‘Para las mujeres, el placer es una conquista’: María del Mar Ramón

En cinco capítulos, María del Mar Ramón abre y cierra heridas que habitan el cuerpo de las mujeres que encuentran alivio en el placer.

Aún es sorprendente la reacción de muchas personas al escuchar el término Feminismo. El espectro de respuesta es tan amplio que transita desde la aprobación hasta el insulto violento y en un país tan entrenado para el silencio es importante hablar, despejar las dudas y tamizar las opiniones. Después de todo, uno solo teme y huye de lo que desconoce. 

Cabe preguntarnos ¿cómo hacer que no genere terror el término una palabra? Para María del Mar Ramón, se trata usarlo y hablar de él, “yo prefiero toda la vida discutir distintos feminismos en la esfera pública y también en espacios de conversación, es algo importante que en Colombia tenemos que pensar y es que nosotras tenemos que tener un ámbito para estas discusiones, si nosotras podemos garantizarnos un piso de defensa en los espacios como twitter o la esfera pública, podemos defendernos aunque no estemos de acuerdo. No voy a permitir que la insulten por feminista, ahí tenemos una batalla que es muy importante ganar y es el uso y apropiación del término”.

María del Mar es cofundadora de la organización no gubernamental argentina Red de Mujeres y cocreadora de Las Viejas Verdes, un colectivo feminista colombiano. Escribe y colabora para diferentes medios digitales, pero es sobretodo una mujer curiosa, aguda con sus palabras que suenan grave como su voz y están habitadas por un acento sin lugar que se mueve entre Argentina, México y Bogotá. 

Hablando y riendo presenta su primer libro Tirar y vivir sin culpa, una confesión descarnada en la que se ha propuesto iluminar el lado oscuro de la intimidad, por lo que muchas mujeres han pasado y han sentido el tempor de contar:

Escribir es un proceso de introspección que muta con el tiempo, en tu caso ¿Cómo nace el libro en tu cabeza y en la página?

El libro tiene algunos artículos que ya se habían publicado, pero además de eso yo llevo muchos años trabajando en territorios vulnerabilizados desde el feminismo. Cuando empecé, lo que hacíamos con Red de mujeres era llevar herramientas legales para que las mujeres pudieran usarlas y defenderse de la violencia machista que en ese momento era muy de tipo psicológico y físico, eso era todo lo que hablábamos porque era el 2015 y recién estábamos empezando con las demandas de #NiUnaMenos. Lo más importante era visibilizar femicidios y mujeres golpeadas, pero conforme fueron pasando los años y profundizando las discusiones, también empezamos a ver que había una estructura que sostenía esos feminicidios

En Argentina empezamos a hablar un montón de brecha salarial, la participación de las mujeres en política, porque no solo nos basta con que todos ustedes marchen cuando matan una mujer porque les parece horrible, pero no están dispuestos a hacer lo mismo en sus empresas cuando vean que hay una brecha del 27% en lo que ganan las mujeres con respecto a los hombres. 

Descubrimos que las soluciones estatales para la violencia eran terriblemente precarias, algo muy parecido a Colombia, el Estado se había recostado totalmente en el derecho penal como la única forma de responder ante la violencia de género. Para nosotras empezó a ser una canallada decir 'te decimos cómo hacer una denuncia que finalmente no sirve porque el problema no se resuelve', tanto allá como acá según tengo entendido, las medidas de protección prisionalizan a las mujeres en sus casas y vuelven a recaer en la policía, por eso planteamos estrategias de defensa colectiva que en ningún momento comprenden la violencia, sino justamente que el problema salga de la esfera privada de una mujer y se vuelva colectivo de una comunidad.

A partir de ese trabajo sobre la problemática, para nosotras empezó a ser muy complejo que la demanda se quedara solo en estar vivas y no en qué vida estamos exigiendo, mucho de eso lo habla Luciana Peker con 'La Revolución del Goce'. ¿Nosotras por qué no empezamos a hacer del feminismo una cosa que hable del derecho a pasar bien y el derecho al placer?

