Un vistazo al interior del barrio La Cumbre y su tradicional oda navideña a 'su majestad el Matachín'

Existe una relación muy cercana entre los matachines y el imaginario santandereano de las navidades. Así se vive desde el municipio de Floridablanca.

Cada año, entre cumbias y pólvora, el barrio La Cumbre espera con ansia la llegada del 7 de diciembre. "Lo bueno es que cayó sábado", me dice Walther, mientras recorremos la calle 30. 

Ese día, al casi caótico comercio de la zona lo adornan decenas de palos de escoba decorados con cintas azules y blancas elaborados por las manos de vendedores informales que, conscientes de la celebración del día de la Virgen de la Inmaculada Concepción, proveen a los creyentes de delicadas ofrendas para esta celebración especial. 

Faltan varias horas para que en las casas comiencen a encenderse las velitas y mientras tanto, Walther Yesid Conde Ferreira se encuentra preparando los detalles para su gran noche, que nada tiene que ver con encender velas, ni con rendir homenaje a la tradición católica. 

En la puerta de su casa y con el celular en la mano, pide reporte del número de matachines que están acercándose al punto de encuentro. Es el primer desfile de la temporada y espera convocar a unos cuatrocientos. Este será el cuarto año en el que asumirá, junto a sus amigos y miembros de la Corporación Matachines Nueva Generación, la responsabilidad de mantener viva una tradición que ha definido las navidades de esta zona del municipio de Floridablanca - Santander durante 56 años. 

El origen de los matachines es difícil de rastrear, pero existe una relación muy cercana entre ellos y el imaginario santandereano de las navidades. Málaga y Capitanejo, son otros de los municipios del departamento para los que los matachines representan esa alegría indescriptible de los diciembres. 

Las versiones que cuentan el inicio de estos personajes disfrazados y su significado son confusas, pero en el caso de La Cumbre, la historia de esta tradición comenzó con la llegada de Antonio Reyes.  

"Don Antonio fue el que trajo los matachines en el año 1963. Él y su familia llegaron de un pueblito que se llama Soatá y se inventaron la tradición acá. Al principio eran ocho y ya después fue incrementando el número. Con don Antonio también comenzaron la tradicional quema de pólvora y los carrancios", recuerda Walther, quien lleva puesta una camiseta con el distintivo de su corporación, aunque no necesita de escarapelas ni logos para ser reconocido. 

A sus 26 años, es un líder para los cientos de personas, de todas las edades y géneros, que desde el anonimato celebran en medio de trajes de colores y máscaras con identidades tan particulares como  'Care crimen', 'Su majestad El rey', 'Care niña' o la Pantera Rosa. Ha sido el tercer hombre llamado a mantener viva la llama de esta fiesta popular. Decidió hacerlo después del fallecimiento de Héctor Arteaga, el vecino que por décadas carnetizó a los muchachos, fabricó máscaras y llevó a sus matachines a espacios tan importantes como el Carnaval de Barranquilla y el programa de Pacheco Dame la A en televisión nacional.

"Don Héctor fue uno de los que más impulsó esta cultura, llevó a los matachines a espacios muy importantes como carnavales y reinados de belleza. Desafortunadamente, ahí sí como dice Darío Gómez 'nadie es eterno en el mundo' y cuando él partió en el año 2011, la tradición quedó como en el limbo. Por eso decidimos unirnos un grupo de amigos que siempre nos disfrazábamos y organizarnos para rescatar toda esa tradición que nos dejaron", explica Walther mientras vamos de camino a la casa de Álex, el punto de salida. 

Al pie de una pequeña colina, Álex Parra tiene su pequeño local de máscaras, y como vicepresidente de la corporación, es quien hace de anfitrión para reunirlos a todos amenizando la tarde con cumbias y Pastor López. El cielo rojizo finalmente da inicio al carnaval. Es el primero del mes, pero se repetirá también el 24 y 31 de diciembre y culminará con la llegada de un nuevo año acompañado de una gran quema de pólvora en la zona de las canchas. 

Saludar al público, tomarse fotos. Perseguir jóvenes, agitar bombos y festejar. Un carnaval ruidoso, salvaje, colorido y tan cercano, que "en toda familia de La Cumbre hay alguien que se ha disfrazado, el tío, el papá, los hijos. Entre nosotros no hablamos de otro tema". 

En las casas ya empiezan a asomarse los primeros vecinos con sus velas. Un par de horas más y los matachines regresarán a sus casas o algunos permanecerán juntos para celebrar toda la noche. En contados días volverán a ser héroes. "Y que no falte la cumbia", como me dijo Walther al final de nuestra conversación. 

Acompañamos a los matachines en su recorrido. Así lo vivimos:

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