[Opinión] "Youtube nos engañó. Nos hizo creer que el talento era suficiente"

Mónica Lozano es abogada y cantante, escribió este texto y queremos compartirlo con nuestros lectores.

Youtube es una vitrina infinita en la que gente anónima puede mostrarle al mundo su talento. Pero, ¿qué tanto los algoritmos que determinan lo que vemos y escuchamos favorecen el talento?

Todavía recuerdo cuando era niña y cantaba y bailaba los 24 de diciembre frente a mi familia. Antes de la medianoche y alrededor del árbol, era costumbre que mis primas y yo hiciéramos una presentación ante un público adorable: mis abuelos y tíos. Recuerdo, por ejemplo, que una navidad canté y bailé Meneaito (El Meneaito), aquella canción pegajosa cuya coreografía se volvió viral en los 90. ¡Qué vergüenza! También recuerdo que mis tíos sonaban la pista de la canción y yo ya etaba colorada esperando a que llegara mi turno para cantar.

En la adolescencia, sin dejar de sonrojarme cada vez que me pedían que cantara, descubrí en la música una vocación profesional. Hice lo que suelen hacer los que tempranamente albergan esa pasión: estar en el coro y en la tuna del colegio, pero también dejé correr algunas locuras. Un día con una amiga se nos dio por cantar en los buses de Bogotá con el pretexto de recoger dinero para una fundación. La aventura nos salió bien. Descubrimos qué seña debíamos hacerle al conductor para que nos dejara subirnos por la puerta trasera y los pasajeros tarareaban cuando cantábamos Moliendo café. Además, recogimos cuarenta mil pesos.

Ya a punto de graduarme del colegio debía escoger qué iba a estudiar. Tenía dos opciones: leyes o música. Convertirme en abogada no era algo que me desagradara en lo absoluto, pues me imaginaba, como en las películas, ante una corte defendiendo causas pérdidas. Sin embargo, estaba convencida hacia dónde se inclinaba mi pasión más vital. Pero al final, como suele ocurrir en estos casos, tuve que desechar la idea de entrar a estudiar en una academia musical por una simple cuestión pragmática: el miedo terrible de no saber si sería capaz de llegar a fin de mes.

Aunque una parte de mí se siente orgullosa de lo que he logrado siendo abogada, a menudo me cuestiono si tomé la decisión correcta y llego a reprocharme el no haber tenido el valor de intentar vivir de la música. Porque por más que ser abogada sea algo que me guste y me alcance para pagar mis cuentas, tengo claro que hacer una demanda o escribir un concepto jurídico no pueden equipararse al éxtasis que siento cuando estoy parada frente a un micrófono.

Por eso hace poco más de 3 años decidí que mi cargo en la entidad pública en la que trabajo no debía ser un obstáculo para cantar, y que en cambio las dos cosas podían ir de la mano, sin tener que arriesgar mi bolsillo. Había visto cómo muchos artistas estaban logrando sobresalir eniendo a YouTube como herramienta, poner en vitrina sus canciones y encontrar allí una audiencia. El mundo virtual, además, se presentaba como un medio gobernado solo por el mérito, sin atajos ni palancas: la promesa de que solo el talento cuenta. '¿Por qué no probar?', me dije.

Con la ilusión de la cantante que sueña con mostrar su trabajo, como la bailarina que exhibe su talento en una presentación, creé un canal en Youtube y comencé a colgar mis videos. Quien haya producido alguno, sabrá el viacrucis que hay que recorrer para producirlo. Requieren tiempo, una preparación milimétrica y también cierto dinero. Debes preparar un guion minuto a minuto, imaginar las escenas, seleccionar los elementos que vas a usar de ambientación, la escenografía, escoger las locaciones y la ropa que te pondrás. Además, sin contar con una infraestructura de apoyo detrás y teniendo un presupuesto ajustado, le toca a una ejercer de todera y acudir a muchos favores. Por ejemplo, en el último video que hice conseguí que unas amigas me ayudaran a sostener unos corazones de papel mientras rodábamos unas escenas. Para no agobiar a nadie en exceso, procuro rotar a las personas a las cuales les pido favores para este tipo de tareas.

Siempre estoy pensando en posibles locaciones para mis videos y aprovecho cualquier ocasión para realizar alguna toma. Una vez, durante un viaje a Buenos Aires, tuve a mi familia un par de mañanas y tardes ayudándome con el rodaje de escenas en Colonia Sacramento, el obelisco y el jardín japonés. Aunque no era el propósito principal de la estancia, todos me apoyaban de buena gana. Con su iPhone y una cámara semi profesional, quien entonces era mi pareja ejercía de camarógrafo. Había aprendido a grabar y editar mis videos de forma casera, como una manera de apoyar mi pasión.

Recuerdo que otra vez, viajando juntos hacia Yopal, encontramos una carretera flanqueada por árboles frondosos y altos, como un túnel verde. La postal nos hizo detenernos y hacer tomas para mi próximo video. No fue fácil porque yo debía bailar en medio de la vía y el tráfico nos obligaba a interrumpir la grabación una y otra vez, duramos como dos horas grabando una escena que luego quedó reducida a menos de 10 segundos.

