Guillermina y Candelario: diez años de diálogo intercultural

La serie de Señal Colombia, que narra las aventuras de dos hermanos afro, llega a su quinta temporada con la cultura de paz como tema.

Se cumplieron diez años de Guillermina y Candelario, una serie animada en 2D, producida en Cali, en la que dos traviesos hermanos afrodescendientes exploran, experimentan y descubren su identidad en una isla imaginaria del Pacífico llamada Delfín. Viven con sus abuelos y, en sus andares, la serie nos va mostrando la biodiversidad de esta región del país, la vida cotidiana, sus colores, el mar y sobre todo el ritmo: los días de Guillermina y Candelario están atravesados por la alegría y la música. Cada capítulo hay una canción nueva con los sonidos del Pacífico, que va acorde a la temática que se esté tratando. Incluso la música incidental también corresponde a las sonoridades de este territorio. 

No son personajes, ni territorios, que acostumbren a ser protagonistas en las pantallas de la televisión colombiana, o incluso de otros países. Ganó un premio India Catalina y ha sido reconocida internacionalmente como uno de los pocos productos dirigidos a público infantil que reflejan a la población afro y su cultura, pasando además en el desarrollo de la serie a un diálogo intercultural. Varios estudiosos se han interesado en el programa y algunos capítulos en portugués han sido emitidos en canales de Brasil.

Los diez años vinieron con el lanzamiento de la quinta temporada, que vio la luz el 15 de agosto, y que saldrá sábados y domingos a las 10 am durante diez fines de semana por Señal Colombia. También pueden encontrar otras temporadas en RTVC Play. En la nueva entrega se incluyen otros personajes característicos de la identidad del Pacífico: los indígenas embera -otra población poco representada en la televisión-. Además el eje temático es la cultura de paz, arriesgándose a tocar temas como la violencia, los conflictos entre hermanos, vecinos y amigos, los estereotipos de género, entre otros. 

Aprovechando la coyuntura, hablamos con Maritza Rincón González y Marcela Rincón González, hermanas que, desde su productora Fosfenos Media, dan vida a Guillermina y Candelario. Ambas han estado detrás de numerosos proyectos: en 2007 hicieron el cortometraje El pescador de estrellas (2007), una historia de amor entre niños de una comunidad afrodescendiente del pacífico colombiano que obtuvo varios reconocimientos internacionales. O en 2017 hicieron el largometraje animado infantil El libro de Lila (2017), ganador de uno de los estímulos de desarrollo y producción de la Convocatoria Animación del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico –FDC–, solo por citar algunos. 

¿A qué necesidad responde Guillermina y Candelario?

Marcela: Hace más de diez años, cuando empezamos a pensar en el proyecto de Guillermina y Candelario, la televisión en Colombia era muy diferente a lo que es ahora. No había programas ni ningún contenido en televisión que hablara de las comunidades que habitan en el Pacífico colombiano, ni mucho menos de los niños que viven en estas poblaciones. Fue muy importante para el equipo sentir esa ausencia tan grande, el que los niños no se vieran representados en las pantallas. De esa gran necesidad surgió la idea de hacer una serie que fuera protagonizada por dos niños afrodescendientes que, a través de sus historias, sus aventuras y del contexto de ese territorio tan especial que es el Pacífico colombiano, se diera la oportunidad a que niños, niñas y muchas personas del país pudieran acercarse a la riqueza cultural de esa región del país. 
 

El Pacífico, que hasta la década del ochenta era conocido como un remanso de paz, donde incluso la violencia bipartidista tuvo muy poco impacto, pasó a ser un epicentro de conflicto, ¿cómo ha amenazado esto el tejido social y la cultura y qué papel pueden jugar proyectos como Guillermina y Candelario? 

Maritza: Nosotras como productoras, realizadoras y comunicadoras sociales, sabemos que en el Pacífico, así como hay cosas bonitas y maravillosas, hay cosas terribles. Eso sucede en cualquier parte del mundo. Obviamente el conflicto es un tema muy complejo, que atraviesa todo nuestro territorio e indudablemente algunos lugares y algunas zonas son más afectadas que otras. Y el Pacífico se ha visto más golpeado. 

Es difícil que un programa de televisión vaya a ayudar a que algo mejore, porque la realidad supera muchas cosas. Pero nosotras como creadoras y productoras de un proyecto de televisión infantil, que busca visibilizar cosas muy bonitas de las comunidades del Pacífico y de nuestros protagonistas afrocolombianos, buscamos la forma de sembrar semillas en nuestra audiencia, que además es el público infantil. Por eso en esta quinta temporada viene enmarcada en la temática de cultura de paz. Eso significa que pensamos en qué mensaje podemos dejar a niños y niñas en todo el territorio colombiano que cada vez están más expuestos a estas realidades crudas y fuertes del país. No son ajenos. 

