Nos quedamos sin Paul McCartney (texto de resignación)

Un texto para ayudarle a la resignación y reflexionar sobre lo sucedido. Nos quedamos sin McCartney.

No sé ni por dónde empezar. Desde que tengo uso de razón he escuchado la música de Paul McCartney. Muy seguramente cuando estaba dentro del vientre de mamá, papá ponía a todo volumen algún compilado de Los Beatles, en casete grabado por él mismo, o en CD con notas en la contraportada. Siento que así debió ser.

Y así empezó todo esto. A uno le pueden gustar muchas bandas, muchos artistas, muchas canciones, muchos géneros, pero en realidad uno se enamora, desde lo más profundo de su corazón, de muy pocos. Eso me pasó a mí con McCartney, y si bien ese amor se lo debo a sus letras, a su música, a él mismo y a mi padre, debe haber algo en mi subconsciente que me ata al eterno Beatle (tal vez una vida pasada).

No tengo claros los recuerdos de qué fue lo primero que escuché en mi vida musicalmente hablando, pero de algo estoy completamente seguro: de niño viajaba en el carro de la familia escuchando Dur Dur D'être bébé de Jordy (el francesito que con 3 años ya era un fenómeno mundial), escuchaba salsa (intrigado por tanto sonido y color) y sentía algo especial cuando veía a mi papá escuchar a McCartney, a Lennon, a Ringo y a George; lo recuerdo como si fuera ayer, lo tengo grabado en algún lugar de mi memoria y de mi corazón.

Cuando The Beatles se reunieron en 1994

De ahí (años 90) en adelante, no he parado de escucharlos, y sobre todo a él, a McCartney, con sus grupos y en solitario. Ha estado rodeado de muchas, muchas otras cosas en mis listas de reproducción (físicas y digitales), y siempre ha sobresalido, firme, leal a mí, y yo a él, presente, como si fuera parte de mi familia. Su voz, su forma de cantar, su forma de hablar, su forma de pensar, su historia, su vida, su ser... Paul McCartney siempre ha estado ahí, siempre.

El 19 de abril del 2012 fue la primera vez en toda la historia que ‘Maca’ ofreció un concierto en Colombia. Después de más de 50 años, el artista vino para cumplirle un sueño a los miles de asistentes al estadio El Campín de Bogotá, y a los otros miles que pudieron verlo y escucharlo a través de medios, como Radiónica, por ejemplo.

Yo no fui, no pude, no tuve cómo, y aunque fue muy frustrante ver y escuchar comentarios, personas extasiadas con uno de los mejores conciertos en la historia del país, sabía que existiría una revancha.

Cinco años después, esa revancha llegó. En junio de 2017, gracias a mi trabajo en la emisora, me enteré de que Paul McCartney regresaría a Colombia. El artista de mi vida, mi Beatle favorito, uno de los mayores compositores de rock y de los rockeros legendarios que aún quedan con vida, vendría por segunda ocasión.

Sin pensarlo dos veces llamé a mi viejo y le dije que de alguna manera compraría las entradas. Se puso feliz, era su regalo de cumpleaños, y era el reconocimiento por haberme enseñado su música. Las compré, no importó cómo pero las compré, era la revancha, era la oportunidad de poder verlo en la tierra donde nací y junto a la persona que me lo presentó.

Preparamos todo, porque a diferencia de la anterior, para los que vivimos en Bogotá esta vez había que hacer una importante labor de producción ya que el concierto sería en Medellín, y no voy a decir mentiras, es una plaza difícil y más para un artista como McCartney. Si bien experiencias como las de Madonna o Guns ‘N’ Roses habían sido positivas, este no sería el caso. ‘Maca’, de 75 años, ya había venido a Colombia hacía relativamente poco y era muy difícil que un público más cercano a otros géneros comprara boletas. Y peor aún, que los que ya lo habían visto en Bogotá, se gastaran dinero extra en tiquetes y hotel en la capital antioqueña.

A papá no le importó, se adelantó y compró tiquetes lleno de ilusión. A pesar de la difícil situación del concierto (porque desde el comienzo fue riesgoso), y a pesar de la desorganización, de la falta de comunicación, de promoción y de lo ambiciosos que fueron sus empresarios, todos nos llenamos de ilusión.

Por esos días ya se habían anunciado los conciertos en Colombia de Arcade Fire (5 de diciembre), Sigur Rós (2 de diciembre), Green Day (17 de noviembre) y U2 (7 de octubre), sobreoferta que no me molesta pero que sin duda afecta la creciente industria de los espectáculos musicales en Colombia e impacta los bolsillos de quienes pagan por la experiencia de la música en vivo; meses después se anunció también la primera visita de Bruno Mars al país y todo se fue al carajo, y no estoy diciendo que por culpa del talentoso Bruno pasó lo que pasó, pero sin duda el concierto y su seductora experiencia contribuyó a que pasara lo que hoy lamentamos.

A comienzos de la presente semana y a tres de la esperada fecha, empecé a escuchar rumores sobre la posible cancelación del concierto de McCartney. No lo quise creer, me rehusaba a hacerlo. Vi el Metro de Medellín vestido con publicidad del concierto y dije: “esto no lo harían si fueran a cancelar, o a caso ¿cuánto vale brandear el único Metro del país?”.

Al día siguiente, el martes, me enteré de algo que presentía pero ignoraba, el concierto fue “pospuesto” por “problemas de producción imprevistos”… Pensé en cada uno de los momentos en los que he escuchado la música de este señor, y me puse a llorar, en mi casa, mientras hacía historias en Instagram que no servían para nada más que mostrar mi dolor e indignación por lo sucedido. El concierto había sido cancelado.

Por primera vez en 50 años (y que se sepa oficialmente), a ‘Maca’ le cancelaron un concierto por BAJA VENTA DE BOLETAS, porque esa fue la verdadera e increíble razón. Que a un miembro de una de las tres bandas más importantes del rock le cancelen un concierto porque la gente no compra sus entradas, deja mucho qué decir y qué pensar.

Pero yo no voy analizar el por qué de lo que pasó, no. Yo simplemente escribo esto para expresar mi dolor, y más enfáticamente, mi resignación. Y no me resigno a no poder verlo, porque iré a donde sea para verlo cantar, me resigno a no poder verlo en mi país y con mi gente. Qué bonito habría sido escuchar New en el Atanasio Girardot. Qué bonito habría sido verlo sentado en su piano tocando Hey Jude. Qué bonito habría sido escucharlo decir “¡Buenas noches Medallin!”. Qué bonito habría sido para la ciudad tenerlo entre sus montañas. Qué bonito habría sido estar al lado de mi papá cantando a uno de los más grandes. Qué bonito habría sido todo, pero no fue, y no lo será, por lo menos no en el presente ni en el futuro cercano.

Las cosas pasan. El mundo no se acaba con este suceso. Hay problemas, problemas de verdad, lo sé. Pero este hecho (y algunos cuantos) me destrozaron el corazón y no queda de otra que irme...

Me voy a ver a Paul McCartney a otro lugar porque en Colombia no se pudo. Me voy buscarlo, a cumplir un sueño afuera ya que en mí país las cosas están al revés, y si soy ese fan que describo al principio, no me puedo quedar sin verlo.

Espero, de corazón, que las personas que se quedaron con la ilusión de ver a McCartney en Colombia puedan recuperarla, y que lo sucedido sirva como una señal para analizar las formas en que se están programando los conciertos en Colombia, quizá sea necesario revaluar el precio de los productos buscando lo elemental, un equilibrio entre la oferta y la demanda.

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