Burning Caravan: euforia gitana en el Concierto Radiónica

Burning Caravan propuso un ritual gitano en el Movistar Arena. Una fiesta magistral.

Un concierto de Burning Caravan no es solo un show musical. Es una construcción teatral a partir de los personajes que sus integrantes asumen, sin nunca salirse del papel. El vestuario, las visuales, los movimiento corporales, la narrativa que construyen en el escenario… Todo está pensado para sumergir al espectador en un mundo fantástico.

Lo que empezó como un juego, con ensayos los domingos a las once la mañana, se fue transformando en un proyecto que terminó abriendo un concierto de Emir Kusturica en Bogotá, haciendo parte de un Concierto Radiónica, tocando en el escenario principal de un Rock al Parque y participando en eventos como el El Altavoz en Medellín, el Balkan Fest en México, y visitando países como Francia, España o Argentina.

Así, la Gypsy Jazz Quartet se fue transformando en un grupo conformado por colombianos, franceses y un chileno con guitarras, acordeón, clarinete, saxo, contrabajo, batería y otras percusiones, a la que llamaron Burning Caravan. Esta buscó transmitir el sentir gitano a flor de piel, así por su sangre no corriera esta herencia como tal. Sus integrantes dejaron que el azar les dictara el camino, sin afanes, hasta convertirse en lo que son hoy: grandes exponentes de una particular mezcla de cumbia, tango, rock, balkan, swing, vals y jazz. Una melancolía bailable, como ellos mismos lo han dado a definir. 

Cargados con el material de tres álbumes de estudio -En el espacio (2014), Las historias de los hombres (2016) y Ciudad Faro (2019)-, pusieron a bailar a los asistentes del Movistar Arena. Arrancaron con Dirty taranta, una explosión sonora elegante, mística y sensual llena de fuerza que levantó el telón para dar paso a una absoluta fiesta. Siguieron con La vagancia, perteneciente a su segundo disco, luego Mayacobsky y Utopía, sencillo de su última percusión. 

Y así, fueron cumpliendo con un repertorio inmersivo, que el público siguió con aplausos, cantando y saltando, y hasta armando esos pogos festivos que siempre han caracterizado los conciertos de La Burning. Supieron manejar cada momento de su show, y lograr picos muy altos como sucedió con El jardín secreto, con ese baile poético sobre el escenario, o cuando incluyeron Tolú, ese clásico cumbiambero de Lucho Bermúdez que pone a mover la cadera hasta del más tieso. 

Con conciertos como el que se fajaron, La Burning nos remonta a paisajes e historias olvidadas. Renace el espíritu de personajes pintorescos como Django Reinhardt, de cuya experiencia extrajeron el nombre de la banda: un guitarrista y compositor de jazz romano-francés, nacido en Bélgica, considerado uno de los mejores músicos del siglo XX, que un 2 de noviembre de 1928 fue víctima junto a su esposa de un incendio en la caravana que iban. El fuego le causó extensas quemaduras en la mitad de su cuerpo y lo obligó a usar el resto de su vida el dedo anular y meñique solo para el trabajo de acordes -sin nunca perder, eso sí, su habilidad musical. 

Esa devoción por la música, y por la estética en general, la sentimos en el Concierto Radiónica, cuando Burning Caravan  logró despertar el fuego interior de un público que sudó cada una de sus canciones. 

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