Ozzy lo dijo: “Ella se ha ido”

El ciclo de relatos de Santiago Arango narra el desamor de un hermano y una canción de rock n roll que sirvió de consuelo.

El año 1991 fue un año de grandes cambios pero recuerdo dos con total claridad porque me marcaron: se pronunció una nueva Carta Magna en Colombia que daba posibilidades ciudadanas y supuestamente facilitaba la transformación de las estructuras políticas del país y a la par, mi hermano mayor, Javier Ángel –a quien le decíamos Pelos de ángel por su peinado que parecía siempre en desobediencia civil, es decir, pa’ todos lados-, el corazón le había revuelto las entrañas: la novia del frente de la casa, Gladys, lo había echado...

Entiéndase por echar algo así como la ruptura de un noviazgo; ahora, cuando digo que esa muchacha era del frente era porque vivía  l i t e r a l m e n t e  al abrir la puerta de nuestra casa, a unos escasos 12 pasos. ¡Si usted vio alguna vez en televisión El Chavo del 8, lo va a entender!

En aquella época, mis padres y mis tres hermanos vivíamos en “El pasaje”, una vecindad –parecida a la de El Chavo pero en bajada y más alargada-, que conectaba en la entrada con la calle Ayacucho y a la salida con la quebrada Santa Elena, les hablo de la ciudad de Medellín; era una barrio popular en el sector de Buenos Aires, estrato 3, se llamaba San Luis y ahí había brotado la pasión de mi hermano mayor y de aquella mujer de rasgos latinos que encantaba a muchos en el barrio.

Ahora, ¡Imagínense ustedes que para morir de rabieta doña Florinda en El Chavo saliera de su casa y se encontrara con don Ramón quien le acababa de pegar a Kiko! Así tal cual le pasaba a mi hermano; la diferencia era que no deseaba pellizcar a su ex novia cuando abría la puerta de la casa y la veía, lo que él quería era huir como gato a través de un tejado, correr y seguro estallar en llanto.

Fueron días difíciles para Pelos, yo tenía escasos 14 años y la amargura de un corazón destrozado no la había experimentado y tampoco dimensionaba el tormento de esa hiel que luego probé, ¡Oh veneno que asesina como en cine mudo y en cámara lenta!

Fue tal el calvario que mi hermano se tuvo que ir un mes para donde la tía Marina a un barrio cercano; aquellos días nos veíamos en el colegio; con la estrategia para sanar su corazón lagrimoso pero de sangre, él ni veía ni se encontraba (imagínense el suplicio, al abrir la puerta de la casa) a Gladys llegando con su uniforme de colegiala próxima a graduarse; ella, por esos días, cuando se topaba a mi mamá apenas agachaba la cabeza y con voz de quinceañera regañada escasamente alcanzaba a musitar: “Buenos días… doooña Mmmmariela”.

Una canción me quedó de ese martirio de mi hermano mayor, quien lastimado como perro cojo y sin amo, durante muchos días antes de irse para la casa de mi tía, se sentaba en los muebles y repetía una y otra vez una balada rockera cual plegaría de iglesia en Semana Santa.

La acción era simple: Play- Rewind- Play- Rewind- Play… la habitación rodeada de muebles, él sentado ahí en pantaloneta y sin camiseta, maltrecho de amor; al pasar por su lado, me paraba –o a Hugo y Jhon Fredy, mis otros hermanos- como pidiendo auxilio y diciendo: “Santy, escuchá esta canción”; yo me acomodaba y esperaba la revelación hecha música; entonces él rebobinaba el casete en la grabadora marca Sankyo y me decía con su voz entrecortada y los ojos aguados: “Santy, pero escuchá, es que es una cancionsota”.

Y entonces sonaba Ozzy Osburne y Black Sabbath, recitando con una voz melancólica y quejumbrosa:

“I've been gone a long long time,
waiting for you I din't want to see you go, oh, no, no
And now it's hurting so much, what can I do?
I wanted you to be my wife"

Cada que recuerdo esa escena, mi cerebro reconstruye el rostro de aquel hermano amado y que se diluía en tristeza cual leona que perdió a sus crías mientras salió a cazar para buscarles comida; siempre que rearmo esa cara hinchada de llanto de Pelos, entiendo lo cruento que significaba el título de esa canción en plena primavera de la juventud: “Ella se ha ido”.

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