Cierre de Burger Records: Una deuda con las víctimas

Estamos pasando un por un momento histórico que nos obliga a pensar acerca de las dinámicas que se mueven en los espacios independientes.

El 20 de julio Burger Records cerró todas sus operaciones luegos de múltiples acusaciones de acoso sexual hechas contra su personal y varias de las bandas del sello, hecho que una vez más evidenció que la industria de la música es un espacio sumamente peligroso para las mujeres, donde a pesar de los discursos y las poses que muchos artistas venden, reina de forma impune una masculinidad abusiva y perversa.

El caso de Burger Records es una historia que se ha repetido constantemente a lo largo de décadas: artistas o empresarios que aprovechan su posición y estatus para abusar física y/o psicológicamente de las mujeres de la escena y luego, gracias a la complicidad y el silencio, seguir sin problemas con sus vidas y carreras profesionales. Pero desde hace varios años varias mujeres a lo largo de todo el planeta se han unido para decir “¡No vamos a callar más!”

Esto ha desatado varias olas de denuncias, y el “escrache” ha sido la herramienta que ha permitido señalar desde grandes nombres de la industria del entretenimiento hasta artistas independientes de las escenas locales de todo el mundo. Pero en la mayoría de los casos estas denuncias se quedan solo en eso, en señalamientos. Y legalmente, la inoperancia y lentitud de la justicia pocas veces falla a favor de las víctimas que en muchos casos terminan demandadas por injuria y calumnia, tachadas de mentirosas e incluso revictimizadas. 

Pero el caso de Burger Records es distinto, en pocos días la empresa intentó hacer cambios fuertes, sacando a sus CEOs y miembros fundadores (Lee Rickard y Sean Bohrman), cambiando el nombre y creaando un sello solo de mujeres. Pero la iniciativa duró muy poco ya que la decisión final fue cerrar, y no solo eso, también retirar todo el catálogo del sello de las plataformas virtuales. 

Esta acción nos exige pensar en lo que implican las medidas tomadas, ¿qué lecciones quedan?. El caso se enmarca en uno de los debates más grandes que se dan en este momento en el feminismo: ¿Qué viene después del escrache? ¿Cómo hacer para que estas denuncias no se queden en las redes sociales? ¿Cómo crear una justicia feminista que genere reparación para las víctimas, un acompañamiento a los victimarios y la creación de espacios seguros para las mujeres? 

Al decidir desaparecer, Burger Records, de alguna forma se lava las manos. No basta con decir: “sí, cometimos un error y por eso adiós”, de hecho el comunicado del cierre vino acompañado de un GIF de Porky diciendo “Eso es todo amigos”. El sello está perdiendo una oportunidad histórica de hacer un cambio real dentro de la escena independiente que ayudó a construir. 

Ahora más que nunca se necesita reconstruir el mundo de la música y sus dinámicas. Y este hecho pudo servir para generar un debate entre público, bandas, promotores y empresarios que sirviera para crear formas de reparar, fortalecer vías para conseguir una justicia restaurativa y colaborar con las víctimas. Esto pudo sentar un precedente que de verdad significara una revolución en la música y así crear protocolos, acciones y reflexiones colectivas. Pero se está corriendo el riesgo de que la historia se repita y las fanáticas, empleadas y artistas perjudicadas por la incompetencia y el machismo de Burger Records no encuentren una verdadera reparación. 

También es importante pensar que el catálogo de este sello tiene más de mil álbumes de bandas de todo el mundo, la mayoría independientes, DIY y muy pequeñas en términos de industria. Que esta música desaparezca de las plataformas virtuales implica una pérdida de memoria sonora significativa. Si bien el sello entregó los derechos de las grabaciones a las bandas para que estas puedan volver a subirlas o sacarlas con otros sellos, hay que preguntarse ¿cuántas de estas bandas están en la capacidad de hacerlo? ¿cuántas de estas bandas todavía existen?  

Burger Records sobresalió por prensar casetes de grupos de garaje, lo que significa que no eran tirajes de cientos de miles de copias, así que mucha música se va a perder. Incluso vale la pena preguntarse ¿cuánto tiempo va a pasar para que los especuladores del mercado de música inflen los precios de estos casetes, se ganen unos buenos pesos y no le dejen nada a quienes los grabaron?

Además es importante extrapolar esto a nuestras escenas y tomar nota de lo que sirvió y no sirvió en este caso, por más cosas lindas que digan los sellos pequeños e independientes, finalmente hacen parte de un negocio y el dinero siempre juega un papel determinante. Por eso, lo más probable es que el cierre de Burgers Records más bien responda a un tema meramente monetario y cerrar fue la solución más rápida y barata. 

El abrupto final de este sello debe invitarnos tanto a públicos, artistas, gestores, comunicadores, empresarios y demás agentes de la industria, a reflexionar acerca de lo que sucede en nuestros espacios y qué hacemos como individuos y colectivos para mantenerlos seguros. Es importante empezar a tener una participación activa dentro de las escenas, sin importar si eres el que paga una boleta o la cabeza del festival.

Es hora de que el debate pase de las redes sociales a las pistas de baile, a los escenarios, a los camerinos y las salas de ensayo. La construcción de un movimiento cultural seguro y realmente independiente, no debe depender ni de sellos, ni de marcas, ni de nombres, sino de todas las personas que lo hacen posible. 

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