“Lianne La Havas” de Lianne La Havas

El tercer disco de la artista londinense ya se enmarca como el más relevante de su discografía

Para el 2012 Prince ya había quedado impresionado con la voz de Lianne La Havas. Al poco tiempo ya tenían una sólida relación de amistad. En febrero de 2014, Prince la llamó  y le dijo que quería usar su apartamento en Londres, para hacer un pequeño e íntimo concierto. El evento acaparó la atención de los medios y el gesto colmó los titulares de prensa, poniendo a la cantante como la nueva apadrinada de la leyenda. Pero Prince no fue el último en darle su espaldarazo. Stevie Wonder, Alicia Keys, Erykah Badu y Coldplay, con quienes hizo una gira en el 2016 por Latinoamérica y Europa, le han otorgado sus reverencias a la londinense gracias a sus primeros dos discos: “Is your love big enough” (2012) y “Blood” (2015).

Pero desde “Blood”, un disco que hacía una profunda inmersión por sus raíces griegas y jamaiquinas, La Havas se había sumido en un silencio musical que duró exactamente cinco años. Un lapso en el que la muerte de su mentor Prince, de su abuela y  bisabuela, las giras y el término de una larga relación amorosa, calaron en su sentir artístico y fueron ineluctables a la hora de trazar el rumbo de su siguiente trabajo. Ese mismo que estrenó el pasado 17 de julio y que según la crítica especializada se enmarca como uno de los más relevantes de su carrera.

El disco lleva por nombre “Lianne La Havas”, una decisión que se lee como la declaración de estar entregando al público un reflejo de su ser, pues es el primer álbum producido totalmente por ella, con el soporte de su banda. Y se percibe así, en once canciones Lianne invita al oyente a una experiencia íntima; escuchar este disco es como meterse en un cuarto con Lianne y sus músicos y oírlos tocar en vivo, disfrutar de ello. Además de perpetuar su importancia como cantante, compositora, productora y por supuesto guitarrista, ella hace una narración completa de una experiencia amorosa fallida. Nos hace testigos exclusivos de su dolor en canciones como “Bittersweet”, de su lucha por alejarse de algo que daña con “Can’t Fight”, para al final darnos también acceso a su cierre, a su catarsis, con “Sour Flower”. Es una narración sincera del amor, con subidas, con bajadas y con la necesidad de parar para encontrar el amor propio.

Recuerda a Lauryn Hill en canciones como “Seven Times”, hace un cover magistral de “Weird Fishes” de Radiohead, hay acercamientos al R & B de los noventas que agrupaciones como Destiny's Child masificaron en su momento. Hay neo soul, jazz, groove, y pop. Proponerle una sola etiqueta a este álbum sería injusto. Lo cierto es que es un disco sincero, conmovedor, donde no se percibe una necesidad por alcanzar grandes números, sino por contar una historia. Es sobre todo el espejo de una mujer segura que esperó cinco años para lanzar el trabajo que fuera una fiel representación de sí misma.

 

 

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