Otra situación que recuerdo y que creo ha sido de las menos gratas fue la vez que casi me roban. Un domingo en la mañana, me fui con una amiga a la Circunvalar, una avenida de Bogotá que cruza la ciudad bordeando los Cerros Orientales. Queríamos grabar una parte de la canción prendiendo bengalas. Parqueamos el carro a un costado del sitio, prendimos las bengalas y empecé a cantar. Los ojos se me pusieron rojos por el humo, pero no podía parar porque no traía bengalas de repuesto. A los pocos minutos miré hacia la avenida y vi que venía una moto en dirección hacia nosotras. Su conductor se bajó y llamó a alguien para darle las indicaciones de dónde estábamos. Recogimos rápido las cosas y por suerte el episodio terminó solo en un susto.

Como ven, realizar un video con bajo presupuesto no es nada fácil y está sujeto a muchos imprevistos. Sin embargo, todo ese esfuerzo se ve retribuido. Cuando le estamos dando los retoques finales a la edición, siempre me embarga una ansiedad infantil por saber cómo iba a quedar. Imagino que es como cuando vas a dar a luz a un hijo, las que son madres dicen que cuando lo ven se les olvida todo el dolor físico que acarrea un parto. Creo que así me siento el día que me entregan el video. En ese momento siento que ha valido la pena el dinero invertido y las horas que he pasado al borde de una carretera esperando que pasen los camiones. Y entonces, lo pongo una, dos, tres, diez, veinte… hasta que llega el momento de subirlo a YouTube.

Al arrojar mis canciones y mis videos a la inmensa plataforma de YouTube, por supuesto, busco conquistar un público amplio. Es algo que compartimos todos los artistas: nuestras ganas de agradar, de ser leídos, vistos o escuchados –según sea el caso–. Pero, ¿qué pasa cuando esto último está sujeto a un algoritmo que premia algunos contenidos y en cambio a otros los condena a morir en los sótanos de la red?

En Internet somos las marionetas de una serie de matemáticos y programadores que desde Sillicon Valley gobiernan nuestros clicks, determinan aquello que vemos y escuchamos todo el día. Son los dictadores del mundo digital, son ellos los que seleccionan con su mágica fórmula las publicaciones que aparecen en nuestro news feed de Facebook, en los resultados de búsquedas de Google y en los videos aleatorios que se reproducen en YouTube.

Para quienes buscamos destacar en la red, esos algoritmos son el enemigo a derrotar. Y hay gente que acude a toda clase de maniobras para conseguirlo. El New York Times reportó hace poco la historia de una serie de gringos fanáticos y antimusulmanes que cada vez que hay algún tiroteo y una matanza en suelo estadounidense corren a su casa para ponerse delante de la cámara del computador y se graban opinando sobre el tema, lanzando conjeturas disparatadas, dando por descontado de que se trata de terrorismo islámico. Y como la noticia está a la orden del día, por un criterio de inmediatez logran miles de vistas y cientos de comentarios en pocas horas. Tienen el mérito, eso sí, de haber descubierto una fisura del algoritmo y haberla sabido explotar.

En mi caso, no he llegado a acudir a una fórmula tan extrema como esa. Lo que sí he hecho, lo confieso, ha sido pagarle a Youtube para que publicite mis videos. Un poco aburrida de que el tiempo y la energía que había dedicado para producir mis canciones no se vieran recompensadas con una buena cuota de vistas, y apenada también de tener que pedirle a amigos y conocidos que visitaran mi canal, me puse a investigar posibles alternativas. Y lo que descubrí es que el dinero podía acelerar mi salida de los sótanos de internet. En alguna ocasión pagué y obtuve más visitas de las usuales. Nada del otro mundo, pues tampoco había sido tan grande la suma de dinero (hay paquetes que garantizan un mayor nivel de exposición frente a los usuarios de Youtube e incluyen espacios publicitarios y aparecer en las sugerencias de las búsquedas por géneros musicales).

En el mundo digital se replican los mismos prejuicios de la vida real. Cuando vemos un tuitero con pocos seguidores, o una cantante en YouTube con visitas que no superan los tres dígitos, nuestra mente opera de la misma manera que cuando vemos las mesas vacías en un restaurante: si no hay gente comiendo es porque no tiene buena sazón. No es casual que, para hacerle trampa a esa falsa premisa, se haya desarrollado toda una industria paralela de compra de seguidores, yo no he llegado al punto de tener que pagarle a estas empresas para que seguidores falsos visiten y comenten en mi canal, pero como ya dije, sí contraté alguna vez una campaña publicitaria de YouTube.

Es triste pero así es. YouTube es un sistema que premia el doping digital; una guillotina implacable que castiga a quienes no disponen de fama ni de recursos, aunque le sobre talento. Lo que se perfilaba como el gobierno del mérito, acabó reproduciendo los mismos vicios de la tradicional industria del entretenimiento: el dinero, las palancas, los atajos.

En conclusión, aunque mis videos están en YouTube siento que sigo igual que cuando empecé a subirlos. No ha hecho gran diferencia que estén allí. Llegué a creer que YouTube sería el medio más eficaz para conquistar un público para mi música, pero no ha sido así. Por eso cada vez que pienso en la plataforma de video prefiero recordar la frase que alguien me dijo: “Tener el talento ya es el premio”. Creo que tiene razón. Así que mientras las estrellas se alinean para que mis canciones se vuelvan virales o para que la música me dé para vivir, seguiré gastando mis ahorros y mi tiempo en mi gran pasión. Eso haré mientras YouTube se inventa dentro de su algoritmo una opción que diga: "reproducir un cantante anónimo".


Mónica Lozano es abogada y cantante. Vive en Bogotá. Su música pueden encontrarla aquí.

 

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