Tiempos de cacerola

Cacerolazo, caceroleo o cacerolada. En la calle o en la casa. ¿Usted cómo lo conjuga?

El día que pisé por primera vez Buenos Aires, Argentina, había cacerolazo. Era diciembre del 2001, yo acababa de cumplir 18 años y gracias a la música (que siempre me ha llevado por las autopistas de la vida) llegué al Sur para conocer la cuna del Rock en Español después de haber ahorrado durante un año, con mi primer trabajo. 

Lo primero que encontré no fue un disco, ni un concierto, ni una guitarra, ni una batería, mucho menos un micrófono. Mi primer encuentro sonoro con el sur fue una cacerola. Muchas cacerolas retumbaban en el centro de la ciudad de Buenos Aires. 

Las mismas que 700 años atrás (o más) sonaron en Europa a través de los encuentros "Charivari" para denunciar injusticias en pueblos y vecindarios. Las mismas que salieron de las cocinas de América Latina en Chile, 1971, cuando un grupo de mujeres de derecha lideraron la "marcha de las ollas vacías" ante la crisis económica y el desabastecimiento en el gobierno de Salvador Allende. De ese cacerolazo hasta canciones salieron. Como la de Quilapayún que decía : “La derecha tiene dos ollitas, una chiquita, otra grandecita. La chiquitita se la acaba de comprar, esa la usa tan solo pa' golpear”.

Años después esas cacerolas volvieron a sonar en Chile. En el 83 las cacerolas sonaban contra el gobierno de Augusto Pinochet. Cuentan que aquella vez, ante la amenaza de una matanza, el país entero hizo sonar las cacerolas desde sus casas. 

Ese mismo año nací yo en Colombia. Octubre de 1983. Del país en el que crecí no tengo recuerdos de cacerolas. Sí de persecuciones, desaparecidos, secuestros y bombas. Sonidos y silencios que también tienen nombre, que aturden y ensordecen. 

Nunca me imaginé que 18 años después, empujada por la música iba a aterrizar en el sur para presenciar uno de los cacerolazos más fuertes que ha tenido el continente. Tiempo del corralito, presenciarlo fue duro, real, conmovedor e inolvidable. Mucho más a esa edad, en un país que tanto había idealizado. De ese viaje me traje más ímpetu que canciones. Y sonidos de cacerolas, de muchas cacerolas.

Hoy vivo una Colombia con cacerola en las calles. La que muchos llevan en sus maletas desde el 21 de noviembre del año pasado. La que muchos defienden y reivindican como herramienta sonora, democrática y transformadora. Y que otros señalan como un sonido que aturde y llama la energía de la carencia, la falta de sustento. 

Y sí, cada uno con sus razones. Porque es claro que la cacerola denuncia la carencia que vive. Y por eso reclama estar llena y pide para todes. Hay para quienes la cacerola más que femenina es feminista. Sonora, sorora, guerrera, reivindicativa, adolorida. Y aunque sola reclama, en conjunto se espera propósitiva. Tal vez por eso las nuevas generaciones a las cacerolas han sumado tambores, panderetas, guitarras, muchos instrumentos, canciones y consignas que buscan ser propositivas.

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