Homo Botanicus: Un documental para sumergirse en el bosque tropical colombiano

El próximo 20 de junio, en la nueva Cinemateca Distrital, se estará exhibiendo este documental dirigido por Guillermo Quintero. Hablamos con él.

Luego de quince años, un estudiante se vuelve a conectar con su ex maestro para volver a sumergirse en el bosque tropical colombiano y recorrer, junto a él y a su nuevo aprendiz, el quehacer del botánico; una labor a la que en algún momento pensó que se dedicaría toda su vida. En pocas palabras, esta es la historia y el ángulo de ‘Homo Botanicus’, un documental dirigido por Guillermo Quintero que, luego de haber ganado el premio a la Mejor Película Internacional en la competencia del Torino FF y de ser premiado en el FICCI de este año en la categoría de “Documentes Hecho en Casa”, será exhibido en la nueva Cinemateca Distrital.

Sin embargo, este redescubrir de una vieja pasión plantea varias inmersiones simultáneas. Por un lado en la belleza de las plantas, su observación, colección y estudio. Una exaltación de una profesión, la botánica, que evoca a expedicionarios de siglos pasados, a los naturalistas alemanes del siglo XIX, a quienes iniciaron esta labor en Colombia: a Humboldt, a Bonpland, a Mutis. Una tradición que hoy nos da las herramientas para conocer y conservar el territorio que habitamos.

Así nos sumerge también en el eco de esa herencia que se alimenta, desde ese entonces, gracias a la relación entre profesor y alumno, y a esa obsesión que los une: las plantas.  Nos adentra en la cotidianidad del profesor Julio Betancur, actual director del Herbario Nacional, quien a lo largo de sus casi treinta años de carrera ha conseguido recolectar más de 19.325 plantas, y de su discípulo Cristian Castro, un hombre amante de las orquídeas. Y mientras los sigue, escuchamos los sonidos de la naturaleza y vemos las imágenes literales que se encuentran en el bosque tropical, pero también sentimos el misterio y el delirio de estos lugares que se potencializan con tramos de experimentación sonora y visual.

Precisamente nos sentamos hablar con el director Guillermo Quintero sobre estas inmersiones, decisiones estéticas y sobre aquello que lo hizo volver a una expedición. Esto fue lo que nos contó.

¿Por qué decide emprender esta expedición? ¿Por qué se fue y por qué volvió?

Estudié biología en la Universidad Nacional, aquí en Bogotá, y me gradué como en el 2003. En el 2001 tuve un curso de sistemática vegetal. Ahí conocí a un profesor llamado Julio Betancur y en ese momento pensé en dedicarme a la botánica. Ya con el tiempo tuve muchas dudas en la ciencia, y a pesar de que terminé la carrera, no la ejercí y me puse a hacer otras cosas. Luego me fui del país, a Francia. Allá estudié filosofía, seguí por otros caminos, pero con el tiempo empecé a sentir una especie de nostalgia en mi cuerpo por ese pasado como estudiante de biología, sobretodo por las salidas de campo.

Esa nostalgia hizo que pensara en volver de alguna manera, obviamente nunca a la práctica de la ciencia, pero quería estar otra vez ahí. Con el tiempo me fui acercando al cine, a las artes audiovisuales, y 15 años después decidí contactar a Julio Betancur y decirle que estaba interesado en grabarlo en su práctica pedagógica, en las expediciones que él hace con sus estudiantes. Volví y comencé a grabarlo. El rodaje arrancó a finales de 2014 y a partir de ahí fueron tres años y medio para terminar toda la película.

¿Cómo fue ese reencuentro, desde otro lugar, con el oficio del botánico?

Fue un encuentro muy personal, lo tenía muy presente y era una deuda que tenía, en parte por ese conflicto que yo tuve con la ciencia. Yo soy un gran defensor de esta, pero a la vez soy un crítico de los que la defienden a ultranza. Y por otro lado, también fue un encuentro muy grato con el bosque tropical y tener esas jornadas que yo recordaba en el pasado: de levantarse, desayunar y salir al campo o al bosque a colectar y a observar todas las plantas que uno pudiera hallar. Ver nuevas especies, o alguna que uno no había visto en esa zona y ahora aparecía, u otra que ya no estaba, pues eso también se considera un hallazgo. Fue muy grato y fue cerrar un ciclo.

¿Cómo se fue dando esa relación con Julio y Cristian?

Con Julio y Cristian se fue forjando también una gran amistad con el equipo de producción, que era muy pequeño pues éramos solo dos. Formamos un equipo que terminó siendo un grupo de amigos. Ellos iban, estaban apasionados por lo suyo, por la colecta y la observación. Y nosotros apasionados por lo nuestro y por observarlos a ellos. Fue un encuentro muy lindo donde pude llegar a una reflexión de la ciencia que se estaba gestando dentro de mí y que necesitaba expresar.

