La resistencia estética en el Caribe
La experiencia compartida por la mayoría de las mujeres afrodescendientes en el Caribe está marcada por el rechazo imperante hacia el cabello rizado o afro, el uso de turbantes, la utilización de variados colores vivos y formas contrastantes, entre otras prácticas que se desarrollan en entornos rurales que han migrado a las ciudades y que hablan de la permanencia de la identidad.
La socióloga y creadora de la marca Baobab Turbantes, Karen Mercado, indica que “cuando entendemos que la moda y la estética también son políticas, le damos forma a un discurso de lo que se lleva puesto. El cuerpo como vehículo de la moda, también llamado así en teorías sociológicas del análisis de la moda, nos lleva a pensar cómo nuestro cuerpo también es un discurso en sí mismo. Y en mi caso particular el uso del turbante constituye esa apuesta y ese discurso político a través de lo que se puede contar cuando se usa”.
La obligación de alisar los cabellos o modificar algunas costumbres fue, durante los noventa y la primera década del presente siglo, una regla silenciosa pero obligatoria que casi todas y todos compartimos, sin que alguna queja tuviera un impacto real sobre las costumbres instaladas desde la perspectiva eurocéntrica proveniente de la capital y del centro del país e incluso dentro de las mismas dinámicas de exclusión en algunas ciudades del Caribe.
“Las personas negras de la publicidad, en su mayoría, tienen el cabello lisótrico; lo cual dificulta un acercamiento a otros imaginarios posibles de la diversidad humana. En este caso, se fomenta un solo estereotipo de belleza cuyo valor reside en la continuación de los paradigmas eurocéntricos. En esta concepción de la estética colonizadora del cabello, se observa que las mujeres y los hombres negros, al manipular, valorar, desear y legitimar el cabello lisótrico, se subyugan de cierta manera a la dominación (estética/mental) de las mujeres que tienen el cabello liso de forma natural”, reseña Gina Morales en su ensayo Estéticas decoloniales del peinado afro e interculturalidad desde la experiencia San Basilio de Palenque, Colombia.
Contextos sociales y evolución

Como si se tratara de mimetizar o traer a la vida contemporánea aquellos racismos que se han interiorizado durante generaciones, cuestionaríamos de qué manera los contextos y las diferencias sociales y de apariencia terminan configurando el comportamiento colectivo e influyendo en la aceptación de las diferencias en la cotidianidad del siglo XXI.
No es ajeno para nosotros como latinos y, sobre todo, como naciones del Caribe, entender (y ser conscientes) de la huella que la colonización nos dejó: asociar lo blanco con valor social, aceptación y movilidad. Esa herencia todavía se siente.
“No sufrí el racismo como lo sufren otras personas, pero sí lo sufrí. El pelo era una vaina tremenda; yo tenía una relación detestable con mi corporalidad y con mi pelo, o sea, yo me odiaba. Claro, yo nací en 1989, yo crecí en la época de los 2000. No había nada para nosotros. Así que este proyecto nace en este momento, pero ahí no estaba descubierto. Después de un tiempo creando ropa, yo empecé a ver en mis clientas a muchas reinas, eran reinas del Pacífico, o de otros lugares, pero, sobre todo, del Caribe. Y llevando toda esta herencia como una corona, me dije: es que soy una reina. ¿Y quiénes son las reinas del Caribe? Nuestras mamás, nuestras abuelas, las costureras, las matronas, las cocineras, las lavanderas, todas estas mujeres que hacen ropa con upcycling”, indica Kika Comas, quien a través de su línea de ropa y accesorios Reinas del Caribe promueve la conciencia de la preservación de la memoria y exaltación de las tradiciones caribeñas a través del uso consciente de elementos textiles.

