Puente Aranda: Distrito Grafiti

El pantone de las zonas industriales bogotanas fue monocromático. Pero ahora, y gracias al muralismo, el hormigón cobró vida.

Cuando María Gaínza escribió que “en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo en el arte”, no solo se refería a la sensación que invade a quienes son víctimas –o son bendecidos– por el síndrome de Stendhal al estar en un museo.

La calle, ese espectro urbano sin dioses, también logra que las personas sientan ‘algo’ en el instante en el que se encuentran ante una obra de arte de gran formato en medio del caos bogotano. 

 

 

En este caso, la zona industrial de Puente Aranda, en la avenida de las Américas entre carreras 53 F y 54, cuenta con más de cuatro mil metros cuadrados de ladrillo y hormigón cubierto por el trabajo de más de veintiún artistas del grafiti y el muralismo, nacionales e internacionales; Ledania, Sabotaje al Montaje, Pez, Farid Rueda hasta el colectivo A Tres Manos (Deimos, Ceroker y Mugre Diamante), Flip, Vital y la Plaga han dejado su huella en los muros de esta localidad. 

Desde hace cuatro años, el festival Distrito Grafiti ha intervenido esta zona de la ciudad para convertirla en un pasaje que nada tiene que envidiar a Wynwood Walls. Si se camina por sus calles es imposible no parar y ver alguna de las piezas que suelen medir nueve metros de alto por seis de ancho y que varía en color, técnica y estilo. 

La iniciativa de la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, y el Instituto Distrital de las Artes (IDARTES), ha logrado que Puente Aranda cuente con el museo a cielo abierto más grande de grafiti en Suramérica, lo cual solo reafirma a Bogotá como la capital de este arte urbano en América Latina. 

El colectivo A Tres Manos (Deimos, Ceroker y Mugre Diamante) son viejos conocidos de la movida artística nacional. Su trabajo es fácil de reconocer, pues en sus piezas convergen los estilos de cada artista; las barbas de Ceroker, las mujeres de Mugre y el lettering de Deimos, todo para conformar piezas sólidas ubicadas desde Puente Aranda hasta la estación Alejandro Echevarría, en Medellín. 

Aerosoles, boquillas, andamios, brochas y litros de pintura conforman una tradición que se ha arraigado en el adn del arte bogotano. Sobre todo en las zonas monocromáticas que abundan en la ciudad. Los días en los que el grafiti era interpretado como puro vandalismo están muy lejos. Hoy, los decretos 075 de 2013 y 529 de 2015 regulan todo lo que tiene que ver con la práctica del grafiti. La inversión de capital para restaurar zonas industriales y darles vida a través del trabajo y las propuestas de estos artistas son parte de una realidad que acepta la importancia de estas obras de mediano y gran formato urbano en la construcción de ciudad. 

El ritmo febril de Bogotá demanda una respuesta acorde. Por eso, en palabras de Ceroker, el grafiti es revolución. Y en esta localidad, los edificios tienen vida. El cemento y el ladrillo han dejado a un lado su naturaleza cromática y se han convertifo en gigantes que atrapan incautos con su magia. 

Tal ha sido la revolución que, como lo menciona Mugre Diamante, en noviembre de 2019 la estación de Transmilenio que conecta con este sector de la localidad pasó a llamarse Distrito Grafiti. El arte traspasa, una vez más, los límites físicos que muchas veces se instalan dentro de las expresiones artísticas. 

Puente Aranda no tiene murales que se borran con los fuertes aguaceros capitalinos. La lluvia, como los transeuntes y habitantes de la localidad, es una espectadora más de uno de los destinos turísticos más visitados por los amantes del grafiti. Una serie de cuadras de fábricas y bodegas en las que se erigen, a la vista de todos, toda clase de seres; desde el retrato que hizo Matías Mata, mejor conocido como Sabotaje al Montaje, en el que se ve a un hombre de mediana edad, sonriente, con una camisa a rayas en distintos tonos de gris; hasta los característicos animales marinos de Pez; o los diseños aztecas de Farid Rueda. Todo un universo multicultural en el que descansan firmas y estilos de varios rincones del mundo. 

Los botes de aerosol se seguirán agitando, alimentando la percusión propia del grafiti, mientras artistas de todo el mundo escalan andamios para dejar una muestra de su trabajo en esta galería urbana. Un museo gratuito en el que la pintura se convierte en la protagonista del lugar y cuyos rincones están habitados por la imaginación y el arte de talla mundial. 

Puente Aranda cautiva a quienes transitan sus calles diariamente y reafirma la idea, ya aceptada por muchos, de que Bogotá es un destino ideal para disfrutar de las creaciones de decenas de artistas que resignifican la arquitectura misma a través de sus diseños.

 

 

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