Las lecciones que nos dejan las protestas en Puerto Rico

Los recientes sucesos en Puerto Rico sirven también de espejo, para ver qué tan lejos estamos de pararnos firmes por las causas que lo ameritan.

900 chats filtrados de Ricardo Rosselló y sus miembros del gabinete fueron la cachetada final que necesitaba Puerto Rico para  que el cólera tomara la forma de sedición. Los mensajes son un puñado de declaraciones homofóbicas, misóginas y chismes de pasillo malintencionados sobre sus propios compañeros políticos, celebridades, medios de comunicación y en general sobre cualquiera que no esté en su tóxico bando. 

Estos chats, por supuesto, no suponen ni la mitad de los problemas que ha tenido la isla, pero sí permiten hacer una buena lectura de cómo se manejan las cosas. La funesta recesión que azota al pueblo de Puerto Rico tras el huracán María, la penosa ola de corrupción por parte de funcionarios que desfalcaron los fondos que debían ser usados para la recuperación del desastre natural, se suman a la canalla gestión del gobernador Rosselló.

Para bien o para mal esa filtración ha desencadenado en un grito unánime que ha tenido eco en todo el mundo: “Ricky Renuncia”. Y es que no solo se trata de un hashtag que se ha convertido en trending topic, sino en acciones reales, en una de las protestas masivas más grandes de Puerto Rico en más de quince años.  Ya van más de cinco días de protestas multitudinarias y hoy, 22 de julio, se reúnen en el Estadio Hiram Bithorn de San Juan miles de puertorriqueños para decir ‘presente’ en el paro nacional.

No se puede aminorar el crédito que se merece la convocatoria liderada por Bad Bunny, Residente, Ile o Ricky Martin (este último también fue blanco de los comentarios, "Ricky Martin es tan machista que se folla hombres porque las mujeres no dan la talla. Puro patriarcado", escribió Christian Sobrino, publicista participe del chat). Bad Bunny anunció que dejaría por un momento su carrera para dedicarse de lleno a la causa y la semana pasada, junto con Residente e Ile, lanzaron Afilando cuchillos, una canción que encaja a la perfección como banda sonora de la lucha.

Para muchos la participación de los artistas es más una maniobra de mercadeo oportunista  o como lo dijo el periodista peruano Jaime Bayly en tono afrentoso, se trata de “turismo político”.  Y si bien es un activismo mediático, donde en casos como el de Bad Bunny, la estampa de personalidad no está por encima ni por debajo del mensaje, sino que está a la par, adornado siempre con la voz e imagen del personaje que hace años construyó para apalancar su música, es innegable que el liderazgo de esas figuras públicas han sido un agente necesario para poner en evidencia la problemática, para alentar al pueblo a dejar de usar los teclados como su herramienta de protesta y usar su voz y su presencia como un real manifiesto.

Las marchas le dejan varias lecciones al mundo, una de ellas, por ejemplo, es que “el arte es resistencia”, cambia de acuerdo al contexto. Las comparaciones son odiosas, dicen por ahí, pero es imposible no hacerlas cuando en nuestro país la sangre de líderes sociales sigue corriendo a caudales. Hasta el 20 de mayo del 2019, van 837 asesinatos de líderes sociales, según Indepaz ( Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz). Si esas vidas perdidas no son un aliciente suficiente para que las celebridades masivas alcen la voz, cuesta tener esperanzas en que hay algo que realmente va a despertar el coraje de aquellos que podrían mover multitudes.

Las tumultuosas protestas en Puerto Rico, adornadas con la presencia de personalidades altamente populares, también dejan otras inquietudes de cómo el juego está cambiado para la música. Cómo la industria, incluyendo disqueras, sellos, managers y promotores, van a tener que sortear los compromisos sociales de los artistas y seguramente sacar provecho económico. Es ingenuo pensar que la presencia de los artistas no tiene aunque sea un poco de marketing detrás, la pregunta es cuál es el límite y hasta qué punto el mensaje pierde credibilidad o carácter. 

A excepción de otros géneros, el reggaetón, desde su masificación, nunca tuvo un carácter crítico o social. Pero ese lugar cómodo y seguro ha tenido un cambio con la intromisión de Bad Bunny en ese ámbito y pone al género y sus exponentes en la misión de asumir otras batallas además de la de defenderse a sí mismos. 

Entonces más allá de la política y de la situación actual de Puerto Rico, los recientes sucesos sirven también de espejo, para ver qué tan lejos estamos de pararnos firmes por las causas que lo ameritan y de hacernos las preguntas respectivas sobre el papel que pueden asumir los músicos como figuras públicas que son y su capacidad para canalizar procesos sociales que buscan transformaciones esenciales.

 

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