Sobre “Cartas a Antonia”, el libro póstumo de Alfredo Molano Bravo

Entrevistamos a su hijo, Alfredo Molano Jimeno, a propósito del libro que el escritor dejó a su nieta.

Para Alfredo Molano Bravo escribir era una función vital. Al hacerlo, no buscaba la supuesta objetividad que se le exige a un reportero. Tampoco tenía la ambición de crear universos literarios de un novelista. Y mucho menos sentía un afán de que sus letras fueran reconocidas y alabadas, aunque hoy sean muchos los periodistas, sociólogos, historiadores los que lo ven como un referente.  

Desde su “ruptura epistemológica”, luego de negarse a cambiar su tesis de grado en la École Pratique des Hautes Études en Francia, que por ética había escrito en primera persona, decidió ir para donde iba la gente en Colombia. “Soy un editor de voces”, diría en varias ocasiones. El territorio, el paisaje, sus habitantes fueron los protagonistas de sus libros, en los que encontró eco la vida de muchos que parecían condenados al olvido o la incomprensión.

Recientemente vio la luz “Cartas a Antonia”, su libro póstumo. Un texto íntimo, pero con el que cualquiera que  haya pisado este país se puede relacionar. Está construido con dos géneros que atravesaron la vida de Molano Bravo: el epistolar y el diario. Dos géneros en los que descargó esa necesidad de escribir para “entender nuestra historia, mirar el mundo y sospechar el universo”, como dice en una de las cartas. 

En “Cartas a Antonia”, Molano Bravo nos cuenta ese lazo que lo unía a su nieta, repasa su infancia, la historia de Colombia, su exilio, sus viajes familiares y termina con un relato de sus últimos días peleando contra el cáncer. Con la prosa sencilla y profunda que siempre lo caracterizó, este es un libro que funciona como sus memorias, siendo muy diciente el que lo haya hecho como un legado para su nieta: nunca le interesó ser el protagonista, incluso si se trataba de su historia.  

Alfredo Molano Bravo murió el 31 de octubre de 2019.  Dejó “Cartas a Antonia” casi listo, y fue su hijo, el periodista Alfredo Molano Jimeno, quien terminó la tarea. Hablamos con él sobre este libro.

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Con lo narrado en Cartas a Antonia, ¿ha habido miradas o información novedosa para ustedes como familia o para usted como hijo?

Sin duda hay una información biográfica que era absolutamente desconocida. Hay algunos relatos de su infancia que no habíamos oído. Como es el caso de la perrita Sonia o del chivo que le daba miedo. O la narración sobre el pájaro que le pidió a su papá que matara y que se llama “El remordimiento”. Esas no narraciones que yo por lo menos desconocía. Algunas habían sido contadas por pedazos, pero realmente tiene una mirada autobiográfica nueva. 

 

Hay un mandato de publicar estas cartas, ¿por qué? ¿Cree que hay otros destinatarios en lo que está escrito ahí además de Antonia?

Creo que era una obligación moral publicar las cartas, porque no son epístolas sueltas, es un libro que se denominaba así. Claro que además de Antonia hay referencias familiares, hay referencias a cada uno. En especial en el diario se envía mensajes a cada uno de los integrantes de esta gran familia, de los Molano Jimeno y de los Molano Arenas. A sus hijos, a su primera esposa, a mi madre Gladys Jimeno, a Martina, una gran compañera y amiga de él. A infinidad de amores que tuvo mi padre y que quedaron consignados en estas cartas. Pero además, “Cartas a Antonia” no solamente es una mirada intimista de la vida familiar, también hay Antonias en todas las casas, hay abuelos Alfredos, hay luchadores contra el cáncer en muchas familias colombianas. Hay sobrevivientes y hay duelos tan duros como el que hemos vivido en esa familia por cuenta de la pérdida de un familiar. Es un libro universal que le cala a cualquier familia colombiana por donde se le quiera ver. 

 

Su padre se consideró un editor de voces. En determinado momento, muchos autores deciden escribir sus memorias. Él vuelve y escapa del foco. Hay memorias pero a manera de cartas para alguien más, para su nieta. ¿Qué nos dice eso de la vocación de Alfredo Molano?

