros por senderos ocultos, regresaron a sus hogares para romper la ley y retomar sus vidas.
Para 2016 (30 años después) según los reportes, quedaban con vida al menos un centenar de estos colonos, en su mayoría mujeres de entre 70 y 80 años que el mundo conoce hoy como las babushkas de Chernóbil.
Estas mujeres habitan un paisaje donde todo —el agua, la tierra, los animales y hasta los viejos retratos familiares— está impregnado de partículas dañinas que tardarán 24.000 años en desaparecer. Para ellas, sin embargo, la amenaza de una radiación que no pueden ver no es nada comparado con el hambre y el olvido que conocieron durante la persecución nazi y el brutal Holodomor impuesto por Stalin.
¿Cómo viven las babushkas en Chernóbil?
La vida cotidiana de estas abuelas es un ejercicio de resistencia extrema y soledad. En aldeas que a menudo cuentan con una sola habitante, pasan los días cultivando huertos, criando gallinas y preparándose para inviernos donde las nevadas las dejan completamente aisladas del mundo.
En esta zona olvidada por el Estado, los ataques de lobos y jabalíes son una preocupación más inmediata que el riesgo de desarrollar cáncer o los problemas de tiroides que muchas ya padecen. De vez en cuando, reciben la visita de militares que pasan medidores de radiactividad por sus cuerpos, pero que ya no ponen impedimentos a su estancia, considerándolas el último eslabón de una línea de sangre que no tendrá descendencia en ese suelo.
Resulta un misterio para la medicina que la tasa de mortalidad de estas mujeres sea menor que la de los evacuados que nunca regresaron. Los investigadores sugieren que existe un factor de bienestar psicológico que compensa la exposición tóxica: mientras que quienes se quedaron en las ciudades se hundieron en traumas psicológicos, alcoholismo y depresiones, las babushkas recuperaron su autonomía y su propósito vital al volver a su tierra.
No son necesariamente negacionistas; muchas viven con dolores continuos y han visto morir prematuramente a sus familiares, pero han elegido vivir y morir junto a sus ancestros. Prefieren la libertad de su granja, con todos sus peligros, a la seguridad estéril de un apartamento donde no son nadie.
La presencia de estas mujeres es el último latido de un territorio que pronto se convertirá en un cementerio eterno y un destino para el "turismo radiactivo"; para 2030, según las cuentas, ya no quedaría ninguna babushka con vida.
La valentía de las Babushkas no fue un acto de rebeldía política, sino el ejercicio supremo del poder femenino: el derecho innegociable a proteger el hogar y la memoria, demostrando que el espíritu humano puede florecer incluso donde la ciencia dice que la vida es imposible.
Puedes ver con más detalle esta historia en la miniserie de HBO Max: The Babushkas of Chernobyl (2015).