Creemos que nuestro papel es dar algunas herramientas a través de nuestras historias para el manejo del conflicto. Y no tiene que ser el gran conflicto armado, conflictos que se dan entre los hermanos, entre el papá y la mamá, entre el nieto y el abuelo. Los llevamos al entorno más inmediato de los niños, a su familia y cotidianidad. Queremos dejar sembrada la semilla del diálogo, del respeto, del cariño, de la hermandad. Son valores positivos muy importantes en ese proceso de formación que están teniendo los niños, que empieza en sus hogares y que se extiende a sus colegios o comunidades. Ojalá se conviertan en valores arraigados en ciudadanos y ciudadanas para que que logremos tramitar cosas simples y complejas alrededor del conflicto en muchas dimensiones.
 

¿Guillermina y Candelario ha cumplido para usted más un papel de difusión de la cultura del pacífico hacia afuera o de difusión hacia adentro?

Maritza: Creo que de alguna manera ha cumplido ambas misiones. Aunque nuestra intención no es la difusión de la cultura del pacífico como tal, es algo que se da de forma intrínseca dentro de la propuesta narrativa y de contenido, al recoger la playa donde los niños viven, los aires musicales, la naturaleza, el manglar, la huerta. Entonces sí, de alguna manera cumplimos esa misión, pues hacía el interior del país muchos niños han conocido estas formas de vida a partir del programa. Eso nos lo han manifestado padres o docentes y es algo que nos parece muy bonito.

Pero al mismo tiempo, en el Pacifico, en algunas comunidades, los niños también logran reconocerse, que era uno de los sueños que teníamos al empezar con este trabajo. Hace diez años hicimos un corto que se llama “El Pescador de Estrellas”. Este rodó por el mundo entero, en festivales, en miles de cosas, y luego de dar toda esa vuelta volvimos a muchas playas del Pacifico a mostrarlo. Nos parecía muy irónico que el corto, grabado en esas playas, le diera la vuelta al mundo y que las comunidades cercanas no lo hubieran visto. Por eso hicimos un proyecto de difusión al interior del litoral, fue una bellísima experiencia y vimos lo poderoso que es reconocerse en pantalla. Así sea algo tan sencillo como un pescado frito o una bebida tradicional o una canción o un juego. 

 

 

¿Puede una serie como Guillermina y Candelario ayudar con la transmisión de la diversa herencia cultural del Pacífico?

Maritza: Nuestra apuesta sí tiene que ver con la valoración de los conocimientos tradicionales, de las comunidades afro. Sí tratamos que en nuestro programa haya un ejercicio de eso, que a través de las historias que contamos se pueda entrever ciertas características propias del Pacífico, o ciertas costumbres o ciertas creencias, o que se hable de alguno de sus mitos y leyendas. Hay niños que no conocían de eso, tanto de la misma zona, como de otras zonas del país. Queremos que lo respeten, valoren y, en algunos casos, que se apropien de ello. La misión de Guillermina y Candelario es, nuevamente, dejar sembrado en los corazones y mentes de los niños una información que es valiosa para construir una identidad fuerte.
 

¿Cómo fue pensar aquel capítulo donde visitan las dos niñas indígenas? ¿Cómo fue la inclusión de ese diálogo cultural y qué buscaron destacar? 

Marcela: En el capítulo “Una visita inesperada”, de la cuarta temporada, donde dos niñas indígenas se acercan a la escuela de la isla Delfín y tratan de acercarse a los niños de la isla quisimos varias cosas. En las primeras temporadas de la serie para nosotros fue una gran sorpresa darnos cuenta que Guillermina y Candelario era un proyecto que se estaba volviendo un caso de estudio simplemente por tener como protagonistas a dos niños afrodescendientes. No solamente de Colombia sino de Latinoamérica. Al entender ese valor, nos pareció muy interesante que la serie pudiera tomar un camino intercultural e integrar esas otras culturas que habitan ese territorio. 

Hay muchas comunidades indígenas que habitan en el Pacífico colombiano. En el encuentro de este capítulo se dan cuenta que no se comprenden porque las niñas indígenas hablan otro idioma. Entonces es ahí donde entra la profesora. Siempre intentamos que nuestros personajes adultos cumplan un papel de interlocutores con los niños y los motiven a hacer sus propios descubrimientos. La profesora les sugiere que vayan a conocer la Maloca del saber, que es donde las niñas indígenas pueden compartir sus conocimientos. 

Los niños se van en esta aventura y la historia toma una dirección más fantástica. Llegan a la Maloca del saber donde una ranitas son las encargadas de contarle a los niños el espacio en el que están y les proponen un juego a través de los cuales Guillermina, Candelario y sus amigos descubren unas palabras en embera con las que pueden empezar a entenderse con las niñas indígenas. La intención era acercarnos a esa cultura de una manera lúdica, fantasiosa y siempre queriendo mostrar ese carácter mágico de la riqueza cultural que nosotros tenemos en nuestros territorios.
 