Este libro en gran parte es autobiográfico. Y es autobiográfico porque habla de su niñez, de su juventud, del colegio, de lo que había sido su vida en la hacienda El Líbano. Pero además habla de distintos momentos de Alfredo Molano Bravo: de cuando Antonia tenía un año o le deja algunas palabras consignadas antes de morir. Creo que termina escribiendo en parte sus memorias, pero no como un regalo para la posteridad solamente sino como una forma de entenderse y de escribir lo que estaba viviendo especialmente en los momentos del cáncer. 

Hay una basta cantidad de material escrito en cartas y en diarios. Son dos de los formatos que lo atraviesan en su vida y que hablan de una manera muy profunda de las enseñanzas de Alfredo Molano Bravo como padre, como abuelo, como amante, como esposo. Hay demasiadas cartas que deberán ser reunidas en algún momento. 

 

¿Qué caracterizaba esa producción epistolar de su padre?

Era un escritor de epístolas furibundo. Lo hacía desde muy chiquito. Tiene muchas cartas escritas a distintas personas que son muy valiosas y muy hermosas. Era un hábito de él, igual que los diarios. Tenía diarios para todo, para cada momento importante de su vida. Digamos que estas no serán las últimas cartas de Alfredo Molano a alguien, ni será el único diario de Alfredo Molano.

 

Es decir,  vendrán otras publicaciones... 

Como decía, mi padre dejó mucho material escrito. Y lo dejó escrito no porque él soñara con publicarlo, pues él no escribía para publicar. Lo hacía para entenderse, para soltar todo lo que sentía. Era un hombre tremendamente sensible que necesitaba de la escritura como un ejercicio de purificación. Casi que para él era un exorcismo espiritual, entonces tiene mucho material inédito. Cada vez encuentro más. Existe una novela erótica que en el momento que cojamos fuerzas entre la familia para tramitarla, procesarla y organizarla se podrá entregar. Y existen un par de trabajos inconclusos: unas memorias de Pablo Catatumbo que quedaron a la mitad de las entrevistas y que será un trabajo que sin duda terminaré yo. Hay unos libros o unas historias de vida que quedaron por ahí escritas, Y existen algunos libros que escribió no en sus últimos sino en sus años de juventud que nunca se publicaron pero están ahí. De seguro que me dedicaré algunos años a revivir y publicar todo ese material que dejó escrito Alfredo Molano Bravo. 

Esa historia de “El remordimiento”, que usted ya mencionó, en la que Alfredo le pide a su padre dispararle a un pájaro, parece ser un momento clave en su historia. Ese remordimiento, se traduce, quizás, en su mirada sobre la violencia. Fue alguien que no empuñó un arma, pero que dedicó muy buena parte de su vida a entender por qué la gente dispara. ¿Cómo recibió usted como hijo estas reflexiones? 

Muy bonita la manera como usted habla de “El remordimiento”. De cómo marca esa ruptura de su personalidad con las armas y con la violencia, pero al mismo tiempo esa necesidad de entender a quién dispara. Yo me recojo en eso que no es una pregunta sino una bonita lectura de lo que hizo mi padre. Mi padre tuvo siempre esa tensión de tratar de desarmar al violento, pero al mismo tiempo de entender a quien dispara. Me parece que no hay nada más que agregarle a esa mirada, es una tensión que atraviesa su vida y su obra. 

Como hijo, esas reflexiones siempre partían de un principio, y es del reconocimiento del otro. Un llamado a hacer ese ejercicio muy profundo y casi que espiritual de reconocer la existencia del otro. De la valía de sus miradas, de sus miedos, de sus deseos y no solo validar a los que cada quien tiene. Creo que esa fue la gran enseñanza que me dejó mi padre frente a esto del remordimiento o esa búsqueda de entender a quien dispara. 

 

¿Cómo ha reaccionado Antonia frente a la publicación del libro?

La reacción de Antonia ha sido la reacción de alguien que lo amó por sobre todas las personas en el mundo y que compartió con él demasiados momentos y demasiadas complicidades. Entonces ha sido un tránsito. Digamos que viene del duelo del día que se murió, del entierro, para luego procesar todo esto en la distancia, porque ella está en Cuzco, en Perú. No ha tenido la oportunidad de quienes hemos estado aquí, en donde él vivió, de poder hacer ese duelo acelerado, ella lo ha dejado un poco suspendido y ha iniciado la lectura con mucha madurez. Antonia es, como bien lo dice mi padre, esa niña que recibió las enseñanzas maduras de un intelectual y de un hombre profundo que quiso entregarle todo su legado emocional y espiritual. Y así mismo ella ha asumido con una gran altura esa responsabilidad que le dejó mi padre. 

