Por el derecho al silencio

Al bullicio diario se unió el palpitante rumor digital que, a la par, detonó esta reflexión sobre la oportunidad de bajarle volumen al vértigo cotidiano.

Hay un susurro incesante que prospera como una malformación en el cuerpo y que nadie puede ver; pero que está ahí y crece y crece… 

Hay que señalarlo, porque no se ve, pero es omnipresente. Algo así como la película “Bird Box” que protagonizó Sandra Bullock en Netflix (para citar un ejemplo de estos tiempos); una fuerza turbadora que enloquecía a todos hasta incluso provocar la muerte (aunque en este texto aludo a una defunción inasible y etérea, un fallecimiento del bienestar y la calma que puede producir la ausencia del silencio). ¡Les hablo del ruido digital!

Es como una piquiña inmarcesible alojada en el oído o una mosca que secretamente crece en la panza y nos carcome por dentro. A continuación, ilustro varios ejemplos: 

En el bus alguien conversa en altavoz y, al lado, el vecino hace lo mismo, como un dibujo calcado, repite la acción quien está detrás; y como si fuera un coro, cada uno responde también con una nota de voz. En otra escena, mientras circula la fila para el supermercado, suena el celular de una señora que no sabe cómo contestar, está atareada con su bolso y su hijo en brazos; delante de ella, una pareja de novios celebra a carcajadas una cadena de mensajes a la que dan clic y, acto seguido, rechina una mujer simulando tener sexo; y estando en la oficina, se entremezclan las notificaciones de “Wasap” que retumban y vibran, creando una cacofonía agotadora y al parecer, irreductible. 

Pasa también en los hogares, donde cada quien consume videos de Instagram, YouTube, Facebook o TikTok. Y van nuevos ejemplos: alguien escuchando una noticia sobre el reciente escándalo de corrupción; en otro cuarto, un integrante de la familia -con la barbilla clavada en el pecho- sonríe con un prodigio de seis años interpretando una pieza de Mozart y, así, ese ruido se sigue inmiscuyendo y enmarañando en la jornada habitual. Aquí y allá, en cada rincón del mundo, hay millones de ojos, manos y espíritus domeñados por una pantalla, exacto como lo predijo en 1998 el grupo de rock Pearl Jam en su canción “Do The Evolution”. Y entonces arremete la duda despertada en la voz de Eddie Vedder: ¿es esa la evolución?

El día a día trae consigo un ronroneo con elementos tan variados como el transporte público, los voceadores, el cierre de una puerta, el ladrido de un perro, un timbre, el zumbido de una mosca e incluso, en lugares dotados de quietud, resuenan los vientos y su seseo, el crujido centenario de los árboles y el fluir de la corriente de los ríos. Desde que nacemos, después de la nalgada -en desuso- del médico, siempre el sonido ha estado presente de múltiples formas. 

A esto hay que agregar que, en pleno año pandémico 2020, muchos celebraron el sosiego de las ciudades silenciadas, ese bajón del volumen vertiginoso de la vida diaria. Lo aplaudieron inclusive prendados de los tonos atiborrados de las notificaciones, las reuniones virtuales, las clases de colegio digitales, los cumpleaños familiares vía Zoom… En fin. 

Menciono todo esto porque es necesario hallar un equilibrio entre el ruido digital, sumado al chasquido cotidiano y a la perorata de las redes sociales, esto en contracara a la posibilidad de disfrutar y respetar el silencio de los demás (y no voy a hablar de los problemas de salud o adicciones digitales, eso se ha abordado en otros textos). Como individuos, pero sobre todo como sociedad -sin menoscabar las libertades-, debe ser opcional querer apaciguar ese murmullo taladrante, desear serenar el alma, apagar el dispositivo y reducir el caos estrepitoso de los días y del cual somos protagonistas (y a la vez, antagonistas). 

Hoy exhortamos el derecho y a la vez el privilegio a estar callados y en silencio -no solo del citado ruido digital-, teniendo la elección de opinar o no, decidiendo si participar o no en las corrientes virtuales que azuzan a las personas para que salten como fieras peleadoras. 

Así que, usemos los audífonos, bajemos el volumen a los dispositivos móviles, desactivemos las notificaciones, desenchufemos la mente de pleitos partidistas, regalemos mutismo a la naturaleza, ponderemos las opiniones: dispongamos entre todos un espacio saludable y sintonicemos el llamado sabio que hizo Caifanes en su disco “El silencio” de 1992, cuando cantaban: “Vamos a hacer un silencio, vamos a hacerlo nuestro en serio”. 

Lo explicó en 2016 el intelectual y filósofo George Steiner a El País de España: “no hay que tener miedo al silencio. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial”, sentenció. Y en estos tiempos agitados, reencontrarnos con lo básico, quizás eso aporte a la construcción de un mundo mejor. ¡Uno posible y salvaguardado por todos! ¡Una vida con espacio también para el silencio!

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