Foto: Colprensa-Cortesía de Camilo Rozo

Germán Castro Caycedo: su prosa, sus libros, su legado

​Recordamos y rendimos un homenaje a un referente vital del periodismo y de las letras en Colombia.

El jueves 15 de julio murió Germán Castro Caycedo El ​​oriundo de Zipaquirá, referente del periodismo colombiano, deja un inmenso legado con los más de 20 libros que publicó o en programas de televisión como Enviado Especial. Su preocupación por la vida y la muerte de los demás, por las injusticias y por contar historias lo hacen un autor de visita obligada para quien quiera adentrarse a profundidad en la complejidad de un país como Colombia. 

La noticia fue dada por su esposa Gloria Moreno, quien además señaló que ante las preguntas de la médica paliativa sobre las inquietudes que el escritor pudiera tener, este respondía:​​ "No, doctora, sabe que me siento bien, creo que he hecho las cosas bien, me siento en paz"

Castro Caycedo construyó su metodología de trabajo recorriendo el país y matando sus propias pulgas de curiosidad. Ordenaba, conectaba relatos, daba sentido, pulía, pero siempre respetó el lenguaje de las personas con quienes hablaba, lo que le dijeron y cómo lo dijeron. Para él se trataba de una manifestación cultural esencial y entendía que en las palabras estaba el clima, la región, el hábitat, la manera de ser de quienes protagonizan los relatos que contaba. 

Hablaba de varios referentes para hacer lo que hacía: Hemingway o Truman Capote a quien, decía, le robó la estructura narrativa. También a Germán Pinzón, Leopoldo Pinzón o Camilo López. Contaba que este último lo sedujo aún estando en el colegio con una crónica publicada en el Tiempo. No fue a clase, se quedó leyéndola una y otra vez hasta entender su arquitectura. 

También nombraba a Romain Rolland en su capacidad de dar detalles, a Marco Tulio Rodríguez y su manejo del tiempo y festejaba a cronistas de indias como Fray Bartolomé de De Las Casas. Aunque también encontró inspiración en otros como Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Anglería, Fray Pedro Simón o en textos como el diario de Cristóbal Colón o las cartas de Américo Vespucio.

Y además de todos estos referentes que tenía en el radar, era un escritor que sabía escuchar y entender en toda su magnitud el relato que le confiaban. Por ejemplo, para “El cachalandrán amarillo", producto de los viajes del autor por la accidentada geografía colombiana, escuchó a personajes como Alfredo Vanín, Efraín Quintero Molina, Consuelo Araújo, José Antonio Bonilla o al mismísimo ​​Moisés Perea: un narrado de Valledupar y el Cesar, defensor de la oralidad y del auténtico humor vallenato. Castro Caycedo lograba conciliar esos mundos con sus letras para regalarnos en una sentada ríos, ciénagas, montañas y llanuras; hambre, lucha, humor y terror.

Su prosa fue considerada por muchos una de las mejores del país, quizás no tenida en cuenta por otros al no jugar dentro de la ficción; a la que él decía no recurrir porque las historias a las que llegaban superaban todo lo que pudiera imaginar. Las contaba con cuanto detalle, las alimentaba de muchísima información, pues el no hacerlo le parecía un gesto de egoísmo con el lector. Cada línea estaba pensada, nada sobraba ni buscaba rellenar un espacio. Borraba subtemas y daba firmeza a una línea narrativa atrapante: los libros de Germán Castro Caycedo no se pueden soltar una vez se empiezan.

Construía sus historias con paciencia, algo para recordar en la desbocada carrera de hoy. Para hacer una entrevista sentenciaba que había que estar con el personaje veinticuatro horas, o mínimo doce. Solo viendo un anochecer y un amanecer junto a él se podía escuchar de manera justa y acertada a quien se tenía enfrente. Y ahí, además, es donde para él la historia también se volvía vivencia.    

Su legado se hace además infinitamente necesario ante la tendencia de querer reducir nuestro idioma bajo la disculpa de las nuevas formas de consumo. Precisamente, escuchando en sus recorridos fue que reconoció la riqueza y belleza que se conservaba en el idioma en diferentes lugares del país. Y protestaba ante la insensatez de querer simplificarlo. Un acto, por lo demás, subestima al lector. 

Precisamente en esa diversidad y en ese respeto profundo por el lenguaje reconocía la complejidad de Colombia, habitada por varias nacionalidades, armada de retazos, ambientalmente poderosa aunque bajo amenaza. Trístemente decía que si tuviera que volver a escribir un libro como “Colombia Amarga”, hoy sería aún más amarga. 

La selva siempre fue para Castro Caycedo el lugar más hermoso, su regresión infantil. A continuación recordamos algunos libros esenciales con los que nos sumergió en la profundidad de las selvas de este país. 

Que descanse en paz. 

El Hueco

Migrar no es fácil y para muchos el sueño americano se transforma en un espejismo al pisar EEUU. Además, los controles son minuciosos por lo que el paso desde hace años se ha dado de manera clandestina por El Hueco. Este libro trata de la entrada ilegal de colombianos al país norteamericano. 

Mi alma se la dejo al diablo 

Es la última frase que escribió en su testamento el campesino Benjamín Cubillos antes de morir abandonado en la selva amazónica colombiana. Castro Caycedo hace un rastreo para reconstruir la historia detrás de este desenlace que tiene como epicentro las inmediaciones del río Yarí y atar los cabos sueltos de ​​su sospechosa desaparición.

Perdido en el Amazonas

Julián Gil Torres, un ex infante de marina que buscaba fortuna en el sur del país, se adentró en la selva acompañado por uno de sus ayudantes. Soñaba con fundar un nuevo centro de abastecimiento en medio de la selva. Ambos desaparecen y las únicas pistas de lo sucedido se encuentran en una comunidad indígena desconocida. 

El Alcaraván

En su horizonte infinito y su vasto territorio, la historia de la aviación en los Llano orientales ha sido muy particular. Pese a que han entrado aviones modernos, el DC-3 continúa siendo la respuesta a las necesidades de un medio que se quedó anclado en el ayer como consecuencia del abandono del Estado.

El Karina

Guerrilleros, negociantes de armas, narcotraficantes y policías corruptos. Todos estos personajes hacen parte de este relato que cuenta la historia de un buque que transportaba armas para el grupo guerrillero M-19. Fue hundido  en 1981 por la Armada Nacional de Colombia. Para contar su historia el autor hizo un recorrido que junta a Alemania, al norte de África, Panamá, la Guajira y selva amazónica colombiana.

El cachalandrán amarillo

Este libro está construido a partir de l​Leyendas populares colombianas, de donde surgen culturas y nacionalidades ignoradas. Un acercamiento increíble para comprender el encantamiento desde el sentir de nuestros coterráneos. 

 La bruja 

Como bien lo dice el título, este gran reportaje parte de tres elementos: coca, política y demonio. El autor empieza a entrelazarlos hasta contar una historia que aún sigue viva y que hace parte de nuestra realidad. 

Colombia amarga

Crónicas que narran la violencia como un fenómeno endémico en Colombia: desde la invasión de América hasta la República. Un relato crudo pero necesario para cualquiera que quiera recordar la magnitud de los problemas y de la espiral en la que andamos como país. 

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