Así es la era de la hipermúsica

La música la llevamos en el bolsillo. Incluso, ya le escribimos a un artista para decirle si nos gustó o no su nueva canción.

El rol de la música y su transformación en pleno siglo XXI, evidenciable en las múltiples formas de la creación, producción, circulación, consumo y difusión, nos ha puesto en un nuevo escenario: el de la hipermúsica.

Sí, la hipermúsica. Así la llamó en un principio el investigador Rafael Márquez (2010) para referirse a la música en la era digital, esa que primero fue concebida desde la creación sonora a partir del computador personal pero que luego evolucionó impactando profundamente los procesos comunicativos y de gestión de los artistas. Otro significado del término lo ofrece la corporación Colombia Digital (2012) definiéndola como aquella que utiliza medios electrónicos durante su producción. Incluso otros la han bautizado como música instantánea. 

Pero, ¿cómo entender esa hipermúsica, música digital o instantánea? Devolvámonos hasta mediados de los años 90.

En aquel entonces el seguidor de un grupo musical como Nirvana o Kraken dependía de la labor de promoción de una disquera para que en el ciclo de la difusión un promotor llevara un nuevo álbum a una emisora o un videoclip a un canal de televisión y entonces a partir de ahí, empezaban las fases de difusión: estrenar el sencillo, lanzar el videoclip y esperar a que un periódico local o nacional se dignara a reseñar el disco. ¡No había otra forma de acceder a la información!

Eso en el caso de los artistas firmados por sellos. Porque en la otra orilla, en el lado de los músicos independientes, es decir, aquellos que parten de una filosofía del hazlo tú mismo (Do It Yourself DIY) y no han contado con respaldo económico de ninguna marca, sello disquero o mesías, la llegada a los ya citados medios tradicionales era tarea difícil por el poco interés y el desconocimiento en general de programadores, sumado a los altos costos de pauta, por ejemplo, para anunciar un concierto.

¡Pero eso cambió con la llegada de internet!, pues en palabras de la investigadora Claudia Lamacchia, “ante la imposibilidad de acceso en la prensa y en los medios audiovisuales para determinados contenidos, Internet se presenta como un medio que ha acogido con total naturalidad a la música independiente”.

Así que en pleno siglo XXI y con el desarrollo de las TICD –Tecnologías de la Información y la Comunicación Digitales- y la web social, el alcance del concepto hipermúsica se multiplicó; además de las herramientas ofrecidas desde el computador personal y su rol puntual para producirla, la transmisión de la música ha encontrado diversos canales para ser escuchada, comentada, compartida, promocionada y difundida. De YouTube a Instagram, de Spotify a Facebook, del correo electrónico a una USB o un envío vía Wetransfer, lo real es que las formas de circulación y difusión de un álbum, por ejemplo, son múltiples en comparación con la década de los 80, 90 o apenas entrado el siglo XXI cuando los canales eran los medios tradicionales como la televisión, la radio y la prensa escrita.

Hoy no importa si esa música es escuchada en formatos análogos, digitales o en un concierto: impactan de igual manera y emocionan sea desde una plataforma de videos, otra de streaming musical o ya sea desde un disco en vinilo.

¿Qué ha mutado? En pleno siglo XXI, además de la producción y transmisión de la música, hay algo que la hace especial y es la posibilidad de ser comentada, compartida y puesta a consideración: por medio de la redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram, por ejemplo, el cancionista Andrés Correa pone en consenso la carátula, el intro del primer sencillo o el título de un disco próximo a lanzarse. Desde esa lógica, las TICD afianzan en la música la posibilidad de ser también “hipermúsica”.

Y hay más. Esta hipermúsica explica que los discos o las canciones favoritas puedan llevarse a todos lados en el bolsillo gracias al celular o a un dispositivo de almacenamiento como el Ipod; gracias a esta súper presencia de la música, ahora un usuario puede escuchar un nuevo disco de Sigur Rós, Metallica o Zoé lanzado en Europa al igual y casi en simultánea –hay que jugar con los hararios- que otra persona de Perú, Estado Unidos o Japón.

Y favoreciendo esta dinámica, hoy habitamos un momento histórico de la ‘sociedad de la ubicuidad’, aquella donde prima el principio la conectividad bajo el principio de “anyone, anywhere, anytime” (cualquier persona, en cualquier lugar, en todo momento). ¡Siempre conectados!

