'¡Que viva la música!' El corazón negro que palpita

Una película que se escucha, una canción que se ve… ¿Cuántas veces uno tiene la opción de ver esa deliciosa sinestesia? Pocas. Son contadas las veces en que uno tiene la posibilidad de escuchar y bailarse una película. Nos han dicho que estas son para ver, reflexionar, reír, llorar, analizar pero ¿una película para bailar? ¿existe? Sí, se hizo en Colombia y se llama ¡Que viva la música!

Aún tengo la sensación entre las pestañas, entre las piernas, en la cadera… Aún camino entre las calles de la ciudad de mis ancestros de la mano de María del Carmen, conviviendo con el delirio de Ricardito, encontrándome en la pasión de Rubén Paces, la sensualidad de Mariangela y en el misticismo explosivo de Bárbaro. Aún tengo las imágenes que viajan en mí, sin tiempo, entre el pasado, presente y futuro como una buena canción… En estado latente de silencio musical audiovisual. El cine se hizo música y pocas veces pasa eso. Una película que se escucha, una canción que se ve. ¿Cuántas veces uno tiene la opción de ver esa deliciosa sinestesia? pocas. Son contadas las veces en que uno tiene la posibilidad de escuchar y bailarse una película. Nos han dicho que estas son para ver, reflexionar, reír, llorar, analizar pero ¿una película para bailar? ¿existe? Sí, y se hizo en Colombia, en Cali ‘calentura’, en la mismísima ‘Sucursal del Cielo’.

Después de una larga espera acaba de estrenarse con el nombre de siempre, el que se convirtió en leyenda, que marcó no una sino varias generaciones, el nombre para aquellos que tienen la música como su mejor aliada: '¡Que viva la música!' Esta es la nueva obra del cineasta vallecaucano Carlos Moreno con la producción de su aliado de siempre, Rodrigo Guerrero. Una película que más parece un disco, valiéndose del ojo de Juan Carlos Gil, el montaje (o más bien partitura) de Luis Carballar (el mismo de la película mexicana 'Amores Perros'), la musicalidad intensamente sutil de su protagonista, Paulina Dávila, la actuación magistral e inolvidable de Nelson Camayo, la entrega, autenticidad y frescura de Juan Pablo Barragán y la pericia actoral de Christian Tappan, para ponernos a levitar por encima de la Sultana, por sus ríos, sus esquinas, sus interrogantes, sus noches, sus parques, árboles, cielos y ante todo, sus sonidos.

Y el nombre claramente es familiar, porque es exactamente el mismo que le dio el legendario y mítico Andrés Caicedo a su obra literaria en 1977. Pero no se confundan, esta no es la adaptación, ni la versión, ni la representación de la obra de Caicedo. Tal vez sea su inspiración, como lo dicen los creadores de la película, aunque en realidad podría decir que es una respuesta, la respuesta que le da Moreno a Caicedo. Una generación hablando con otra sobre la Cali de siempre, la que encanta, seduce, exalta y enloquece. Es una conversación entre dos compositores, una canción que habla con otra, un jam en medio de la noche entre la Cali de ayer, la de hoy y la de siempre. Una declaración de amor a cuatro manos, y bien sabemos que todo amor tiene su odio, convive con sus demonios, se deja llevar con la euforia, experimenta pequeñas y grandes muertes pero sobre todo se deja llevar por la cadencia del momento: baila.

'¡Que viva la música!' es un corazón negro que palpita y se refresca a punta de brisa Pacífica. Es la reivindicación, el grito de resistencia de una Colombia Negra Cimarrona con sede en Cali. Porque esta es una película negra, mágica, santera, un canto audiovisual a los orishas que protegen la capital simbólica del Pacífico colombiano. Y es tan negra que tiene como protagonista a la más rubia de todas, poniendo en evidencia nuestra orgullosa e inevitable afrodependencia. Un homenaje tanto de Caicedo como de Moreno a lo que África le regaló al mundo entero: la música, la sanación del sonido, la curación del ritmo, la sabiduría espiritual que retumba como el tambor, el alma hecha oración a través de una canción que puede ser tanto salsa como rock and roll.

Si a ustedes les gusta el ritual que produce escuchar un disco, permítanse el ritual de ver esta película. Véanla de la misma manera, en la soledad de una buena compañía. Dese la oportunidad de recorrer este camino para encontrar sus pedazos perdidos, abrir las puertas a la ensoñación, mirar de frente sus demonios, sentir la oscura densidad y dar un punto de giro repentino a la preciada liviandad. No les de miedo, la música está a su favor. No se dejen guiar por el prejuicio ni sucumban ante la primera incomodidad, ella está hecha precisamente para eso, para incomodar. Véanla hasta el final, que al terminar algo claro pasará, la amarán o la odiarán.


*Fotos tomadas de la página de la película

Esta película no tiene puntos medios, ni aguas tibias, es todo un exorcismo a 30 o 45 revoluciones por minuto en donde claramente saldrá mucho más vivo en ese eterno presente joven que tanto reiteró Andrés Caicedo. Eso sí, no permitan que se la cuenten, no se hagan ese daño. Esta película es imposible de traducir, como las canciones, hay que vivirla, sentirla, escucharla y si les quedó gustando, repetirla. Y si al salir de la sala quedan con la sensación de que algo faltó, no se preocupen, es normal, la solución es ir a bailar.

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