Ilustración: Freepik

Influenciadores: reflexiones sobre los reyes de las redes

En pleno apogeo del virus de las noticias falsas y la manipulación de datos, las audiencias deben ser críticas de lo que ofrecen los influenciadores

Un efecto favorable de las redes sociales en el actual ecosistema digital es que gracias a su aparición e inserción en la vida cotidiana, los ciudadanos han dado un paso importante hacia la apropiación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación Digital -TICD-.

Y eso no es ninguna nimiedad. De hecho, es uno de los motores de la intensa participación en la llamada social media. Gracias a los usos particulares dados a un teléfono celular o un computador, motivados por las citadas redes sociales, la gente -en cierta medida- ha aprendido a tomar fotos, grabar videos y notas de voz, todo con el anhelo de compartirlos en su perfil de Facebook o Instagram. ¡Se han apropiado de la herramienta! Y esto, sabemos, implica tanto variables positivas como problemáticas: manipulación de datos y ciberadicción, por un lado -y a manera de ilustración-, aunque, por el otro, mucha gente ofertando los productos o servicios de sus emprendimientos por esos canales.

“La apropiación va marcando las pautas que tiene que recorrer una persona para poder lograr que la tecnología responda a las reales necesidades de uso”, explica la investigadora Carmen Gómez Mont. Pero ahí no nos detendremos. Aquí el acento lo queremos marcar en otro rasgo.

Conectado casi como cordón umbilical al párrafo anterior, algunos de los roles ciudadanos surgidos a partir de la mencionada apropiación han sido, entre otros, los yutúberes, las alternativas de periodismo ciudadano y a la par, quienes por su “popularidad” o alto número de seguidores, intentan incidir u orientar los gustos y el consumo de otros: los influenciadores, de quienes vamos a hablar.

Esos influenciadores comparten en redes como TikTok o Instagram, recomendaciones o consejos sobre hábitos alimenticios, marcas de ropa, cosméticos o, simplemente, proponen un reto que se vuelve viral, detona el tráfico digital y eso se ve reflejado en clics y participaciones que se traducen -a veces- en remuneración económica. Si en algo ha ayudado la Internet es posibilitar un comercio electrónico ciudadano más allá del mercado tradicional; hoy el e-commerce se ciñe a las nuevas formas de promocionar productos y, si otrora las marcas se apoyaron en cantantes, actores, líderes políticos o personajes ilustres (según el caso), ¿por qué no aprovechar ahora a aquellos que son o se asumen como influenciadores?

A diferencia de un actor o un cantante, por citar dos ejemplos, y de quienes las personas pueden conocer sus trabajos artísticos e incluso su trayectoria, existen personajes que por un golpe de suerte viralizan un contenido personal y que luego, intentando mantener su influjo para lograr explotar su “marca personal”, han protagonizado acciones que van desde lamer un sanitario hasta, incluso, dañar parte de la infraestructura de una estación de Transmilenio en Bogotá.

Hay varios tipos de influenciadores, algunos en Twitter, por ejemplo, ejercen una incidencia en la construcción de opinión pública. La Revista Dinero sugiere las siguientes categorías: “Capitán”, aquel que cuenta con autoridad y credibilidad sobre un tema específico; está “El héroe”, quien se basa en su lista de contactos y reconocimiento en un sector. Además, uno muy habitual, “El compartidor”, aquel que amplifica información a través de diversas plataformas pero que pocas veces o nunca distribuye contenido. Por último, “El buscador”, pionero en usar nuevas plataformas y en proponer otras experiencias digitales.

Según la necesidad de una marca, cada perfil se acomoda a una campaña o estrategia de comunicación. Y es así, porque en el actual ecosistema digital las empresas concluyeron que además de la relación directa de la marca con los clientes, hay ahora otra alternativa que los expertos en Marketing Digital llaman: relaciones persona-persona.

Pero, ¿qué pasa si esos influenciadores resultan ser impostores o incluso, máquinas? Como ejemplifica la Revista Semana, “le ocurrió a la youtuber (vegana) de la alimentación vegetal Rawvana, descubierta engullendo una trucha gratinada, o porque se descubre que no había un humano a cargo de aquella cuenta tan popular, sino un robot, como lo es Lil Miquela. Pues los seguidores de esas figuras siguen agregándose en masa a todo tipo de influencers, a quienes tienen por modelo a imitar. Tras descubrirse accidentalmente su engaño, la china Qiao Biluo multiplicó por seis su número de seguidores. A los jóvenes no les importa si su héroe es auténtico o no, si es humano o autómata; les basta que se parezca a sus aspiraciones y que digan lo que ellos quieren escuchar”.

Lo anterior puede explicarse desde la lógica capitalista y de consumo de la sociedad actual, donde quien más tenga o pueda tener (o aparentar una vida perfecta), pareciera que representa un ideal. Como sustenta el pensador Yuval Noha-Harari, “creemos que comprar más nos hará más felices, porque vemos el paraíso capitalista con nuestros propios ojos en la televisión”.

Como en casi todo, hay influenciadores en otra orilla, con el objetivo de compartir conocimiento, fomentar la educación e incluso, el cuidado de la tierra. Un caso concreto lo ilustró Radiónica con “La familia campesina que está revolucionando YouTube”: “en el altiplano cundiboyacense, exactamente en el municipio de Chipaque, viven Nubia y sus dos hijos, Jaime Alejandro de 9 años y Arley David de 14 años, a quienes en medio de la cuarentena se les ocurrió una idea: volverse “youtubers” con el objetivo de mostrar cómo es el diario vivir de un campesino”.

¡Hay que decidir! El comportamiento individual debe autorregularse y monitorear las alarmas internas, no basta con mayor conectividad o acceso a dispositivos móviles si no hay un acto reflexivo sobre aquello que ofertan y quiénes lo hacen, esta contemporaneidad no puede funcionar cual máquinas de embutidos. En palabras del filósofo Byung-Chul Han, “el usuario se encuentra de viaje en el mercado de la red, es decir, en el hipermercado, en el hiperespacio de la información… no tiene la actitud de una navegación aventurera, sino la de un consumista”. 

En pleno apogeo del virus de las noticias falsas, la desinformación y la manipulación de datos, las audiencias conectadas deben ser críticas de lo que ofrecen los influenciadores, las marcas y los medios de comunicación, es urgente regular los hábitos de compra y cuidar la economía personal y familiar, sobre todo, es mandato cultivar la salud mental, ¡porque gastar no es en esencia sinónimo de bienestar!  

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