"Si uno cree que 4.000 afganos van a dañar el decoro de la sociedad colombiana es que no tiene ni puta idea de dónde vive", Victor de Currea-Lugo

Hablamos con el profesor universitario, trabajador humanitario y periodista, Victor de Currea, sobre la islamofobia en el país.

Si hay una fecha que a grandes y a pequeños se nos quedó grabada en la mente fue la del 11 de septiembre de 2001. Tanto noticieros, como emisoras y casi todas las conversaciones por esos días, a lo largo y ancho del planeta, giraban en torno a lo sucedido en el World Trade Center y las Torres Gemelas de Nueva York. Fueron imágenes que dieron la vuelta al mundo: estas construcciones, insignias del país norteamericano, del progreso y del mundo financiero, fueron derribadas por cuatro aviones comerciales, dejando a su paso, 2.996 personas muertas, la desaparición de 24 víctimas y más de 25 mil heridos. El suceso también llamado 11S precedió a la guerra de Afganistán —el conflicto bélico más largo de toda la historia llevado a cabo por Estados Unidos— y a que el entonces presidente de este país, George W. Bush, emprendiera junto a sus aliados políticos la denominada “guerra contra el terrorismo”. 

¿Pero, cómo es que esta idea de la “guerra contra el terrorismo” ha influido en la inminente islamofobia que hoy, por ejemplo, es tan evidente en un país como el nuestro, ante una crisis que obliga a 4.000 afganos a migrar a Colombia? ¿Cómo es que esta fecha ha permitido desplegar unas narrativas xenófobas que nos paralizan e impiden reflexionar sobre la complejidad de los conflictos internacionales?

Para resolver estas y otras preguntas, nos dimos a la tarea de conversar con Victor de Currea quien, desde 2003, ha seguido de cerca el tema de Oriente Medio, desde cuando trabajaba en Jerusalén con organizaciones propalestinas y, años después, como trabajador humanitario y periodista cubriendo la dinámica de la región en el marco de las guerras de Siria, Irak, el Líbano y la ocupación de Palestina. Currea también ha estudiado el fenómeno del islamismo radical, el origen de los talibán en Afganistán y la conformación de Al Qaeda, como una nueva expresión del radicalismo islámico. 

 

¿Cómo crees que el 11 de septiembre influyó en la manera en la que hoy en Occidente concebimos a los musulmanes y al Islam?

Influyó de varias maneras. La primera es cómo vemos los conflictos armados. A partir del 11 de septiembre de 2001 desaparece la complejidad de los conflictos armados y  empezamos a reducir todo a la guerra contra el terror. Entonces tanto en la academia como en los medios de comunicación se impone una narrativa que dice que no hay conflictos armados, ni actores, ni agendas. La explicación se reduce simplemente a un grupo de terroristas que atacan a los ciudadanos inocentes. Bajo esa mirada simplista lo que yo tengo es que acuñar a mi enemigo como el terrorista y una vez que lo hago, le achaco todos los males del mundo y con eso resuelvo la complejidad. 

Eso mismo ha pasado cuando se quiere mostrar que los ataques del 11 de septiembre nacen de una acción de un enemigo que fundamentalmente es extranjero y no es cualquier extranjero, sino un musulman. Una vez yo he definido el “nosotros” y el “ellos”, nosotros siendo los buenos, católicos, occidentales, locales y con pasaporte europeo y el ellos, los migrantes, refugiados y musulmanes, ya no necesito más complejidades para saber cuál es el bueno y cuál es el malo.

A eso se suma una incapacidad absoluta para estudiar el Coran, el Islam y el mundo musulmán. Lo resolvemos sobre la base del prejuicio, el cual está basado en la ignorancia, donde yo asumo que el musulman es terrorista, que el Corán ordena matar a la gente y que le promete vírgenes a la gente si se suicidan. Eso permite una persecución y una caricaturización. Por ejemplo, van a llegar 4.000 afganos a Colombia y la gente cree que lo que van a llegar son 4.000 talibán. Así de mal estamos en Colombia. 

 

¿Qué factores y elementos estuvieron y siguen estando inmiscuidos en estas narrativas violentas que tenemos hacia lo islámico?