Llevamos talleres de placer a estos territorios para salir de la urgencia, pero como todo es a prueba y error, nos dimos cuenta que aún hablar de placer era una catarsis sobre la violencia y así fue como empecé a construir esta idea que el placer para mí, para las mujeres con las que trabajamos, para todas las mujeres de mi entorno, sus momentos placenteros habían sido conquistas colectivas y feministas porque el camino para nosotras sí está lleno de violencia. 

Cuando me dijeron qué escribir, venía investigando y pensando mucho sobre el placer como una directriz, una medida, una herramienta y como algo mucha más trascendental que las chicas hacen cuando acaban o se hacen las uñas, sino algo muy político. Venía muy obsesionada con esas ideas, escribiendo mucho sobre esos temas cuando me llamaron de planeta para pensar un libro y dije, esto tiene que ser sobre el placer justamente como un mecanismo, una cuestión que nos ha sido vetada a las mujeres, no solo el placer sexual, sino el placer de territorializarnos, adueñarnos de nuestros cuerpos, nuestros proyectos de vida, también de los espacios y las narrativas públicas.

¿Cómo tejes la relación entre el cuerpo, el placer y la violencia? desde tu fuero interno y ¿cómo lo traduces en la escritura?       

Yo reclamo hablar de la violencia como un derecho de reivindicar lo público. Creo que nuestros cuerpos están tallados por una serie de violencias aleccionadoras y creo que lo más duro es esa necesidad de que sea secreta: la vergüenza, específicamente de la violencia sexual, pero todas las violencias que nos suceden sobre el cuerpo fueron siempre ejecutadas, comandadas o habilitadas por otros y siempre las tenemos que cargar nosotras con vergüenza.

Para mí hacerlo público no fue un ejercicio placentero pero sí fue algo que me acercó más al placer porque la idea de tomar la voz pública y romper el silencio siempre es una forma revolucionaria, y de tranquilidad cuando nos sabemos no únicas en lo que nos duele. Todo lo que yo escribí ahí me resulta súper íntimo y tiene nombres de personas que pertenecen a mi esfera familiar y sin embargo es muy genérico, a las mujeres contemporáneas y no tan contemporáneas a mí les resulta supremamente conocido y se sienten identificadas con lo que a mí me resultó, durante muchísimos años, lo más vergonzoso y doloroso de mi vida.

Cuando lo ponemos afuera, lo decimos y rompemos esa censura que nos imponen y esa vergüenza sobre nuestros propios cuerpos, sobre la violencia que ejercieron otros, hay un ejercicio de liberación y que para mí permite la territorialización sobre nuestro cuerpo. Nosotras no es que nos quedemos calladas porque nos inventamos la vergüenza y hablar de lo que nos pasa, igual quienes queremos vamos a seguir empeñadas en apropiarnos de estos cuerpos para habitarlos de la manera más placentera que sea posible, vamos a seguir empeñadas en hablar de esos dolores y hacerlos públicos.

Para mí el placer es una reivindicación, la voz pública y la palabra son una forma de dar vuelta al aleccionamiento que tienen esas violencias sobre nuestros cuerpos, pero nos habitan todo el tiempo y nos atraviesan, para mí es interesantemirarlos y ver cuál es esa relación que tienen y por qué quienes estamos afectadas y fuimos violentadas de tantas maneras luego nos sentimos tan culpables ante el reclamo sobre nuestros propios cuerpos.

Hablar de esto que pasa y avergüenza no es fácil, es un acto de profunda valentía, ¿cómo este trabajo de repensar y escribir ha resignificado para ti el concepto de la intimidad?

Yo me percibo una persona muy tímida, la gente no se da cuenta porque tengo toda una elaboración, pero esto ha resignificado todo. No tengo la respuesta pero sí me ha hecho hacerme muchas preguntas sobre eso, por qué hay tantas partes de nuestra vida que decidimos no hacer pública y todas implican esas emociones que no nos está habilitado expresar públicamente. Yo creo que eso tiene un sesgo de género, porque para nosotras todo puede traducirse en que somos unas locas, entonces tenemos que fiscalizar nuestras emociones.