Distintas formas de discriminación racial se conciben en esta zona del mundo, con antecedentes importantes que parecen seguir incidiendo en nuestras realidades, como el sistema de castas en Latinoamérica: una jerarquía social y racial impuesta por la corona española entre los siglos XVI y XIX, en el que se clasificaba a las personas según su ascendencia (blanco, indígena, negro), y con el cual se determinaban los derechos, impuestos y prestigio social, situando a los peninsulares en la cima y a negros e indígenas en la base e imponiendo la superioridad blanca. Con ello, se impulsaron racismos que incluirían la búsqueda por “mejorar la raza” o la interiorización de estas convicciones sobre privilegios raciales que han configurado el pensamiento global basado en la vida misma y la evolución de los conceptos de beneficios sociales.
Sobre el tema, Federico Navarrete, doctor en Estudios Mesoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en una entrevista para BBC Mundo, indicó que a pesar de que “se dice que la independencia de las naciones de América dio fin al sistema de castas, en casi todas las repúblicas independientes se mantuvo el sistema de castas de una manera u otra. Los indios y los negros siguen ocupando en toda América posiciones de desventaja muy claras frente a los blancos. En el fondo sigue siendo una continuación del sistema de castas colonial”.
La discriminación racial llega entonces en formas variadas, de manera que las personas llegan a creer, consciente, subconsciente o inconscientemente, que el grupo al que pertenecen es “menos que” el grupo dominante mayoritario. En muchos lugares del mundo, ser blanco/a es sinónimo de superioridad. Y esto causa repercusiones dentro de la identificación, en la aceptación y asimilación de lo negro como un concepción de validación, creando subracismos como el colorismo. Un desarraigo que termina dividiendo a una comunidad afromestiza en la que se discrimina basados en el tono de piel, que privilegia a las personas afro de tez más clara sobre aquellas de tez más oscura, perpetuando jerarquías coloniales.
“Lo que pasa en el Caribe es que por los colores de piel, por la cantidad de mezclas que hay, a veces se vuelve un poco complejo. Entonces, tú si eres negra, tú no, tú eres más negra o tú no. Aquí lo que siento es que en este momento nos estamos reconociendo, estamos siendo valiosos sin importar qué grado de pigmentación tengas en la piel, si es más claro, más oscuro, pero estamos entendiendo que provenimos de la diáspora y eso nos hace distintos”, agrega la diseñadora Kika Comas.
De apropiaciones, apreciaciones y otras valoraciones

Atravesadas por la misma experiencia, la última década ha pasado de la apreciación a las narrativas estéticas afrodescendientes, a la exotización y apropiación de todos estos elementos que nos narran como pueblo.
Uno de los ejemplos más claros, es el uso sin contexto de estos componentes estéticos de comunidades originarias y afrodescendientes, en el marco de ferias y fiestas como el carnaval que, en muchas ocasiones, trivializan las luchas e ignoran la producción estética de personas afrodescendientes.
“Cuando personas blancas o blanco mestizas empiezan a usar elementos de otras culturas desde el desconocimiento cultural, bajo una única premisa comercial, termina siendo apropiación, aunque sea llamado aportes de otras culturas. Para dar una visión más allá de la apropiación misma, se trata de entender el reconocimiento de algo que nos antecede. La línea cada vez es más delgada con la aparición de la postmodernidad, cuando ya no es apropiación, sino que supuestamente se le rinde un homenaje a la cultura. Ahí es donde está el juego peligroso, lo que hay que derrumbar ante la apropiación cultural, es ir a donde las personas, los actores, las productoras y responsabilizarse de la compra que va más allá de una prenda genérica y que contiene, obviamente, una historia”, añadió la socióloga Karen Mercado, quien adhiere que para generar conciencia, “las personas que lleguen a ti sepan que están también adquiriendo un discurso o que están hablando en clave de resistencia y producción de las personas afrodescendientes, afrodiaspóricas, afropalenqueras”.
Resulta paradójico que, después de mofarse de las tradiciones desde experiencias en la infancia, como el bullying, se traslade a una mal llamada inspiración en elementos culturales para narrar desde otras orillas y, sobre todo, otras realidades. En ese orden, la vivencia misma es la que mejor puede hablarnos del resultado de estas interpretaciones de la estética como discurso político.

Al reivindicar las luchas de comunidades que históricamente han sido oprimidas en el país, es importante tener presente que no es gratuito que las minorías defiendan afanosamente su propia cultura. Sin embargo, tampoco se puede observar esto como una resistencia a avanzar en un mundo globalizado.
Para pensarnos de maneras distintas, donde la participación y la representación sean redefinidas en la práctica, es necesario tomar como punto de partida algunos principios de sustitución para exhortar a prácticas más conscientes.
Es necesario comprender los orígenes de cada tradición, las razones de la ritualidad, los marcos en donde se celebran, ser receptivo a toda manifestación cultural, dar créditos apropiados las veces y de las formas que sea necesario y, sobre todo, entender que en la pluralidad de nuestros saberes es donde encontramos verdaderas riquezas.