Jhon Jairo Conde

San Cristóbal: La magia del vidrio

Entre buitrones y laderas, San Cristóbal traza un recorrido único en Suramérica; el del vidrio y su memoria.

En ocasiones el caminante que va por Bogotá puede sorprenderse ante la aparición de una casa emblemática porque sirvió como locación para una película o simplemente porque salvaguarda algún tesoro literario, bélico o natural. El centro y el sur de la ciudad, por su antigüedad, tienen la fortuna de contar con artefactos que despiertan el interés por historias de otro tiempo. Y en la localidad de San Cristóbal el vidrio (y el ladrillo, por supuesto) tienen la punta de un hilo que puede llegar, incluso, hasta épocas coloniales.

A finales del sigo XIX surgió en San Cristóbal la primera fábrica para hacer ladrillos. Ya a mediados de siglo XX las consecuencias del período conocido como "La Violencia" comenzaron a recalar en Bogotá, y la constante migración ayudó a poblar un barrio, como lo recuerda John Jairo Conde, maestro vidriero de la localidad, “vivimos en el barrio Ramajal, donde se veían muchas fábricas de ladrillo y tubo de Gress. Eso era un patio de juegos para todos nosotros porque hacíamos guerras de barro. Así conocimos los hornos de ladrillo por dentro, eran espectaculares”.

Conde es uno de los tantos que creció viendo el famoso buitrón de la Sidel, una construcción cilíndrica tipo chimenea de 50 metros de altura, adjudicada a un tal Sergio y a la ayuda del diablo, porque según cuentan bastaron tres noches para terminarlo. Leyendas urbanas aparte, lo cierto es que San Cristóbal es fuente inagotable de esa revolución arquitectónica que tiene al mundo como escenario: la transición del ladrillo al vidrio. Como dice Conde, “tal vez esa facilidad que nos dio el barro nos llevó a la plastilina y después al trabajo del vidrio. Nunca pensé que trabajaría el vidrio pero la vida se encarga de llevarlo a uno por donde ella quiere”.

Muy cerca a las fábricas de ladrillo que dejaron de operar por cuestiones ambientales y a pocas cuadras del espacio que ahora ocupan conjuntos residenciales, está ubicada la Quinta La Eneida, construcción de corte republicano que acoge desde 2010 al Museo del Vidrio, y que le hace honor con su nombre a la epopeya mítica escrita por el poeta romano Virgilio. 

“Mucha gente estudió en esta Quinta. También funcionó como laboratorio fotográfico e incluso pasó a ser set de grabación” cuenta Sandra Solano, encargada del Museo. Solano hace una invitación a conocer un museo comunitario que más allá de ser patrimonio vivo es un lugar que activa el sentido de pertenencia por la localidad y por la ciudad. “Yo creo que el museo tiene una injerencia y una apuesta política por el hecho de salvaguardar el patrimonio”, asegura.

Para acercarse a ese trabajo que el Museo expone, basta hablar con Jhon Jairo sobre su labor. Es consciente de que aunque la cultura vidriera no se conoce mucho, bastaría con que las personas se preguntaran cómo llegó el vidrio a convertirse en el vaso en el que toman el desayuno, “pero no sabemos qué historia hay detrás del vidrio, cuál fue su recorrido y su ruta hasta nosotros. Sabemos que llegó desde Venecia, pero hay que tener en cuenta que llegó en la Colonia y no sabemos si hubo guerras o matanzas a raíz de su aparición”. 

En el taller de John Jairo trabajan la parte decorativa y la funcional. Trabajan con borosilicato, el mismo vidrio con el que se trabajan los materiales de laboratorio. Lo encuentra maleable ya que es un material que no es resistente al calor ni es poroso. Y en caso de que la pieza final no sea la requerida, el material se puede fundir para crear otra. 

Mientras admira algunas de las piezas más grandes que tiene en su taller, algunas de hasta 40 centímetros de alto por 20 de ancho, Jhon Jairo cuenta un detalle histórico que no es menor; las canicas (conocidas en Bogotá como bolitas de pikis) fueron importantes durante la Conquista. Los piratas y los conquistadores llenaban los barcos con miles de bolitas de vidrio para ganarles la batalla a los indios. 

“Los maestros vidrieros queremos que reconozcan a San Cristóbal como epicentro del vidrio en Bogotá, trabajamos para eso”, dice.

Artesanos como Conde saben que el tiempo pasa rápido, pero tanto él como los demás maestros saben que su tarea estará completa cuando algún visitante, turista o caminante, pase por San Cristóbal y entienda que el vidrio es relevante. Así, cuando les hablen de La Eneida, al menos haya lugar a la pregunta ¿la de Virgilio o la de vidrio?

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