Lo primero es el cuento de la posmodernidad que le ha hecho tanto daño a las sociedades, donde lo local es lo bueno y lo extranjero es lo discutible y donde se renuncia a los derechos humanos. Hay derechos humanos, pero para los míos. Tengo derechos pero son méritorios. Es decir, los tengo si me porto bien. Los demás, por ejemplo, tienen derecho a la libertad de expresión si cumplen mis cánones morales de evaluación. En ese sentido, empezamos a plantear que está bien que vengan migrantes o refugiados, pero los que queremos. Con esto se renuncia a cualquier universalidad de lo que entendemos como víctima, solidaridad o derechos humanos. 

 

¿Cuáles son esos principales prejuicios que configuran la islamofobia?

Primero está esa teoria de que el islam es sinonimo de violencia, segundo querer explicar que donde estan ellos, hay violencia. Los medios de comunicación han contribuido a este fenómeno. Hay un ataque e inmediatamente citan el nombre de la persona, su religión y su nacionalidad. Pueden decir algo así como “el sirio Mohamed Abdulá, suní, musulmán produjó un ataque”.

Sí, ¿pero si ese ataque lo hubiera hecho un colombiano, católico, dirían que era colombiano? ¿Dirían que es católico? No, no lo dirían. Hay un afán por asociar la violencia con el islam. En el caso colombiano, nunca he visto musulmanes envueltos en accidentes de tránsito, pero sí hay gente que dice “a los musulmanes hay que vigilarlos” o está el afán de externalizar. Tengo una amiga musulmana que contaba que le decían “oiga y en su país tal cosa” y ella decía “¿cuál ‘su país’?  Yo soy de Bogotá”, pero el interlocutor se rehusaba a aceptar que un bogotano puede ser musulman. Pensaba que si eres musulman, necesariamente eres extranjero, ajeno, extraño.

 

¿Cómo puedes explicar esta forma de discriminación que ya venía gestándose y que tal vez estalló en esta fecha en 2001 y que hoy se recrudece con todo lo que está pasando en Afganistan?

Los países en crisis necesitan un enemigo. Y ese enemigo se configura de acuerdo a los propios medios. Fíjese cómo se usa el hutu o cómo se utiliza al judio que se convierte en el piojo. O el tutsi que se convierte en la cucaracha  y cómo a partir de ahí se crea un discurso para caracterizar al otro.  

En el caso nuestro, uno ve un proceso de polarización social muy grande. Eso no solo en Colombia, sino en Holanda, Siria, Egipto, Venezuela. Esas generalizaciones simplistas, en un ambiente muy crispado y polarizado, permiten justificar a un enemigo. Colocar un enemigo al lado mio o al lado contrario. Y en el caso de los musulmanes es muy fácil darles una identificación con el enemigo. 

Hay noticias tan estúpidas, porque no cabe otra palabra, que dicen que detrás de algunas bombas en Colombia, está hizbulá. ¿De verdad uno cree que el ELN necesita que unos señores de hizbulá vengan a enseñarles cómo se pone una bomba? Hay un afán de mostrar eso y de crear unas alianzas y de satanizar a Irán. No estoy diciendo que Irán sea bueno o malo, pero digo que no tiene sentido involucrar ciertos actores para justificar ciertos discursos. 

 

¿Cómo desmarcarse de estas narrativas, teniendo en cuenta que por ejemplo, en Colombia la mayoría de productos culturales que consumimos vienen de países como Estados Unidos, que promueven, muchas veces, estas ideas del enemigo musulmán? 

Es curioso que en muchas películas de Hollywood, los terroristas tienen una bandera o pañoleta palestina. Pero además en casi todas estas películas hay un sufrido o un protagonista que es judio. 

Lo primero que hay que hacer es renunciar a la idea de que sabemos. La proliferación de afganólogos de estos días a mi ya me da risa. Todo el mundo es experto en Afganistán, aunque nunca hayan puesto un pie más allá de Egipto. Segundo es que las universidades siguen enseñando pendejadas, responden sobre la base de los manuales de Harvard, pero no hay trabajo de campo, ni siquiera los que estudian conflictos. Lo tercero es que la izquierda nuestra, es una izquierda que ha sido incapaz de renunciar a la lectura burguesía- proletariado para analizar los conflictos internacionales, todo lo quieren ver a la luz de la lucha de clases. Lo cuarto es que todas las culturas ajenas a las nuestras, nos parecen que nos están atacando. 

Si tú quieres saber lo que dice la iglesia católica, ve al cura y le preguntas o ve a la Javeriana y te metes a un curso de teología y aprendes.  Si tú quieres saber qué piensa el ELN, pues búscate las páginas web del ELN y leelos a ellos, pero no te pongas a preguntarle a gente que no sabe qué carajos es el ELN. Si tú quieres saber lo que es el Islam, pues ve a una mezquita. El grave problema de nuestra sociedad es que quiere la respuesta fácil. La gente quiere que uno responda qué es el Corán en un tweet. Así es muy jodido.  

