Con crisis o sin crisis se crea y se cree

Un creador musical en Colombia se enfrenta a condiciones que además de particulares, son especiales para el país. Es cierto que el rock en Colombia tiene momentos de efervescencia, pero también tiene momentos de olvido; y también, momentos donde se pregunta por su continuidad o por su deseo de continuar. Por Pepe Plata.

Y sin duda, 1999 fue un año que entre la tragedia, la desesperanza y la resistencia se unieron para mostrar que el rock nacional no se iba a olvidar, pero que tenía que tomar un nuevo aire.

Los noventa se estaban acabando y el gran temor del cambio de década, de siglo, de milenio y de mirada se expresaba en lo que se conocía como el Y2K. Una situación del lenguaje informático de programación que servía para especular qué iba a pasar el 1 de enero de 2000, cuando en vez de 2000, apareciera la cifra 00 en los contadores y registros de tiempo de programas y computadores. (Se hablaba de descontrol y de caos, de temores y de desenlaces funestos; algo que afortunadamente no sucedió).

Ese ambiente Y2K rondó el ambiente musical rockero, de varias formas. La emigración de artistas pasaba de ser un deseo a una realidad y a una necesidad de supervivencia. Agony, banda bogotana de metal, se iba a Los Ángeles, ciudad que ya acogía a Juan Esteban Aristizabal (Juanes). De ese momento, recordamos este registro:

 

Pero así como unos se iban, otros comenzaban su vida sonora; iniciaban un camino que en algunos casos continúa o en otros, se ha interrumpido o ha pasado a mejor vida. Los que se iban, comenzaban procesos de búsqueda; procesos de internacionalización con productores, sellos y nuevos amigos.

Los que comenzaban, buscaban un espacio local a través de los toques, los medios y por qué no, un nuevo público. Al fin y al cabo, se iban a completar los primeros cinco años de Rock al Parque y existían además medios nuevos, apoyados en la naciente cultura digital, quienes a su modo, querían registrar qué estaba sucediendo y qué iba a suceder.

De ese año, recordamos cómo se nos daba a conocer el trabajo de Doctor Krápula, que entre el ska y el sonido combativo, buscaba un lugar. Recordamos que de Medellín nos llegaba una propuesta entre el trip-hop y los sonidos tropicales que se llamaba Planeta Rica. No podemos olvidar a Los Elefantes, quienes con su disco Las Perolas de Motas, nos mostraban su versión bogotana del ska.


                

 

 

También, recordamos una presencia importante en un festival único llevado a cabo en Ecuador. En febrero de 1999, artistas como Aterciopelados, Dogma Sinaca, Yuri Gagarin, Los de Adentro y Zoma dejaban su huella en lo que se consideraba un sueño que tal vez no se hizo realidad, sino que vivió su propio delirio.

El rock en aquel año seguía refugiado, pero se hacía aún visible en las producciones independientes de otros artistas como Ciegossordomudos, Corporación Macondo, la experiencia de compartir un disco conjunto de las Polikarpas y Libra (combustible punk para el país) y también por qué no, de un hermano tan urbano como necesario: el hip hop de Bogotá, Cali y Medellín que también llevaba a cabo sus propios procesos. 
 

                

Los medios aliados o mejor alineados con la música, bien sabían que debían estar junto a ella. Por este motivo, la bandera seguía ondeada por medio de la Radiodifusora Nacional de Colombia a través de su Frecuencia Joven, con espacios como

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y su presencia adicional en un espacio de Señal Colombia bajo el nombre de 99.1: La Señal. Otros esfuerzos a través de la radio, la televisión, los impresos e Internet, nos remiten a Mucha Música (del naciente canal City Tv), La Rosca o Yo Primis.

El rock, seguía buscando cómo acomodarse; los discos seguían apareciendo, si. Pero los consumos de ellos eran pequeños, limitados y se agotaban rápidamente. Tan es así, que no se han reeditado, permanecen ya en archivos especializados, están descatalogados o fueron esfuerzos que quedaron archivados en cajas con una gran cantidad de discos que no se vendieron.

El síntoma inequívoco de la combatividad y la subsistencia permanecía en toques de cinco mil pesos y fotos de rockeros sacando la lengua y haciendo el gesto de los “cachitos” con sus dedos.

Por lo demás, 1999 se recuerda en el rock como el año en el que los ánimos sirvieron para pensar en el futuro o para comenzar a escribirlo.

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