De comediantes a actores, del stand up al cine: una diatriba que no censura

La comedia es muy complicada, pero en Colombia es el camino más corto para monetizar. Hablemos del cine de entretenimiento.

Si yo hiciera stand up comedy arrancaría mi rutina así: “Buenas, ¿cómo les va? A mi, mal, gracias por no preguntar. Yo nací, crecí, no se me han dado las cosas para reproducirme de a mucho que digamos, y como tampoco tengo ningún talento, decidí que podía hacer stand up comedy. Tampoco lo logré; así las cosas, decidí estudiar periodismo y comunicación social. No es chiste, no se rían. Es cruel.” Yo sé, sería un desastre, por eso mejor no hago algo que no sé hacer.

Hoy en mi condición de 'don nadie' (o de realizador audiovisual) vengo a manifestar el malestar que me producen las tendencias cómicas que se están apoderando de las salas de cine de este país, cuyas mayorías prefieren, aceptan y disfrutan los chistes fáciles, chistes que cada vez son menos chistes, en películas que cada vez parecen más fáciles.

La comedia es muy complicada, hacer reír es más difícil que hacer llorar, que incomodar, que emocionar, pero en Colombia es el camino más corto para monetizar. Pareciera que hacer cine solamente es difícil cuando se tiene algo de respeto por el arte, y con esto no me refiero a que las películas tengan que gozar de una complejidad extrema o de una profundidad que nos deje al final más preguntas que respuestas. Estoy convencido que al cine no hay que verlo como una narrativa inalcanzable, pero tampoco hay que insultar la inteligencia de los espectadores embutiendo un combo de comediantes en la pantalla riendo entre ellos de la faceta escatológica del cuerpo, mostrando en cámara lenta las interminables piernas de alguna modelo a la que convencieron de que tenía mucho potencial para hacer cine, siempre y cuando lo hiciera en biquini (así como hace Michael Bay) y tocando el tema de la disfunción eréctil sin mucha gracia pensado que con eso ya se tiene el terreno abonado para el éxito en taquilla. Retratarnos puede ser cómico, pero no así.

Claro que mi voz no es la voz del pueblo (incluso ni siquiera yo me hago responsable de mi), y muchos dirán con absoluto tino: “a este lo que le falta es sentido del humor”, o “pero por qué sufre, no las vea y ya” , y que me dicen del "¿qué ha hecho este para hablar de los que sí están haciendo”. Todo muy acertado, pero igual dejaré esta diatriba por aquí y no me retiraré lentamente, con la firme intención de leer lo que todos ustedes tengan que decir.

Al igual que Andrew Zimmern, chef newyorquino que come cosas que muchos no se dignan ni a oler, yo me senté a ver tres películas cuyo tráiler ya me parece interminable, tres películas protagonizadas por comediantes que hacen stand up, cuando de las pantallas grandes por lo menos, deberían “get out”, tres “comedias” débiles pero muy rentables (¿Usted no sabe quién soy yo? 2, la vieron 383.909 personas). Tres películas que afronto con todos los sentidos dispuestos (sobre todo el del humor).

Intenté con todas mis fuerzas dejar a la predisposición relegada de este ejercicio y le di play a: ¿Usted no sabe quién soy yo?, ¿Usted no sabe quien soy yo 2 y de la que me ocuparé en este artículo: Si saben cómo me pongo, ¿pa’qué me invitan?; tres películas  que desde el título proponen exponer con hilaridad y desparpajo la cotidianidad de una sociedad a la que constantemente le estampan frases como estas, frases que se hacen agua en la boca de los comediantes, que hacen de la absurda cotidianidad a la que estamos sometidos, la materia prima de sus rutinas. Seguramente lo hacen muy bien parados frente a un público con micrófono en mano (disfruté por ejemplo las rutinas de Gonzalo Valderrama y Primo Rojas) pero en cine, tal vez no.

Woody Allen ha dicho en muchas oportunidades que un porcentaje muy alto del éxito que tienen sus películas, radica en la selección de los actores, explica que escoge actores profesionales porque saben hacer su trabajo, se han preparado, han estudiado, viven en función de perfeccionar su oficio, su arte… Y discúlpenme, pero lo que yo vi en estas películas fue a un grupo de personas que nosotros mismos nos encargamos de validar, poniéndolos en un pedestal de gracia que les dio el derecho de pisar un terreno que exige otro tipo de discurso y más preparación. Claro, como ahora todo el mundo hace stand up comedy, seguramente sus principales exponentes dijeron: “ah bueno, entonces yo voy a actuar”. Es posible.

¿Si saben como me pongo pa'qué me invitan?, cuenta la historia de tres parejas con problemas en su relación que se van para un hotel en tierra caliente a solucionar sus inconvenientes con la ayuda de una pareja de gurús (difícil no pensar en Couples Retreat, comedia de 2009 dirigida por Peter Billingsley ). Todo está mal cuando una de las prioridades de la película es mostrar la marca de los que pusieron la plata para hacerla, no hay tacto para que la marca entre en nuestros subconscientes mientras somos conscientes de lo realmente importante, la historia (Robert Zemeckis por ejemplo, hace esto muy bien).

Un hombre que está a punto de perder a su familia por problemas con el alcohol, una mujer insatisfecha sexualmente porque su marido tiene un trauma en el que se ve involucrada una burra, una pareja que está al borde del divorcio porque él no puede soltar el celular (Polilla, nombre artístico del encargado de este último personaje, fue el único que logró sacarme una sonrisa) y una mujer absurdamente celosa que va al retiro para salvar la relación que tiene con su poco agraciado esposo. Estas son las situaciones y los personajes que llenan esta hora y media en la que no encontré un motivo para reír con naturalidad.

Lo más raro desde mi perspectiva, es que Colombia no es ajena a la comedia, no es que se esté explorando el género con prueba y error, somos pintorescos por naturaleza y esa característica ha sido aprovechada con películas de las que sí podemos sacar pecho y reír, incluso sabiendo que nos encontramos ante un retrato cruel: La estrategia del caracol (1993), La gente de la universal (1995), Diástole y sístole (2000), La pena máxima (2001), Bluff (2007) y más recientemente Amalia, la secretaria (2018)

Creo que forzar el chiste es el camino más seguro para evitar la risa, y estas películas cumplen a cabalidad con esta premisa. No dudo del talento que tienen en sus respectivos campos todos los que hacen estas películas, pero personalmente me parece innecesario dedicarle el tiempo a una historia que está hecha para sacarme una risa, pero que paradójicamente termine sacándome la piedra.

Públicos hay muchos y seguramente una cantidad considerable de las personas que la vieron, se la gozaron y eso es perfecto; creo que nos merecemos el regocijo de todo aquello que a otros les provoca culpa o insipidez, porque al final, y he aquí un buen nombre para un show de stand up comedy: “A palabras necias, oídos sordos”.

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