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Un día en la vida de un mensajero

El trajín diario de un mensajero está lleno de anécdotas que a veces no alcanzamos a imaginar. Este relato es una historia real.

La tarea para un mensajero era tan simple como amarrarse los cordones: ir a un banco y consignar un millón de pesos.  

Alfonso se llamaba el señor que necesitaba el favor: era uno de esos personajes que por ostentar un cargo directivo creía que podía saludar cuando le diera la gana. Y como al mensajero le tocaba hacerle el favor a media empresa para pagar los servicios, retirar plata, cambiar unas chanclas o acompañar a un hijo de otro ‘duro’ que necesitaba ir al centro pero no sabía cómo llegar, entonces la bendita consignación no era opcional. 

Pleno año 1996. Carl Lewis ganaba en los Juegos Olímpicos de Atlanta la medalla de oro en salto de longitud a los 35 años, Gabriel García Márquez lanzaba su libro Noticia de un secuestro, I.R.A presentaba su disco Crónicas de una década podrida y en la ciudad muchos todavía no conocían el recién inaugurado Metro de Medellín que había entrado en funcionamiento en 1995.  Sí, el mundo transcurría pero el mensajero estaba desconcentrado, recién había terminado con su novia de colegio y se preparaba para iniciar sus estudios en la Universidad de Antioquia, donde tras tres exámenes de admisión presentados, por fin aprobó uno.

“Todo se olvida al despertar, una vez más”, se repetía en su Walkman donde escuchaba una y otra vez al grupo español Héroes del silencio. Era su casete de la temporada y ese estribillo le servía como aliciente para sortear esos días apesadumbrados que parecían una prueba para no perder la fe. Alicaído y en una actitud rebelde, se sentaba en la última banca de los buses y prendía un cigarrillo mientras con un lapicero incrustado en uno de los carretes, iba devolviendo el casete.  

Era viernes después de almuerzo y ese día los bancos se atestaban de gente cual hato de ganado buscando un buen pasto. Todas las diligencias estaban finiquitadas: la consignación del gerente en Banco del Estado, reclamar las pastillas de la secretaria en tal farmacia, los trámites de la empresa en la DIAN, solo faltaba la consignación de don Alfonso. Con el tiempo medido, el mensajero entró al banco que estaba ubicado en centro de la ciudad (plena Avenida Oriental con Caracas), se quitó los audífonos, se dirigió al lugar de las consignaciones y buscó el formato, anotó el número de cuenta, la cantidad, quién depositaba y listo, hurgó en la maleta buscando el sobre de manila tamaño carta doblado a la mitad que contenía el millón de pesos pero ¡Jesús Misericordioso! ¡No estaba! “Jueputa, boté el millón de pesos”, fue lo primero que pensó. Revisó una y otra y otra vez,y nada.  

Con la angustia apretando justo en la garganta, cerró los ojos y trazó en su cabeza el recorrido de cada diligencia hasta que llegó al último lugar: El Banco Popular del sótano de La Alpujarra, sector comercial de Medellín donde además funcionaban las sedes centrales de la administración municipal y departamental.  Ya faltaban 20 minutos para el cierre de los bancos. Cerró la maleta con brusquedad, se puso los audífonos y como dicen en la calle, emputó a correr. 

Corría tan rápido como podía y por la cabeza se le cruzaban pensamientos que parecían disparos de ejércitos enfrentados: su ex novia que le hizo la judía y lo dejó, el pago de la matrícula para la universidad, las botas que había comprado y que adeudaba, las cuotas pendientes del preuniversitario, el préstamo en la natillera, pero sobre todo, ¡Quién se iba a aguantar a don Alfonso! ¿Diría que le habían robado el milloncito?  ¿Lo iban a echar del trabajo por eso? ¡Ninguna idea era indulgente! ¡Todo era drama y con razón! 

Como endemoniado cruzó las calles, parecía un guepardo citadino esquivando carretas con mangos y otras con zapatos en promoción; las zancadas eran precisas y casi intuía el sonido de los carros, ¡Corrió tan rápido como nunca antes pensó! Debía recorrer unas 13 cuadras y llegar al banco antes del cierre a las 4:30 de la tarde. La misión y milagro a la vez: encontrar luego de media hora desde que se bajó del bus, el sobre con 50 billetes de $20mil.  

Ese día, tras tantos años de entrenar fútbol en el barrio Las Estancias de la Comuna 8 y en la cancha del Alejandro Echavarría, no se comparaba con los tres partidos jugados el mismo fin de semana en la Liga de Envigado o en la Liga Antioqueña de Fútbol en Medellín: ¡Pero lo había logrado! Y era lo que importaba, eran las 4:26 de la tarde y casi llorando, al borde de un infarto, jadeando como perro juquetón, entró al banco, miró a todos lados y se dirigió al puesto de consignaciones, apretó los ojos, respiró azuzando como siervo que se libró de un león y entonces estiró las manos, ahí estaba el sobre con el millón de pesos. Lo abrió, se acuclilló y baluceó: “Gracias, gracias… gracias Dios mío”. 

Pero ahí no terminaba todo.  Llegó a la oficina… y el fulano de don Alfonso embraveció como un toro porque no alcanzó a consignarle la plata.  “¡Ah, hoy era el último día pa’ pagar! ¡Qué maricada!”. 

Regañado, el mensajero salió de la oficina, bajó las escaleras y pensó: “Viejo hijueputa”. Y tarareó la canción de La Pestilencia: “Vive tu vida, déjate ya de servilismos”.

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