¿Cómo caracterizaría la labor del botánico?

Para mí los botánicos, como Julio o Cristian, tienen algo de locura. Una locura que hace que sean totalmente obsesivos con el trabajo, por la observación de las plantas. Por censar el bosque, por informar qué hay. Eso es importantísimo, pues es la primera piedra que permite conservar. Uno no puede conservar un bosque si no sabe qué hay en él.

¿Cómo catalogaría la botánica en Colombia y la tradición alrededor de esta?

La botánica en general, para mí, es de las ciencias más románticas que existen y es en parte porque tiene esa carga histórica muy fuerte. Lleva consigo esa tradición científica occidental y era en muy buena medida la que permitía conocer estos mundos. Cuando por ejemplo los reyes en Europa querían mostrar sus otros territorios lo hacían en parte a través de la botánica. Eso hizo que fuera una ciencia muy importante y que se desarrollara mucho gracias a su valor político.

En Colombia sucede un poco parecido, se da la primera expedición, mandada por la corona, comandada por José Celestino Mutis, y a partir de él comienza una tradición que va de generación en generación, de maestro en discípulo, en una cadena que continúa hasta ahora.  

En este país ha sido especialmente fuerte, tanto por la diversidad que tiene, como por el interés que han mostrado mucho botánicos por los bosques del trópico. Sin embargo, si tú evalúas el estado actual de esta disciplina es claro que hace parte mucha inversión y hacen falta recursos para catalogar todo eso que ellos colectan. En la película se vé el Herbario Nacional Colombiano, que para mí es un templo donde se consigna toda la historia y la memoria de ese bosque, y ese edificio está que se cae. Llueve y hay goteras que llegan a las colecciones. Y si bien la botánica es un campo que académicamente sigue estando fuerte, sí le hace falta mucho apoyo del gobierno y de las instituciones.

Aunque ya mencionó algo sobre esto, quisiera profundizar en ese interés suyo en la relación profesor-aprendiz, ¿hay algún otro motivo para que le de un lugar tan protagónico en el documental?  

Lo que sucede en la botánica, y en cualquier ciencia que implique salir al campo y estar durante muchos días en un bosque en una expedición, es que hace que las relaciones entre el maestro y el discípulo se desarrollen mucho más y sean más personales. Estás compartiendo el baño, la carpa, el almuerzo, el trago, el agua... todo. Evidentemente eso hace que, por ejemplo, Julio tenga muchos estudiantes que lo consideran un hermano, un padre o alguien de la familia, porque se han forjado esas relaciones en tantas expediciones y experiencias cotidianas. Para mi era muy importante mostrar eso a través de la relación de Cristian y Julio.

Creo que esto también es un pilar muy fuerte gracias al cual se ha desarrollado esa tradición de la que estamos hablando. Lo que Julio le transmite a Cristian va más allá de lo académico. Es un tema fundamental y por eso es protagónico en el documental. A través de esa relación que ellos tienen, basada además en algo en común como lo es el amor por las plantas, se puede mostrar la locura y ese interés del hombre científico por entender el bosque y sus misterios.

Están los sonido naturales y las imágenes de por sí increíbles que capta la cámara, pero en algunos momentos arranca una experimentación sonora y visual casi que delirante, cuénteme un poco las razones de esta decisión narrativa y estética.

Fue por varias razones. Para mí esas imágenes experimentales, esas imágenes de archivo y el juego con ellas, le daban una dimensión, como tu dices, delirante o misteriosa, que de hecho existe en el bosque. Era importante poder reflejar eso en ciertos momentos, que el espectador pudiera también sentir ese viaje. Cuando uno va a una expedición por varias semana, se te pierde el tiempo, no sabes qué día es, sueñas con otras cosas, y era ideal potencializar eso y lo hicimos a través de ese tipo de recursos y de imágenes.

Otra razón es que narrativamente era interesante hacer esas transiciones. Le daban ritmo a la película y también nos permitía jugar con las reflexiones de la voz en off de ese alumno que vuelve. Agrandaba la dimensión onírica. Es incluso una de las cosas que más me gusta de la película.
 

¿Por qué ver Homo Botanicus?

Todos los que tengan una sensibilidad por la naturaleza, por ese lado sublime del bosque, la van a disfrutar. Creo que es una película original en el paisaje del cine colombiano. Yo estaré en muchas de las proyecciones respondiendo preguntas acompañado de Julio y Cristian, así que los espero.

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