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¿Por qué hay que hablar de racismo en Colombia?

Cuatro mujeres lideresas nos ayudan a comprender la realidad actual de opresión y discriminación que vive la comunidad afrocolombiana.

“La razón por la que los edificios se están quemando no es solo por nuestro hermano, George Floyd. Se están quemando en llamas porque la gente aquí… está diciendo ‘¡Basta! ¡Basta!’ No somos responsables de la enfermedad mental [racismo] que se ha infligido a nuestro pueblo por las instituciones del Gobierno y los que están en puestos de poder… No nos hablen de saqueos, son ustedes los saqueadores, son ustedes los que han saqueado a los negros, a los pueblos indígenas cuando llegaron aquí por primera vez”. 

Este era el discurso de la activista Tamika Mallory tras las protestas y disturbios que ocurrieron en Estados Unidos después del asesinato de George Floyd bajo la rodilla de un oficial de policía y frente a los ojos de un país que observaba el abuso de poder. Un hecho que desencadenó protestas masivas en el continente y en muchas otras partes del mundo por parte de las comunidades afrodescendientes que piden justicia y exigen garantías para que sus vidas tengan la misma valía que la de personas blancas y no racializadas.

Así es como volvió a la agenda pública la consigna “Black Lives Matter” (en español “Las vidas negras importan”) tras haber surgido en 2013 como respuesta a la absolución de George Zimmerman, responsable de la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin, asesinado el 26 de febrero del 2012. 

#BlackLivesMatter ha sido el movimiento para manifestarse en contra de la muerte de numerosos afroamericanos víctimas del abuso de autoridad policial, incluyendo los casos de Tamir Rice, Eric Harris, Walter Scott, Jonathan Ferrell, Sandra Bland, Samuel DuBose, Freddie Gray y recientemente George Floyd.

El lema ha trascendido y se ha convertido en una organización cuya misión es erradicar la supremacía blanca y construir herramientas de poder comunitario para intervenir en la violencia infligida a las poblaciones negras.  

Aunque el concepto de “raza” es obsoleto en la actualidad a partir de los descubrimientos que contradicen al poligenismo (doctrina según la cual las razas humanas tienen origen en diferentes lugares) y que dan evidencia del origen de la humanidad en África Oriental, la discriminación racial aún es un fenómeno global que marca negativamente el día a día de millones de personas en todo el mundo y que es visible más allá de las cifras que adornan las publicaciones estatales y las de organizaciones internacionales; es patente en la brecha de desigualdad cultural entre las personas oprimidas y aquellas que han nacido con privilegios.

Por ejemplo, en Colombia, así como en la mayoría de países del mundo, ser negro también es una sentencia de discriminación perpetua, que puede significar incluso la muerte para muchos que son asesinados con sevicia por su color de piel. Así ocurrió en 2018 con el líder social Temístocles Machado, asesinado por su lucha constante porque se garantizara el derecho de su comunidad al territorio y por su posición frente a la expansión portuaria en el barrio La Isla de la Paz en Buenaventura.

Lo mismo pasó con María del Pilar Hurtado en 2019, líder social del departamento de Córdoba, víctima de dos motorizados que la mataron frente a su hijo de nueve años por liderar los diálogos de la invasión de un asentamiento que garantiza vivienda a los desplazados y a los migrantes venezolanos. Y más recientemente Anderson Arboleda, un joven afrodescendiente de 24 años que vivía en Puerto Tejada, asesinado por un policía que lo golpeó con un bolillo en la cabeza ya que presuntamente estaba infringiendo la cuarentena.

Lo que hay que entender es que estos no son casos aislados, no son accidentes, de lo que estamos hablando es de una discriminación estructural; es decir, que la sociedad está configurada de tal manera que muchas personas viven experiencias de exclusión y desigualdad por el hecho de ser afrocolombianos, raizales o palenqueros. Así lo demuestran los últimos resultados del censo de 2018 del DANE que, aunque no se censó a un 63 % de esta población, evidencia una realidad aproximada.

En los 100 municipios con mayor porcentaje de población afro (que es donde se concentra el 59 % de esta población), el 48 % vive en situación de empobrecimiento; el 59 % tiene bajo logro educativo; el 14 % son analfabetas; el 81 % trabaja informalmente y el 37 % no tiene acceso al agua. Por otro lado, según la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV), el 22 % de las 4,7 millones de personas de esta población son víctimas del conflicto armado.

Por lo tanto, aunque seamos un país evidentemente mestizo sí debemos hablar de discriminación racial, porque no son solo las condiciones sociopolíticas de las personas afro las que son precarias, son las condiciones socioculturales las que siguen perpetuando imaginarios prejuiciosos y discriminatorios hacia esta población.
 

¿Cómo nos podemos comprometer con esta lucha?

La discriminación y el racismo son una problemática que acoge a toda la sociedad y por lo tanto todos tenemos responsabilidad para ayudar a mitigarla. Una acción que podemos llevar a cabo es seguir hablando de racismo en Colombia para reflexionar en torno a la historia, la memoria y el legado ancestral de la comunidad afrodescendiente; asimismo, para conocer las diferentes formas de violencia que se han ejercido sobre los cuerpos y el territorio afrocolombiano. Debemos entender que el racismo existe, que es una de las formas de violencia más antiguas, que esta discriminación legitima la desigualdad y roba vidas.