Todos nos bancamos a ver cómo funcionan estas normas y ver a estas sujetas perfectas, y felicitarlas porque caben en la norma, pero nadie quiere ver lo que pasa atrás, las condiciones en las que se sostiene eso. Esto siempre me evocaba mucho la frase del título de Alfredo Molano que es 'Aquí les dejo estos fierros', pues sí, aquí está todo esto que ustedes aplaudieron tanto. Todo esto del deber ser de las mujeres es lo que aplauden un montón y para mí tiene que ver con las mujeres que cumplen la heteronorma de estar casadas, cómo son esos matrimonios después que uno se entera y dice "Ese man era una mierda y nunca supimos" porque la norma nos deja tan tranquilos que en el momento que elegimos decir cuánto cuestan esas normas, es horroroso y para mí eso hizo la intimidad en este caso.

Yo cupe en todas sus normas y eso tuvo costos que son estos, eso no tengo por qué tenerlo oculto, pero claro, resulta muy subversivo y hay algo en la intimidad de las mujeres que es subversivo para el sistema. Nadie quiere saber cómo menstruamos, tenemos que estar perfectas y no, duele; es esto de estar siempre perfectas, siempre hacia lo público y la es algo que intimidad molesta porque es imperfecta, está sucia y está llena de emociones, contradicciones y nadie quiere ver eso de las mujeres.

Nos han enseñado que las relaciones afectivas se luchan, se construyen, se perdonan pero es sobretodo la mujer quién cumple este rol, ¿cómo ha sido para ti la deconstrucción de las relaciones?

Yo creo que es un proceso largo y constante, yo pude llegar a cuestionarlos y puede escribir esos cuestionamiento, pero me siento super atravesada porque nuestras emociones también fueron moldadas por esta cultura y eso es muy difícil. Al menos yo ya no siento culpa por llorar por Shakira. Yo puedo señalarlo y hacer un ejercicio que deviene de la colectividad, hablar de la necesidad que tenemos en desconstruir el amor, pero lo más importante es entender que el amor heterosexual y la heteronorma como la conocemos es un aglutinante muy eficiente de un sistema de opresión fuertísimo.

Decir eso es muy triste también porque la amenaza de la soledad no es menor en nuestras vidas. Ninguna de nosotras se quiere quedar sola y ninguna quiere que no la quieran o la deseen, lo que yo pude hacer fue el ejercicio de decir con mucha honestidad que estas son todas la preguntas que tengo, lo que creo sobre el sistema y lo que intuyo que puede traernos paz, pero yo no me voy a para a decir 'ama que lo demás está dado y vendrá', no es cierto.

Hay una institucionalidad en la compañía y en la pareja, el estado está hecho para sostenerte cuando tienes pareja e hijos, hay un contrato que firmas y te garantiza que no te vas a morir sola; no es algo que nos inventamos un domingo de 'Me voy a morir sola', es que realmente la pareja te garantiza un ingreso a una jerarquía social con sus privilegios, además de las cuestiones materiales están las emocionales.

Hemos creído que la vida tiene sentido es a partir de la pareja varón que te va a cuidar y soportar, todo eso genera que no podamos negociar sobre nuestras emociones y  que al decir 'no', tenemos mucho más miedo a perder porque para nosotras es mucho más grave en este sistema.  

Lo único que yo encontré para palear esa angustia es realmente comprender que hay muchas otras formas de amar que no son la pareja, aún cuando me cuesta mucho repensarlo y mucho más el ejercicio de tener parejas que no sigan sobre estos estándares. Me da mucha tranquilidad saber que para mí el amor más importante es la garantía de no morir en soledad es el de mis amigas, el de la amistad feminista y los vínculos construidos sobre esta ética, la colectivización de ese amor.

El único conjuro útil para ser más libres y estar menos sujetas a ese terror que la única realización que vamos a tener en la vida es la de conseguir novio, marido y tener hijos, es justamente las amigas y la construcción de una amistad feminista que no es tan fácil porque en teoría nosotras nos odiamos; ver cómo construimos esas alianzas es igual de duro, pero mucho más placentero.

"Este es un libro que se lee con todo el cuerpo, pero sobretodo, es una conquista valiente de la verdad y del presente que ya no estamos dispuestas a negociar. A lo largo de las páginas, reconocerse es doloroso y sin embargo, el sentir colectivo alivia porque al terminar, entendemos que ya no estamos más solas, esto es de todas y para todas".

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