 

¿Cómo, por ejemplo, crees que deberíamos entablar una conversación con alguien que tenga muchos prejuicios hacia los afganos en Colombia y que en muchos casos son tachados de “terroristas”? 

El problema es el tipo de poder que tiene esa persona, si esa persona no tiene poder, yo no la interpelo. Si lo tiene, tampoco. No sirve para nada interpelarlo. O sea, llamaste a una persona que no cree en la humanidad. Cómo le puedes decir a un uribista radical que se siente hablar con un petrista radical o con un verde radical. No hay posibilidad.

El problema no es que vengan de Afganistán. El problema no son ellos, somos nosotros que los recibimos con todas las taras del mundo. Es nuestra sociedad tan polarizada. El problema de la recepción no es la naturaleza de las personas que vienen porque no las conocemos ni las intuimos, apenas las prejuiciamos. 

El problema central está en los que recibimos. Somos una sociedad premoderna, prejuiciada y polarizada. Trate usted de hablar mal de Alejandro Gaviria, aunque tenga razones, no lo escuchan, así mismo pasa con Petro y con Uribe. ¿Qué diálogo racional puede haber en una sociedad que mitifica lo irracional?. 

Supongamos que no vienen de Afganistán, sino del Congo. Nuestro racismo no se expresará contra el islam, sino contra los negros. Supongamos que vienen de Flipinas, ahí no será el hecho de que sean negros o musulmanes, sino que sean ojirasgados. El problema no está en ellos, sino en nosotros. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que no es capaz de tolerar a los venezolanos? Aquí hay 500 veces más venezolanos que los afganos que vienen, pero nos asusta. El problema no son los afganos que vienen, el problema es que somos una sociedad xenófoba, racista, clasista, machista.

 

¿Qué podemos hacer para desmontar todos estos elementos que conforman la islamofobia?

Para romper la islamofobia hay que atacar la discriminicacion en general y para hacer eso hay que plantear el tema de la tolerancia. Pero no la tolerancia de “te tolero, pero de lejitos”. No. La tolerancia en términos de inclusión. Eso implica que desde el punto de vista de la religión le hagamos más caso a Francisco I y no tanto a Benedicto XVI. Es decir, que seamos menos camanduleros. Recuerdo una frase de un meme que decía: “de todas las religiones del mundo, qué bacano que el dios verdadero te toco a ti” o “de todos los pueblos del mundo, te tocó nacer en el país más feliz del mundo, Colombia”. Ahí ya no hay nada que hacer. 

Desmontarla implica reconocerse moderno y renunciar a la premodernidad feudal que tenemos como forma de pensamiento y resolver el problema de nuestra fe en la violencia, renunciar a esa capacidad de juzgar desde el prejuicios y desde la calumnia y la ignorancia. Implica ser capaz de, algo que no hacemos los colombianos, dejar de mirarse el ombligo. Nos parece que los venezolanos y los ecuatorianos son extranjeros cuando son igualitos a nosotros.

Significa ser capaces de combatir la xenofobia interna. Alguien diría que eso no existe porque la xenofobia es de la patria, sí, pero ¿cómo tratan los paisas a los boyacenses y los bogotanos a los caribeños? Con toda la discrminicación del mundo. 

Tendríamos que renunciar a una academia que tiene dos grandes errores, por un lado, que vive en una torre de cristal porque para esta lo importante no es la realidad, sino la cita de Harvard y por otro lado, que cree que sabe. Es necesario que distingamos entre la opinión pública y la opinión publicada. La opinión publicada termina por decidir qué es la opinión pública. Es necesario que seamos capaces de reconocernos ante todo y por encima de cualquier cosa, como seres humanos y personas. 

La llegada de 4.000 afganos si fuera bien aprovechada, a corto plazo, nos ayudaría a desarrollar una política exterior seria que no tenemos porque dependemos de lo que diga Washington. También a decidir una política migratoria, pero sobre todo ante todo, para decidir una cultura política moderna. 

El problema no son los afganos, somos nosotros. Si uno cree que 4.000 afganos van a dañar la concordia social, la paz permanente y el decoro de la sociedad colombiana es que no tiene ni puta idea de dónde vivimos. 

 

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