Ha venido leyendo las cartas, ella me dijo que no había sido capaz de entrar en el diario por lo doloroso, porque realmente tendrá que enfrentarse a un momento difícil en su emocionalidad. Está buscando un buen momento. Pero Antonia tendrá este libro toda su vida como una sombra. La acompañará cada momento y en cada paso tendrá una frase que saltará como una evocación.

 

¿Hay alguna carta que encuentre particularmente especial?

Me gusta mucho la de “La belleza”, por eso le pedí a El Espectador que la publicara. Digamos que fue la primera carta que se conoció. Me gusta mucho la de “El remordimiento” que usted menciona. Y me gusta mucho un pedacito del diario, una carta que se llama “Perros y pájaros”: me parece que es una tonada a la vida y una tonada en clave nostálgica de un hombre que está mirando la muerte a los ojos. 

 

Hacía la última parte del libro, previo a un viaje de Alfredo y Antonia, momento en el cual a él ya le habían indicado que se tenía que chequear la amígdala, hay una correspondencia entre los dos prácticamente entre párrafos. ¿Cómo fue el trabajo para armar ese diálogo? ¿Por qué preciso en ese momento del libro se hace ese ejercicio? 

Es una carta muy particular porque es una carta diario, ahí se juntan los dos géneros que tiene este libro. Mi padre y Antonia empiezan a cruzarse epístolas para armar un diario. Es una petición que él le hace a ella y para lograrlo incluso crean un correo. Un correo cuya clave se perdió, no la pudimos rescatar; sin embargo, las cartas se habían rescatado previamente.  Bueno, eso creemos. Armar esto fue un ejercicio de revivir el duelo, de enfrentarse al duelo de nuevo, de desenterrar a mi padre, para volver a mirar su cara, volverlo a llorar y volverlo a enterrar. 

¿Se quedó algo por fuera del libro? 

No quedó nada que hubiera hecho parte del libro. Este libro casi que mi padre lo tenía ya pensado y armado. Solamente siete u ocho cartas de las 35 tuvieron que ser integradas. De resto se encontraban metidas en un archivo que decía “Cartas a Antonia”. Por ese lado, no me inventé nada, simplemente concluí un trabajo que él ya había empezado. 

Ahora, yo hubiera querido integrar más cosas. Hemos encontrado un diario del cáncer de cuando su madre murió y me hubiese gustado incluirlo para comparar esos dos procesos: el del hijo que escribe un diario de la muerte de su madre y el del paciente y el escritor que escribe su diario póstumo. Sus últimas letras quedan ahí. 

También hay otras cartas, muy bellas, que me hubiera gustado incluir, pero que no lo hice porque rompían la unidad de “Cartas a Antonia”. Yo creo que en algún momento tendré que ponerme a la tarea de recoger las mejores cartas de mi padre. Escribió muchas cartas en su vida, era una pasión que tenía, en la que consignaba los pensamientos más profundos y las enseñanzas más claras de vida.

 

¿Alguna vez habló de su fascinación por los tenis? Es muy curioso que, además de lo que usted cuenta en la introducción, es algo a lo que su padre le pone el ojo varias veces en el libro. 

El tema de los tenis converse es algo así como su firma, como su sello personal. Y sí, conecta con el lado más íntimo de mi padre que viene desde sus recuerdos infantiles hasta algunas de sus visiones más eróticas. 

 

La última parte del libro es muy dura, a nivel familiar, ¿cómo fue para usted el proceso de leer el sentir de su padre en esos días? 

El diario fue un ejercicio profesional supremamente duro. Y lo fue para toda la familia. Para mí armarlo fue enfrentarse al duelo de la manera más descarnada y dolorosa. Me obligó a pasar meses llorando las cartas, reviviendo cada instante, reclamando por qué no consignó unos momentos, entendiéndome a mí, entendiendo a cada parte de esta familia que jugó un papel en ese momento y que quedó escrito. Todos los que participamos de ese proceso de mi padre quedamos consignados en este libro. Quedamos retratados como los acompañantes de ese último viaje y eso fue supremamente doloroso, pero a la vez me permite hoy hablar de esto sin romper en llanto. Me permitió hacer un ejercicio de sanación personal y lo hice como cumpliéndole a él una palabra empeñada, un deseo aplazado, una labor inconclusa. 

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