Ilustremos: eso nos permite estar en tres realidades y con audiencias diferentes: Tuit del concierto, foto con un artista que se encontraba en el público y que va directo a Instagram y, por último, Facebook Live de la canción que amamos…

“La hipermúsica es el arte sonoro de nuestra época, cuando la música está contigo todo el tiempo, la cargas en el bolsillo, la encuentras donde quieres, la puedes crear más fácilmente y con un repertorio de sonidos cada vez más amplio y no se limita a la experiencia sonora sino que trasciende a otros espacios sinestésicos”, opina sobre el tema el músico Mauricio Franco.

A su vez, un videoclip, el afiche de concierto, un disco o una canción recién lanzada de Mujercitas Terror, I.R.A o Caifanes, todo puede comentarse a través de redes sociales como Facebook, compartirlo en Twitter, crear una lista de reproducción, generar un post para un blog personal… la hipermúsica cambió la experiencia con los artistas, sus creaciones y el relacionamiento y la participación del público.

Y ahí podemos hablar del consumidor que se convierte en prosumidor (creador y productor de contenidos) musical; un fan activo, crítico, propositivo e incluso veedor, por ejemplo, de la promesa de Frankie ha muerto de lanzar una canción X día; si no lo hace, ahí está su audiciencia para decirle en redes sociales: “Ey, ¿nos quedamos esperando la canción? ¿Qué pasó?”.

Para traducir lo dicho, la edición No. 43 de 2014 de la Revista Comunicar explica que “frente al papel tradicional de la audiencia como sujeto pasivo, como receptor del mensaje representado en el esquema clásico de la comunicación, los medios digitales han permitido que el receptor ocupe con frecuencia el lugar del emisor –capaz de emitir contenidos y compartirlos– sin dejar de desempeñar su lugar como consumidor de medios. Esta situación es la que dio lugar al concepto de ‘prosumidor’”.

Pero además de esa posibilidad de quien hemos llamado el prosumidor musical, la hipermúsica está vinculada –reiteramos, al compu personal- y a la conectividad, pero no solo para la creación musical sino también para la postproducción de un disco, la gestión de conciertos a través de reuniones de skype –por ejemplo, la publicación de videoclips, la interacción y participación con su grupo base de fans –sus prosumidores- y claro, para el diseño gráfico y de las carátulas de sus discos.

En su libro Música, tecnología y autenticidad: transformaciones en el modo de escuchar y producir música en el underground quiteño, bien lo dice Luis Medina: “el espacio cibernético es ahora el medio más importante para la difusión de propuestas musicales, especialmente para los artistas underground”.

Por todo lo descrito hasta acá, es apenas lógico que los músicos se han convertido en los primeros difusores de la información de sus agrupaciones. De ahí la importancia de asimilar, estudiar y aprovechar el nuevo escenario digital donde la dinámica de la hipermúsica ha servido para afianzar los procesos de la música independiente, las creaciones y sus acciones de autogestión; al respecto, Claudia Castro en su ponencia “La música está en todas partes”, contribuye a ampliar esta idea diciendo que “hoy día un grupo de música de fusión en Bogotá puede grabar su propio demo, pero además gracias a la digitalización puede crear un blog o un myspace y difundir sus propios trabajos sin necesidad de algún intermediario en todo este proceso –salvo por las empresas de internet y cable que casi siempre terminan ganando”.

En síntesis, hay en la hipermúsica una oportunidad de construir nuevas audiencias, vender los discos, anunciar conciertos, dialogar con los fans y proponer co-creaciones, entre otras variables, pero lo más importante en todos los casos es no perder el potencial de libertad y autonomía desde la apropiación y los usos que se da a la tecnología en particular desde la música. Es decir, los músicos y sus equipos de trabajo –administradores de redes sociales, mánagers, comunicadores- deben estar alertas a las posibilidades pero siempre desde un juicio reflexivo, sin perder el contacto directo con su público en los conciertos, en los bares y en síntesis, en la vida cotidiana.

Sí, cada vez son menos los intermediarios para que un músico independiente ponga a circular su música en una sociedad hiperconectada que permite comentar o compartir en todo momento; en ese entorno, cabe preguntarnos: En general, ¿Se han capacitado los músicos en Colombia para ese ecosistema digital? ¿Van más allá de postear en redes? ¿Crean estrategias? ¿Existe una burbuja que hace creer que la música llega a mucha gente pero no es así? ¿Cuál es el porcentaje real de escuchas en plataformas de streaming y cuántos grupos tienen un impacto positivo y no simbólico en su economía?

Nos seguimos acomodando al nuevo universo de la hipermúsica y todo está por descubrir.

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