Según la periodista y activista afro, Edna Liliana Valencia, para comprometernos con la lucha contra el racismo en Colombia “lo primero es reconocer que el problema existe, una de las formas más potentes del racismo es negar que existe; para mí el racismo del siglo XXI es negar la existencia del mismo. Decir ‘ay, no es que ustedes son unos negros resentidos, acomplejados’, eso hace parte del racismo porque invisibiliza una problemática que está afectando la vida, los derechos, la conciencia, la autoestima de miles de personas en este país y en el mundo entero. Lo segundo es que debemos conocer la historia de África y sus descendientes en América Latina; nos contaron únicamente la historia de La Pinta, La Niña y La Santamaría, pero no la historia de los barcos negreros”.

En ese orden de ideas, hay que entender que esta realidad se remonta a los tiempos de la colonización en la que miles de africanos fueron esclavizados y violentados, y que incluso mucho tiempo después del grito de independencia no solo los españoles continuaron las vejaciones, sino que los criollos (europeos nacidos en continente americano) les siguieron esclavizando por muchos años más, contribuyendo así a una historia de sangre y deshumanización.

“Tenemos que resolver el problema del racismo que viene de la historia esclavista de nuestro país, de nuestra historia como colonia española para poder plantearnos un desarrollo desde la diversidad que es el verdadero potencial de Colombia”, comenta Edna Liliana Valencia.

Igualmente, para ser parte de la lucha antirracista “debemos estudiar cuáles son esos comportamientos y actitudes que como individuos diariamente tenemos, cómo nos referimos a la otra persona cuando es una mujer o un hombre afrocolombiano, raizal o palenquero, ¿utilizamos el color de piel para denigrar a una persona? ¿Hacemos chistes racistas? Entender que como personas no racializadas tenemos unos privilegios por encima de los demás y utilizar esos privilegios para replicar el mensaje de igualdad y equidad”, comenta Rayza de la Hoz, activista y líder del colectivo Mata e’ Pelo.

Por lo tanto, otro tema sobre el que también podemos reflexionar, es el lenguaje inclusivo y la importancia de utilizarlo; ya que éste crea imaginarios sobre cómo vemos la realidad y a las personas que hacen parte de ella. Nuestro lenguaje prioriza y centra percepciones que exaltan muchas veces cánones a los que tradicionalmente hemos atribuido perfección: hombre, blanco, cisgénero, heterosexual, clase alta y con ciertas características físicas; dejando así, relegadas a todas las personas que no entran en esa excluyente categorización.

De acuerdo con Andrea González, miembro de la organización Nuestro Flow “es posible que muchas personas crean que no son racistas o que no somos racistas, pero si en nuestro lenguaje cotidiano todavía existen frases como “trabajar como negro para vivir como blanco” o “me negrearon” o muchas otras más que utilizan la palabra “negro” de manera negativa y no nos hemos cuestionado que esto sigue perpetuando estereotipos racistas frente a las comunidades negras de nuestro país y del mundo”.

En ese sentido Edna Liliana Valencia también afirma sobre nuestros sesgos inconscientes que: “Decimos ‘esclavitud’, en vez de ‘esclavización’, los africanos fueron esclavizados no son esclavos por naturaleza... Tenemos un montón de sesgos, en vez de decir el 'mercado negro' pues digamos el 'mercado ilegal', en vez de decir 'las aguas negras' digamos las 'aguas residuales', en vez perpetuar esta idea de que todo lo blanco es bueno y todo lo negro es malo, transformémosla por medio del lenguaje. Esa es la base del racismo, esa idea de que todo se divide por colores y que un color es bueno y el otro no”.

Nuestro lenguaje puede hacer que sigamos perpetuando el racismo estructural, por eso éste debe jugar un papel importante en la lucha antirracista, haciéndonos conscientes de la forma en cómo nos relacionamos y hablamos para no discriminar, violentar, cosificar y sexualizar a la gente afrodescendiente. El lenguaje debe deconstruirse para que podamos ser una sociedad más justa y equitativa; y de la misma manera, el lenguaje debe ser un instrumento para que los pueblos afrocolombianos, raizales y palenqueros cuenten sus propias historias desde su propio territorio.

Aquí la educación es imprescindible para avanzar y contribuir a que las personas racializadas sean reconocidas como iguales, como sujetos dignos y garantes de derechos. Debemos estudiar la historia, cambiar el lenguaje y ser conscientes de nuestras acciones, preguntándonos siempre: ¿al decir “negro” de manera despectiva discrimino la identidad de una persona? ¿El usar un turbante o un símbolo de esta población realmente es algo de lo que debo apropiarme? ¿Al desconocer que somos un país racista estamos invisibilizando una lucha histórica por la dignidad y el reconocimiento de una comunidad violentada?

“Nadie nace racista, a las personas se les educa racista, ¿tú en qué lugar estás? Eres de aquellos que quiere transformar el mundo con tu actuar, tu hablar y tu pensar. Tus pensamientos son los que dominan tu vida, así que recuerda, la belleza del arcoíris se debe a la variedad de sus colores y todas, todas las sombras son negras”, afirma Belky Arízala, modelo y presidenta de la fundación el Alma no tiene Color. 

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