¿Cómo es la investigación y la manera en que se construyen los capítulos? 

Marcela: Son varios ingredientes, por decirlo de alguna manera. Lo primero es elegir el eje temático de cada temporada. Ahí, se proponen temas que nos parecen pertinentes y que son de interés para los niños especialmente. Una vez los identificamos hacemos un trabajo de entrevistas con profesores, padres de familia o docentes que nos puedan compartir experiencias y situaciones con los niños. A partir de eso sacamos elementos que nos sirvan para contar historias divertidas para los niños y vemos la manera de desarrollarlos con los temas que hemos escogido.

Después de eso tenemos uno asesores, que nosotros llamamos nuestros asesores interculturales, que son personas en los territorios: alguien del Pacífico y alguien, para esta quinta temporada, que hace parte de la comunidad Embera, un docente. Todo esto se desarrolla con el equipo de guionistas. Nosotros en la serie trabajamos con siete guionistas, todos personas super apasionadas y estudiosas que les encanta contar historias a los niños, que hemos venido estudiando y aprendiendo juntos. La idea es llegar a historias divertidas y emocionantes, pero que tengan esa fortaleza de desarrollar temáticas profundas.

 

¿Qué temáticas quisieran tocar y cuáles definitivamente no tocarían?

Marcela: Guillermina y Candelario tiene un perfil cultural. Nos interesa que los niños puedan acercarse de diferentes maneras a esa gran diversidad, a la identidad, al respeto, a todo lo que significa esa convivencia entre diferentes culturas. Creo que somos arriesgados en las temáticas que hemos desarrollado. Por ejemplo la del cuerpo, cuando los niños se empiezan a preguntar por sus partes y se acercan a un tema que suele ser un poco tabú. También desarrollamos un capítulo sobre la discriminación racial, que pone en evidencia esas situaciones a las que mucho niños afro se ven enfrentados por su color de piel, como consecuencia de un sistema social que aún discrimina mucho a las persona afrodescendientes. 

En esta nueva temporada está la temática de convivencia y paz, donde hicimos un capítulo sobre la guerra y esa conciencia y experiencia que los niños han tenido con la violencia; cómo quedan afectados y cómo otros niños pueden entender esa situación y apoyarlo.Hemos hablado también de la muerte, siempre intentando integrar esa visión de las comunidades en diferentes aspectos de la vida. 
 

¿Cómo abordar, además de la riqueza cultural y la cotidianidad, esos otros temas más complicados que hacen presencia en la región teniendo en cuenta el público objetivo del programa?

Marcela: Sí, acorde a lo que venía respondiendo, creo que en esta temporada tuvimos ese acercamiento. Lo hicimos desde lo mismo: desde la cotidianidad, desde el juego. Creo que en la cotidianidad normalizamos muchas situaciones que definitivamente tienen un tinte violento muy fuerte. Es hacer conciencia de eso y llevarlo a ese universo infantil, donde los niños están todo el tiempo relacionándose con esas situaciones de conflicto. Generar a través de sus mismas apreciaciones y sus mismas lógicas soluciones muy bonitas. Esto es también invitación a ver la nueva temporada que viene cargada de todos esos elementos que enriquecen y que son reales en la vida cotidiana de los colombianos. Son historias que hemos creado con mucho respeto, mucha pasión y mucho deseo de que ayuden y fortalezcan el diálogo. Que fortalezcan la convivencia y la paz que todos tenemos que afrontar. 
 

¿Qué mensaje quieren que quede luego de diez años de Guillermina y Candelario?

Maritza: Son diez años tremendamente significativos. Nos alegra y se nos engorda el corazón que ya una generación de niños haya crecido viendo nuestros programas. La serie ha ido consolidando una propuesta de contenido cada vez más sólida. Es muy interesante esa evolución que el mismo proyecto ha ido teniendo y a lo que hemos llegado desde la tercera temporada: una propuesta intercultural. Es un elemento diferenciador que vino por la necesidad de crear otras historias y enriquecer la trama de los capítulos. 

Primero llegó una familia mestiza proveniente del interior del país y luego, como les decíamos, en esta quinta temporada, una familia indígena Embera. Vemos ya un tema intercultural en las relaciones entre tres familias: las historias que se dan entre los niños y ese encuentro de cómo cada uno ve  la vida o cómo le han enseñado en su familia ciertas cosas. Un encuentro de saberes. Es una apuesta de contenido y pedagógica. Creo que en todo esto, el mensaje más importante es el respeto a la diversidad. Uno diría que es un cometido pequeño, pero es un enorme reto. 

 

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